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sábado, 2 de julio de 2011
Crítica:PENSAMIENTO

Razón y emoción

Indignación, compasión, miedo, vergüenza ... Victoria Camps analiza en El gobierno de las emociones la educación sentimental y el saber moral

Victoria Camps investiga en su último libro, El gobierno de las emociones, lo que antes se llamaban pasiones. Lo hace llevando como mentores a Hume, Spinoza y Aristóteles, que sabían lo suyo del tema. Y también con un acopio de la bibliografía más actual sobre psicología moral.

Las tesis son arriesgadas y molestarán al racionalismo... Pero el libro "le ha salido". Es un perfecto repaso al tema en el estilo terso y cortés de la autora.

Este es un trabajo sobre grandes cuestiones, de las que, ya avisa Camps, no hay que eludirlas, pero sí tener en cuenta que "la verdad nunca es transparente, clara ni fácil de transmitir". Es la principal de esas cuestiones complicadas la tesis de que la razón no tiene capacidad para convencernos de que seamos decentes. Que no está para eso. Para avalar una afirmación tan fuerte, el libro hace un magnífico repaso a Spinoza. Y cita su autora también aquella frase tremenda de Hume: "No hay nada irracional en preferir que se hunda el mundo a que nos pinchemos un dedo".

Las propias emociones tienen una distribución social que es reflejo de las desigualdades que todavía subsisten

Entonces, si no es por causa de que somos racionales ¿por qué somos morales? Pues precisamente por las dichosas pasiones a las que, sin embargo, hemos solido echar la culpa de nuestras faltas. Victoria Camps prefiere hablar de emociones o de afectos, porque las pasiones implican, con su propio nombre, que son emociones que nos sobrevienen, que padecemos y que casi no podemos controlar. De ahí que las éticas antiguas hayan consistido en recetas y consejos para sofrenarlas. Y por ello hayan producido ideales de vida en los que no padecer, ni para bien ni para mal, era lo que se buscaba. Pero a la ética hay que ponerla en contexto histórico. Ya no vivimos en la sociedad de Aristóteles, sino en un mundo mucho más igualitario en el que la misma moral se ha democratizado. Y esto tiene consecuencias.

Sabemos cuáles son las emociones morales: son las que sirven para obrar, son las motivacionales. Victoria Camps enumera y somete a investigación a la compasión, la indignación, el miedo, la vergüenza. No son algo que padecemos, son algo que hacemos. Y tenemos que aprender a sentirlas en las circunstancias oportunas. En eso consiste el saber moral, en una educación sentimental que se logra por varías vías. Nos educan las emociones de los demás, la familia, el grupo de amistades, los medios de comunicación, la ficción. Hay muchas fuentes.

"Educar emocionalmente", afirma, "implica tanto determinar qué debe emocionarnos, como la medida en que debemos emocionarnos". La moral común se basa en vínculos emocionales. Y sólo si es vigorosa entonces se puede mantener la aspiración a una sociedad justa. Victoria Camps transita las teorías de ética y política que han marcado tendencia en los últimos años. Realiza, por ejemplo, una espléndida exposición de Rawls, en la que busca el elemento emocional que podría movernos. Y sólo lo encuentra en el comunitarismo, precisamente donde no debe estar, afirma. Las teorías de la justicia son el puente entre la ética y la política, pero la justicia es fría. Y ahora tenemos una sociedad compleja, que vive bastante bien en lo material, que se preocupa por los derechos... propios sobre todo, y que ya no parece amar a sus instituciones. Sólo los comunitaristas no son desafectos. Pero por la mala razón de que prohíben la existencia del individualismo negando fundamento a los derechos individuales.

Tenemos que seguir estudiando cómo producir las buenas conductas, no sólo saber en qué podrían consistir. Para hacerlo necesitamos emociones correctas. Pero nos estamos descuidando de la educación y creando una ciudadanía indiferente sin contar con que la democracia es muy frágil. Estamos en este inicio de milenio y en la parte más habitable políticamente del planeta en una sociedad de desconfianza generalizada, emociones medicalizadas y procesos identitarios violentos. Las propias emociones tienen una distribución social que es reflejo de las desigualdades que todavía subsisten. Tenemos, pues, varios frentes abiertos. Victoria Camps sigue a Rorty al asegurar que "el objetivo de la ética consiste en eliminar la crueldad y ensanchar el nosotros" y para ello hay que establecer una buena continuidad entre razón y emoción. La razón universal necesita imperiosamente calar en las identidades individuales, volverse parte de su motor. Y este libro disecciona sus claves.

El gobierno de las emociones. Victoria Camps. Herder. Barcelona, 2011. 336 páginas. 23,90 euros.

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