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Reportaje:HAITI | CON TRES SENTIDOS

El polvo negro que lo impregna todo

Las buganvillas rojas, rosas y moradas sobre los escombros. Las casas que quedaron con la fachada hacia el cielo, como barcos hundiéndose; las que continuarán en la memoria volcadas hacia la derecha como una amiga que se recuesta sobre el hombro de la que acaba de irse. Jesucristo en un crucifijo de casi dos metros, en una esquina, en plena calle, y detrás de él, una iglesia desplomada. Cuatro muchachos presos detrás de las rejas de la comisaría de Carrefour pidiendo agua y comida entre risas. Los bomberos mexicanos abrazándose y hablando en círculo antes de inspeccionar las ruinas del palacio presidencial. Tantísima basura quemándose y sin quemar en las calles. Las mujeres cocinando a la luz de la luna en peroles inmensos. Las esculturas de los espíritus del vudú alargadas. Las familias echadas en sofás, camastros o en el suelo, a la puerta de un hotel o en cualquier plaza. Las calles cortadas para dormir.

El polvo negro que lo impregna todo de suciedad. Tantas montañas verdes con cientos y cientos de chabolas. Los barrancos resecos que cruzan las calles. Los charcos en medio de una vía principal; y en pleno charco, los guarros entre los vehículos. La forma en que se colocan la falda las mujeres para lavar o para sentarse, con la tela entre las ingles y las piernas desnudas. Las jóvenes bañándose con los pechos descubiertos sin ningún pudor y sin que los hombres las molesten con la mirada siquiera. La casa circular de la Autoridad Suprema del Vudú, con sus pequeños templos en medio del jardín, sus árboles eternales de troncos altísimos y los frutos maduros cayendo de golpe en el suelo. Los templos de los sacerdotes vudistas, en sótanos sucios, recónditos, y dentro de los templos, las pequeñas habitaciones con sus calaveras y las botellas de alcohol como ofrenda. Un hotel en ruinas, con los espejos rotos, las vigas partidas, las habitaciones amplísimas, con una silla detrás de las puertas como única cerradura, con periodistas y víctimas del terremoto durmiendo por las noches al raso sobre las losetas del borde de una piscina en la que nadie se baña. La gente caminando de noche en una ciudad de tres millones de habitantes, sin apenas luz eléctrica. Árboles preciosos de troncos que no podrían rodear tres hombres en medio de un barranco inmundo. La cantidad de coches todoterreno en un país tan pobre. Los mototaxistas jugándose su vida y la del cliente sin casco que los proteja a ninguno de ellos.

Pasear por un país negro tan masacrado por la historia y no encontrar una sola mirada de odio. Las mujeres con los sacos de comida y los barreños de ropa en la cabeza. Las fachadas rosas, verdes y azules del centro destruido. Los autobuses, claro, los autobuses con sus pintadas casi infantiles, lo mismo del Che, Jesucristo, Obama o Maradona. Los pastores protestantes cantando en misa con sus camisas blancas y corbatas negras a pleno sol; son la única gente que he visto con manga larga y corbata. Las colas a la puerta de las compañías de transferencias, con sus rejas en la entrada custodiadas por hombres armados. El carnet de identidad que el negro le muestra al blanco como tarjeta de presentación para trabajar como intérprete, conductor o lo que haga falta. Por supuesto, los cadáveres entre el polvo. Pero también la sonrisa de los chavales. Y las ganas de vivir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de febrero de 2010