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domingo, 18 de octubre de 2009
Reportaje:Berlín año 20 | LA CRÓNICA

Ascenso y caída del muro

FREDERICK TAYLOR 18 OCT 2009
Noche del 12 al 13 de agosto de 1961. Alemania queda separada en dos mitades. Los berlineses del Este sólo tienen dos posibilidades: adaptarse a la sociedad comunista o embarcarse en la arriesgada huida. El historiador y autor del libro 'El muro de Berlín' (RBA) escribe en exclusiva para 'El País Semanal' sobre el principio y el fin de la 'frontera' a través de sus protagonistas. Tres historias de personas que arriesgaron su vida por cruzar al otro lado. Y el ocaso de una era.

La construcción del muro de Berlín de la noche del 12 de agosto de 1961 a la mañana del 13, para separar el Berlín Oeste capitalista del Berlín Este controlado por los comunistas, constituyó un brutal y eficaz despliegue de poder por parte de Alemania Oriental y sus protectores soviéticos. Pero también puso de manifiesto el fatal fallo del totalitarismo: la incapacidad para proporcionar a sus ciudadanos un nivel de vida decente o un canal de expresión aceptable. Los síntomas sin tratar de esta enfermedad envenenarían el sistema político que dio pie al muro y, 28 años y 88 días más tarde -de la noche del 9 de noviembre de 1989 a la mañana del 10-, provocarían su repentina caída y, al cabo de pocos meses, el hundimiento del sistema soviético.

Unos parientes lejanos, comunistas desilusionados, dijeron a Úrsula: "Sal y vete al Oeste tan rápidamente como puedas"

El reto que planteaba el muro admitía varias respuestas: una llevaba a la libertad, otra a la cárcel y otra a la muerte

Mientras existió el muro, Klaus no volvió a ver a la mujer de la que se enamoró aquel verano. Aún sufre anemia y depresión

Temporalmente, el muro funcionó. Cortó la hemorragia de mano de obra cualificada desde la Alemania Oriental hasta la Occidental

Multitud de berlineses del Este llegan a los puestos de control. Aseguran a los guardias haber oído que las fronteras están abiertas

Al margen de paradojas políticas, para los casi 17 millones de seres humanos que vivían en Alemania Oriental, el confinamiento al que les sometía el muro era, en el mejor de los casos, una frustración privada, y en el peor, una catástrofe personal. Hasta el 13 de agosto de 1961, la circunstancia fortuita de vivir en la Alemania de posguerra ocupada por los soviéticos -el área que en 1949 se convirtió en la República Democrática Alemana comunista- podía considerarse una cuestión de mala suerte. Pero si a uno le parecía que la vida con el comunismo era demasiado limitada, al menos era posible viajar a Berlín Oeste. El emigrante podía coger un avión que le llevara a Alemania Occidental e instalarse allí, como hicieron más de dos millones y medio de personas entre 1949 y 1961, hundiendo así a Alemania Oriental en una crisis de despoblamiento. El muro acabó con esa posibilidad de salir y resolvió temporalmente el problema de los comunistas. A partir de ese momento sólo existían dos alternativas para los alemanes del Este corrientes: adaptarse a la sociedad comunista o embarcarse en la arriesgada huida. Tres destinos separados, todos ellos perseguidos en aquel trascendental mes de agosto de 1961, son sendos ejemplos de respuestas al reto que planteaba el muro: una llevaba a la libertad, otra llevaba a la cárcel y la otra llevaba a la muerte.

Úrsula Heinemann tenía 17 años y era de Berlín Este. Aunque el Estado germano oriental disuadía a sus ciudadanos de que trabajaran en Berlín Oeste, encontró un empleo de camarera en el hotel Plaza, en la avenida de Kurfürstendamm, en la sección occidental de la ciudad. Todos los días, antes del 13 de agosto, subía al S-Bahn (tren de cercanías) desde el apartamento de su familia en el barrio periférico de Johannisthal, en Berlín Este, atravesaba la frontera -aproximadamente a un kilómetro al norte- hasta el sector estadounidense en Berlín Oeste, y desde ahí iba al trabajo.

