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viernes, 7 de mayo de 2010

Bajo el 'boom' de los 'narcolibros'

Cinco autores debaten en el Festival de la Palabra sobre escribir contra la violencia

San Juan de Puerto Rico 7 MAY 2010

Lo que para los autores del boom representaron el paraguayo José Gaspar Rodríguez de Francia, el dominicano Rafael Leónidas Trujillo, el guatemalteco Estrada Cabrera o el chileno Augusto Pinochet lo representan hoy para sus herederos los jefes de las bandas mafiosas de Medellín o Ciudad Juárez. Los capos del narcotráfico han sustituido a los dictadores en la literatura latinoamericana. Los jeeps militares han dado paso a una flota de aparatosos cuatro por cuatro con cristales ahumados y la violencia ha dejado de moverse en sentido vertical para colonizar horizontalmente la sociedad entera.

Cuando el mexicano Élmer Mendoza, un hombre al que según su compatriota Paco Ignacio Taibo II los traficantes respetan "porque quieren salir en sus novelas", habla de los 22 asesinatos diarios de su país, con 100 millones de habitantes, el puertorriqueño Pedro Cabiya saca una cifra similar para el suyo, con sólo cuatro millones. "¡No puede ser!", tercia asombrado el cubano Leonardo Padura. "Puerto Rico se va a quedar vacío".

Los capos sustituyen a los dictadores en la literatura latinoamericana

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¿Cómo se traduce en letra toda esa sangre? ¿Cómo contar la violencia? Esa es la pregunta que ocupa varias de las sesiones del Festival de la Palabra, el encuentro que hasta el domingo se celebra en San Juan de Puerto Rico. La respuesta, a la vista de la edad de oro editorial que vive el género, es esta: con las herramientas del género policiaco. Taibo II, director de la Semana Negra de Gijón, lo explica así mientras se mueve hiperactivo por la sede del festival: "La corrupción es un iceberg y tanto el periodismo como las ciencias sociales tienen muy difícil contar la parte sumergida. Muchas veces se conforman con contar la parte visible, o sea, el 10%. La novela negra cuenta el iceberg completo". El español José Ovejero, que estos días ultima un libro sobre escritores delincuentes, confirma que la novela negra es además, junto con la autobiografía, el formato preferido por los narradores -no es el caso, que se sepa, de los invitados a Puerto Rico- que pasan por la cárcel: la ficción sirve para vender libros; la no ficción, para vender la idea de que la sociedad también es culpable.

"Si hablamos de violencia hablamos de narco", dice Cabiya mientras Élmer Mendoza apunta que se trata del segundo negocio más importante del mundo después del tráfico de armas: "No es algo exótico sino la realidad cotidiana". Y en pocos sitios es así como en Colombia, añade otro Mendoza, Mario. El narrador bogotano, autor de Satanás, una novela adaptada el cine por Andi Baiz, y que acaba de publicar en su país el ensayo La locura de nuestro tiempo (Seix Barral), recuerda que en Colombia la violencia es "del establecimiento", es decir, estructural. "El propio narcotráfico tiene un diseño perfecto para permear toda la sociedad", reflexiona. Y explica que el llamado proceso 8.000, que en 1995 implicó al presidente Ernesto Samper, acusado de recibir dinero del narco para su campaña, destapó una red cuyo hilos habían sido tejidos por traficantes, ministros, futbolistas, periodistas y reinas de la belleza. "La violencia ya no es vertical, ahora es un rizoma". ¿Y qué hace un escritor con todo eso? "Equilibrios", responde Mendoza. "No hay buenos ni malos. Si eres maniqueo cometes un error. Si creas héroes, también. Todos son malos", dice. Y al instante, añade: "Pero no use como titular, por favor, 'En Colombia todos son malos'. Luego tengo problemas con ese nacionalismo ofendido que gasta dinero en publicidad para dar buena imagen del país".

"La modernidad de una ciudad se mide por las balas que truenas en sus calles", se lee en el arranque de Balas de plata (Tusquets), de Élmer Mendoza. El escritor mexicano dice que esa línea es un truco para atrapar al lector -y en Europa atrapó a muchos- pero no desmiente lo que tiene de radiografía social. A medio camino, literalmente, entre México y Colombia, en Nicaragua, situó Sergio Ramírez su última novela, El cielo llora por mí (Alfaguara), una historia de ex combatientes antisomocistas que terminan trabajando en el departamento de estupefacientes de la policía. Generacionalmente con un pie en el boom y otro en sus consecuencias, Ramírez es, como su país, el puente perfecto entre la literatura que se ocupó de la violencia política y la que se ocupa ahora de la violencia sin adjetivos. Para él además los escritores siguen respondiendo al mismo resorte: "La historia pública irrumpe en la historia privada y la destroza". Sea pasto de las enciclopedias o de las páginas de sucesos.

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De izquierda a derecha, Leonardo Padura, Pedro Cabiya, Mario Mendoza, Paco Ignacio Taibo II y Élmer Mendoza, en el Festival de la Palabra de San Juan de Puerto Rico. / DANIEL MORDZINSKI

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