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Tribuna:

Héroes desconocidos

Los prejuicios, los lugares comunes, las reservas y las desconfianzas son invenciones humanas. La Historia, la verdadera, con mayúscula, anda por otro lado. Si usted pasea por el distrito cuarto de París, por la ribera derecha del Sena, frente a las hermosas fachadas, a los imponentes portones de la isla San Luis, encuentra una callejuela y una flecha que indica la cercanía del Museo de la Shoá. No tengo tiempo de entrar al Museo, que exige, me dicen, para la visita, un buen estado de equilibrio nervioso, pero paso y doblo a la izquierda por la ahora llamada Alameda de los Justos. Estamos en el centro del llamado Marais, del Pantano, terrenos ganados para la ciudad en el siglo XVII, durante la regencia y después el reino de Luis XIII, el segundo de la dinastía francesa de los Borbones. No hay álamos en esta alameda, pero en el largo muro de piedra del lado del sur hay una lista nutrida de nombres. Son los justos, los que no pertenecían al judaísmo, pero por sentido de justicia, por sentimientos de generosidad, de solidaridad humana, ayudaron a salvar a judíos, muchas veces con riesgo de sus propias vidas, durante los años de la ocupación nazi. El caso más conocido, a través del cine, es el de Schindler y su lista.

En la Alameda de los Justos de París, una lista recuerda a quienes salvaron a judíos del horror nazi

María Edwards recogió a 60 niños judíos para darlos en adopción

Pero entre los nombres anotados en este muro, bajo un año bastante reciente, figura una María Errázuriz, con el apellido mal escrito (Errazzuriz), y sigue la palabra París. Uno piensa de inmediato en Madame Errázuriz, doña Eugenia Huici, que fue heroína en materias de arte, amiga y mecenas de Picasso, conocida de Erik Satie, de los directores de los Ballets Rusos, de muchos otros, pero la época no coincide. Eugenia Huici, mujer, según entiendo, del pintor José Tomás Errázuriz, amante, según las malas lenguas, de Pablo Picasso, era de una generación anterior. Y si uno averigua un poco más, y tiene personas amigas con quienes informarse, llega a la conclusión de que la mujer anotada en el muro es María Edwards Mac Clure, casada en primeras nupcias con un señor Errázuriz y, por lo tanto, conocida en Francia por el nombre de su marido.

¿Qué méritos tiene María Edwards para estar inscrita en la lista de los justos y con el nombre de la ciudad al lado del suyo? Es una historia que en Chile se conoce muy poco, que solo ahora, con lentitud, con nuestros acostumbrados recelos y prejuicios, se empieza a desempolvar. Como ya lo he contado, cuando conocí a Neruda en su casa de Los Guindos, en épocas ya remotas, lo primero que me dijo fue lo siguiente: ser escritor en Chile y llamarse Edwards no es nada de fácil. Y ser héroe de la Resistencia, de cualquier resistencia, me digo ahora, tampoco lo es. Porque María, mujer mundana, muy conocida por los embajadores de entonces, por el señor Alemparte, por Gabriel González Videla, frecuentaba también a los sectores más encopetados de la sociedad francesa y se había hecho amiga, al parecer, de una baronesa de Rothschild. Además, detalle no desdeñable,

tenía una relación amistosa con Colette, la novelista, como lo comprobé al encontrar una novela de la francesa cariñosamente dedicada a la chilena en una biblioteca privada del Valle Central de Chile. Es decir, he seguido una pista y he anudado cabos sueltos, con curiosidad, con relativa tenacidad, pero he recibido en estos días una ayuda inesperada de la que hablaré en otra parte, a lo mejor en mis futuras memorias.

La probable amistad con la baronesa llevó a nuestro personaje a trabajar en un hospital relacionado con esa familia en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, en los primeros tiempos de la ocupación nazi de París. Puede haber otra explicación de la llegada de María Edwards a ese hospital, pero la frecuentación del París mundano y de la familia Rothschild me parece la más verosímil. Se conocen pocos detalles de su trabajo, pero consta que tenía una oficina dentro del recinto hospitalario y que nunca cobró su sueldo.

El hospital todavía existe y se encuentra al lado de la actual Fundación Rothschild. Y se sabe, además, lo siguiente: que llegaban a ese lugar muchas mujeres judías que luego eran detenidas y enviadas a los campos de exterminio por la Gestapo, y que ellas entregaban a sus hijos a la primera persona que encontraban para que los escondiera y tratara de salvarlos.

María Edwards, que usaba una gruesa capa de enfermera, empezó a recoger niños judíos con disimulo, a sedarlos y a sacarlos del hospital escondidos debajo de su capa. Afuera se los entregaba a un señor, también judío, que se ocupaba de darlos en adopción a familias francesas. No se conocen todos los detalles, pero se calcula que María salvó a más de 60 niños.

Un buen día, el señor que se hacía cargos de ellos, profesional de buena situación económica, no estaba en el lugar de encuentro. Había sido sorprendido por la Gestapo, había escapado por los techos de los alrededores de su casa y había sido ametrallado. Muy poco después, María misma fue detenida y torturada por los esbirros nazis, pero no denunció la red de protección de los niños que la había ayudado en el interior mismo del hospital y afuera. Se supone que la Embajada chilena intervino a favor suyo, y que el hecho de que Chile no hubiera roto relaciones todavía con los países del Eje y no hubiera entrado a la guerra en el campo aliado ayudó a salvarla.

Hacia el final de la guerra, María regresó a Chile. Más tarde volvió a su amado París y se casó, o ya se había casado antes, no sabemos esto a ciencia cierta, con Jacques Feydeau, hijo del celebrado y prolífico dramaturgo Georges Feydeau.

A mediados de los años cincuenta veíamos en Chile la película Ocúpate de Amelia (Ocupe-toi d'Amélie), donde actuaban Jean-Louis Barrault y Danielle Darrieux, nos reíamos a carcajadas, porque era una de las películas más divertidas de aquella época, y no se nos pasaba por la cabeza que pudiera tener algún tipo de relación con nosotros, con nuestro mundillo chileno.

Nos faltan muchos datos sobre María Edwards, heroína desconocida, pero podemos asegurar, por lo menos, que las investigaciones sobre el tema van por buen camino. Algunos de los niños salvados por ella, que ahora son adultos mayores, comenzaron hace algún tiempo a escribir cartas a Chile, a las embajadas, a los posibles parientes, y han dado con pistas certeras. El Estado de Israel declaró en forma solemne, hace pocos años, que era una de las justas, y la hizo inscribir en el muro recordatorio. El año de las inscripciones corresponde al de este reconocimiento oficial. El lugar, París, es el del sitio donde los hechos ocurrieron. En cuanto al nombre, habría que corregir la ortografía y completarlo. Y consagrar de esta manera, aunque muy tarde, a la heroína chilena desconocida.

Jorge Edwards es escritor chileno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de agosto de 2010