Los acontecimientos del 13 de agosto conmocionaron a Úrsula, pero no tenía la menor intención de aceptar su destino sin más. Podía ver que la situación en el cercano Canal de Teltow era aterradora. Había guardias apostados a lo largo de las orillas y unas lanchas a motor patrullaban las aguas. Recorrió con una amiga la larga ruta que rodeaba Berlín en mitad de aquella semana de paro forzoso para ver si las cosas parecían más fáciles en otros lugares. No lo eran. El día que pasaron haciendo horas como camareras en una taberna al aire libre en Groos Glienicke, que los agentes fronterizos solían frecuentar, oyeron a algunos de ellos afirmar que tenían intención de disparar contra los que intentasen huir. Un intento de fuga directo parecía demasiado peligroso. Sin embargo, dos días después, unos parientes lejanos, comunistas desilusionados, le dijeron: "Sal y vete al Oeste tan rápidamente como puedas". Como Úrsula era una conocida cruzafronteras (así clasificaban las autoridades germano orientales a los que trabajaban en Berlín Oeste), lo más probable era que la enviasen a alguna granja colectiva perdida en el campo. El sábado 19 de agosto, Úrsula y su madre salieron a dar un paseo. Se encaminaron al noroeste y cruzaron un puente que las llevó al extremo opuesto del canal secundario, el Britzer Zweigkanal, que conectaba la principal vía fluvial de Teltow con el río Spree.

El control de Sonnenallee se encontraba a sólo unos doscientos o trescientos metros, y detrás de él estaba Berlín Oeste. El cruce seguía abierto, aunque sólo para los occidentales que iban al Este. Avanzaron hasta unos huertos abandonados. Úrsula dijo a su madre que esperara mientras ella iba a investigar. Se adentró en los huertos desiertos, a sabiendas de que la frontera entre el sector soviético y el estadounidense estaba a sólo unos metros, pasado un foso cubierto de hierba. Cerca se encontraba una vivienda pequeña y aparentemente vacía, y justo delante, la valla fronteriza de alambre de espino recién levantada. Aunque Úrsula sólo llevaba puesto un jersey y unos pantalones, y sabía que su madre le esperaba, tomó la súbita decisión de cruzar. Bajo la fila más baja de alambre de espino había un agujero lo suficientemente ancho como para arrastrarse por debajo. Lo hizo con lentitud agónica, obligándose a no hacer caso de los pinchos que desgarraban la lana de su jersey. Tuvo que usar una mano para levantar el alambre. Hizo una mueca de dolor al hacerse un profundo corte en la palma que empezó a sangrar. De todos modos, lo consiguió. Pero se topó con una segunda valla. Repitió el procedimiento, haciéndose más cortes y despedazándose más el jersey. Úrsula vio el cartel que señalaba la frontera justo delante. El corazón empezó a latirle más deprisa. Se percató del humo de un cigarrillo que flotaba en el aire hacia donde ella estaba. A un escaso metro o dos se encontraba un guardia fronterizo. Demasiado tarde para volver atrás. Pasó con cuidado las piernas por el alambre y atravesó lentamente, sin hacer ruido, el cartel de la frontera.

Un hombre que se encontraba en un jardín al otro lado de la frontera confirmó que Úrsula había llegado sana y salva a Berlín Oeste. Lo que nunca llegó a saber era si el guardia fronterizo la había visto, pero decidió dejarla pasar. Úrsula había preparado tan poco su impulsivo salto a la libertad que sólo llevaba encima su carné de identidad y un pañuelo, pero nada de dinero. Alguien le prestó un par de marcos para subir a un autobús hasta el centro de acogida de refugiados. La ventaja de Úrsula es que tenía empleo. A las 24 horas de registrarse en Berlín Oeste ya trabajaba otra vez en el hotel Plaza, donde también le ofrecieron alojamiento. Naturalmente, había un precio que pagar. No volvería a ver en muchos años a su madre ni a su familia en Berlín Este.

