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Crítica:Feria de San Isidro | 20º festejo | La lidia

¡El hundimiento!

Por si había alguna duda, ayer se certificó ante el muy ilustre notario de los tendidos de la plaza de Las Ventas el hundimiento de las figuras de cartón piedra que mandan en el toreo actual.

Resulta que los tres señores se ponen de acuerdo para traer debajo del brazo a sus dos toritos del alma, y así se anuncian en uno de los carteles estrellas de la feria. Y se decantan, claro está, por lo más granado de la ganadería moderna; es decir, toretes con las fuerzas muy justas, -algunos, inválidos-, de cómoda presentación, y de buena nota familiar. De hecho, todos, en mayor o menor medida, derrocharon nobleza y buenas maneras: pase usted, señor torero; no, usted primero; por favor, no faltaría más... Y así, con esa cursi familiaridad transcurrió la tarde.

SEIS GANADERÍAS / EL JULI, PERERA, CAYETANO

Primero de La Quinta: justo, blando y muy noble. Segundo de Núñez del Cuvillo: justo e inválido. Tercero de D. Hernández: justo y muy noble. Cuarto de V. del Río: bien presentado y soso. Quinto de El Ventorrillo: bien presentado y descastado. Sexto de Toros de Cortés: mal presentado e inválido. Todos mansearon en los caballos.

El Juli: tres pinchazos, media -aviso- y cinco descabellos (silencio); dos pinchazos, casi entera y dos descabellos (silencio).

Miguel Ángel Perera: casi entera (silencio); pinchazo, media baja -aviso- y dos descabellos (silencio).

Cayetano: dos pinchazos y estocada que asoma (silencio); pinchazo y estocada (silencio).

Plaza de Las Ventas, 25 de mayo. Corrida de la Asociación de la Prensa. La Infanta Elena asistió desde una barrera del tendido 10. Vigésima corrida de la feria de San Isidro. Lleno.

Lo que ocurrió ayer fue un petardo, un desastre sin paliativos, un fiasco

Cayetano Rivera fracasó con enorme estrépito, aunque su primero fue noble

Pero no pasó nada. Como lo oyen: absolutamente nada. Ni un capotazo, ni un quite (lo intentó El Juli en el último y se derrumbó el toro), ni un puyazo, ni un par de banderillas, ni un derechazo, ni un natural, ni un adorno, ni una estocada... Pero, ¿esto qué es? ¿Quién toreó ayer en las Ventas, por Dios? ¿Cómo se puede exigir tanto como exigen estos señores, y ofrecer, después, semejante petardo?

Porque eso es lo que ayer ocurrió: un petardo, un desastre sin paliativos, un fiasco...

La tarde fue propicia para un mitin a bordo, para una rebelión en masa de la escasa afición, que hubiera terminado en una persecución a gorrazos por la calle de Alcalá a los tres coletudos impotentes y desmerecedores que llamarse figuras. ¿Figuras de qué? De la comodidad y de la vulgaridad. Figuras de la incapacidad. Figuras del pegapases.

Pero no llegó la sangre al río. Como siempre, el público que soporta estoicamente esta farsa tiene vergüenza y escrúpulos, y a lo más que se atrevió -y no toda la plaza- fue a protestar durante la faena -por llamarle cualquier cosa- de Cayetano al cara de búfalo inválido sexto con el que vino debajo del brazo para hacer el ridículo delante de todos. Sus vulgares trapazos transcurrieron entre el choteo general, pero no crean que el torero se inmutó. No; allá que siguió molestando a la concurrencia como si el asunto no fuera con él.

Por cierto, Cayetano fracasó ayer con enorme estrépito. Su primero fue uno de los dos más nobles de la tarde, y por allí anduvo el rondeño sin saber qué hacer, despegadísimo, al hilo del pitón, impotente y desbordado por un santo varón que no entendía la actitud indolente del muchacho. El sexto era feo con ganas, inválido por más señas, y el torero se mostró precavido y temeroso. ¡Encima...!

Y quedan dos figurones de la modernidad, El Juli y Perera, y todavía se pregunta la gente cómo es posible que no dieran una a derechas. El primero se encontró con un muñequito de feria, bonito, dulce como el almíbar, un carretón de entrenamiento, y lo toreó bien. Pero no dijo nada porque lo que tenía delante era una ovejita que daba lastimita, pero nada más. Y el otro, el cuarto, tenía un molesto cabeceo, y eso, como pueden imaginar, incomoda a las figuras; y un punto de sosería, también, y, total, que toda la labor del diestro careció del mínimo interés exigible. Y para culminar ambas gestas, pinchazo viene y pinchazo va. Un horror... Por cierto, ese toro cuarto galopó con alegría de salida, pero a los treinta segundos se convirtió en una piltrafa. Un atleta transfigurado en un moribundo. ¡Qué extraña transformación...!

Y ocurre con estas cosas que nunca hay dos sin tres: Miguel Ángel Perera, por razones que él sabrá, no vive sus mejores momentos como matador de toros. Ha cambiado radicalmente su situación en la plaza. Ya no es el torero que derrochaba suficiencia, colocación y templanza. Parece, ojalá sea sólo una impresión, un pegapases sin mesura; no le sale una a derechas, y, se coloque como se coloque, la muleta queda enganchada, desvía la trayectoria del toro hacia fuera y todo se desluce una barbaridad. Hundido y moribundo estaba su primero, y no se entendió nada con el descastado quinto.

Ni un capotazo, ni un quite, ni un par... Nada. Ayer se certificó en Madrid el hundimiento de las figuras.Feria de San Isidro

20º festejo

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de mayo de 2010