¿Todavía me ves?
Nadie parecía incómodo, nadie parecía percibir que estuviera sucediendo alguna cosa

Era una cena en una de esas ciudades —como Bogotá o México o Santiago— donde, por diversos motivos —económicos, culturales, de recursos—, el concepto de calefacción no existe, aun cuando la temperatura baje, a veces, mucho. Había una ventana abierta por la que entraba la ciudad a chorros, tres parejas y yo. Hacia la mitad de la cena, una de las mujeres se disculpó y se levantó a buscar una chaqueta. El dueño de casa, al verla, cerró la ventana. El marido de la mujer dijo: “No te preocupes. Ella siempre tiene frío. Ayer almorzamos en una terraza y ella llevó una chaqueta de plumas”. “No era de plumas”, susurró la mujer. El hombre siguió: “¡Y estábamos al sol!”. La mujer susurró, otra vez, “no era de plumas”. La vida es cruel. Las cosas crujen. Las trompas del espanto urden sus mejores tramas en momentos así. Alguien empezó a contar anécdotas de viaje y el hombre dijo: “Ella siempre pierde la paciencia. Una vez, en un hotel, no había toallas y llamó al conserje a los gritos”. “No fue a los gritos”, susurró la mujer. La noche siguió de esa manera. La conversación, cada tanto, deformaba sus fauces inocentes contra frases como “ella es brusca con los taxistas”, o “a ella le molesta que mire televisión en el cuarto”. Nadie parecía incómodo, nadie parecía percibir que estuviera sucediendo alguna cosa. La mujer —los delicados estambres de su dignidad tensos como los músculos de un cazador— tenía los ojos destrozados por esquirlas de un odio infeccioso. Más tarde, en un aparte, le pregunté si pasaba algo. Me dijo, implacable: “Yo ya no me reconozco en la mujer que él ve. Esa mujer es un ser despreciable. Y yo era su héroe”. Seguimos bebiendo, hicimos chistes malos. Para qué decir lo que se sabe: que, como decía Louis Glück, no es propio de la naturaleza humana amar solo aquello que nos devuelve amor.
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