El segundo residente de Berlín Este pagaría una factura mucho más alta por la existencia del muro. Más o menos en el momento en que Úrsula Heinemann se deslizaba bajo la nueva barrera fronteriza y llegaba a Berlín Oeste, Klaus Schulz-Ladegast, apenas un par de años mayor que ella, pasaba el fin de semana del 12 y 13 de agosto en una cabaña en el bosque, a las afueras de Berlín Este. Estaba acompañado por una joven que él consideraba el amor de su vida. Rieron al escuchar la noticia del cierre de la frontera. Significaba que habría escasez de medias de nailon y de cigarrillos occidentales, pero nada más. El padre de Klaus era miembro laico de la Iglesia luterana en Alemania Oriental. Aunque Klaus se crió en Berlín Este, se mudó a Berlín Oeste, donde estudió bachiller y acababa de obtener su diploma. Después regresó al Este. Berlín Oeste le parecía burgués. El Este era el viejo corazón de Berlín. Los mejores teatros y bares estaban allí. En la transición a los sesenta, Berlín Este parecía mucho más interesante, lleno de rebeldes y escritores, actores y artistas, y exóticos estudiantes extranjeros procedentes del Tercer Mundo que estudiaban en la ciudad con becas concedidas por las autoridades comunistas. Muchos de sus amigos eran niños privilegiados de la élite comunista, como la hija escritora del ministro del Interior germano oriental, Karl Maron.

Y al fin y al cabo, pasar al Oeste era cuestión de cruzar la calle. Uno podía vivir en el Este y disfrutar de lo mejor de los dos mundos.

Cinco días después, el jueves 17 de agosto, la policía secreta vino a buscarle mientras paseaba bajo el sol de agosto por las afueras. Dos hombres le pidieron que les acompañara para "aclarar un asunto". Su educado lenguaje no dejaba traslucir la firmeza con la que le empujaron hacia el interior del Wartburg que aguardaba. El automóvil arrancó a toda prisa, retumbando por la calle de adoquines que llevaba Dios sabe adónde.

El destino de schulz-ladegast era, de hecho, una zona de Berlín Este conocida desde la década de los cincuenta como la "zona prohibida": una ciudad secreta dentro de la ciudad, rodeada por puestos de control policiales, que no aparecía en ningún mapa, donde la policía secreta germano oriental, la famosa Stasi, tenía su cuartel general y un recinto para interrogatorios. Era Hohenschönhausen. A Klaus le vendaron los ojos poco después de iniciar el viaje en coche. Lo único que notó al llegar fue el sonido de un portón al abrirse. El vehículo atravesaba una zona cubierta de losas y pasaba por otra puerta de metal. Schulz-Ladegast se dio cuenta por el eco de que se encontraban en un espacio cerrado. Le quitaron la venda de los ojos. Las luces le deslumbraron. Mientras sacaban a Schulz-Ladegast a rastras del coche, éste escuchó un terrorífico coro de gritos procedentes de voces que no podía ver. Le condujeron a empujones hacia una puerta. La calculada pesadilla psicológica de la "detención e interrogatorio" de la Stasi acababa de comenzar.

La detención y el interrogatorio se centraban en sacar a los sospechosos lo que el Estado necesitaba para justificar los veredictos, generalmente decididos de antemano, que los tribunales secretos impondrían. Klaus era uno de los centenares de "subversivos" reales o imaginarios capturados por la Stasi en los días que siguieron a la construcción del muro. Su experiencia fue relativamente típica.

Tras el calvario de la recepción, le desnudaron y vistieron con el tosco traje de preso. Le trasladaron a una celda de aislamiento. Moverse por prisión era un proceso controlado. A los reclusos no se les permitía mantener conversaciones, y ni siquiera verse, especialmente en las primeras fases de la encarcelación. Un sistema de semáforos instalados en las esquinas del laberinto de lóbregos pasillos avisaba cuando otro detenido y su escolta se aproximaban. En tal caso, obligaban al preso a meterse en un nicho del tamaño de un hombre, excavado en la pared, donde debía permanecer de pie, con la cara pegada al ladrillo, hasta que el otro reo pasaba sin contratiempos. En su celda había una cama y una letrina. Una ventana dejaba pasar un poco de luz natural, pero no permitía ver el exterior. El prisionero pronto tenía la sensación de estar enterrado vivo

Klaus estaba acusado de presentar a su padre a un hombre del servicio secreto germano occidental que pretendía hablar de los asuntos de la Comunidad de la Iglesia de Brandeburgo. El padre de Klaus se resistió al principio, pero después accedió.

El alemán occidental se mostró tajante. Ni el padre ni el hijo debían mencionar jamás a nadie sus encuentros. El padre de Klaus no pensó que eso incluyera también a su mejor amigo y colega en el Consejo de la Iglesia, con quien -convencido de que compartían las mismas simpatías políticas- habló de las reuniones. Pero esta presunta alma gemela era un agente de la Stasi. De ahí que arrestaran a Klaus y, aunque él no lo supiera, también a su padre cinco días después de que levantaran el muro. Padre e hijo sufrieron el mismo tormento. Los métodos usados con cada uno de ellos eran similares. Un leve amago de violencia, aunque no se llegara a usar. Los métodos de la Stasi en la década de los cincuenta eran a menudo brutalmente parecidos a los de la NKDV [Comisaría Popular de Asuntos Internos, la policía secreta de la Unión Soviética] y el KGB [el Comité para la Seguridad del Estado, el organismo de inteligencia soviético], pero, paradójicamente, después de la construcción del muro, Alemania Oriental empezó a buscar la respetabilidad internacional. Esto incitó a la Stasi a emplear métodos en su mayoría psicológicos.

El escenario típico era la sala de interrogatorios de "esquina a esquina". La silla y la mesa del interrogador estaban colocadas en ángulo con el rincón de la ventana, de cara a la sala. Colocaban al prisionero en un incómodo taburete en el lado opuesto de la habitación. El efecto psicológico consistía en someter al recluso a una inquietud animal. A menudo, el prisionero sentía el impulso de decir cualquier cosa que le sacara de aquel lugar. Muchos cedían.

Klaus habló. Lo negó todo sobre los espías de Alemania Occidental, pero contó mucho sobre su vida de zascandil en el Berlín Este. Por suerte, nunca había aceptado dinero de los alemanes occidentales, de modo que no podían probar nada a ese respecto. Soltar con cuentagotas información que parecía importante, pero de hecho era intrascendente, ayudaba a Klaus a mantenerse cuerdo. Otras cosas también le ayudaron. Primero, al cabo de un mes de su llegada, se vio afligido por unos dolores de estómago y tuvo que ser trasladado al hospital. Allí, aunque le instalaron en un ala incomunicada, recibió mejor alimentación y un trato relativamente normal durante dos semanas. Ladegast volvió a prisión fortalecido, tras recuperarse de la enfermedad. Segundo, le trasladaron a una celda con otro prisionero, un hombre mayor.

Aquel experimentado compañero de celda enseñó a Klaus trucos de supervivencia. Le recomendó que nunca obedeciera inmediatamente la orden de un guardia. Hablaron de cómo evaluar esa pausa de una fracción de segundo que permitía al prisionero obligar al guardia a esperar, y a la vez evitar el castigo por desobediencia. De detalles tan nimios como éstos dependía la dignidad de un prisionero, y, por consiguiente, su supervivencia emocional. La condena impuesta a Klaus fue de ocho años, como descubrió al repasar su expediente de la Stasi. Gracias a su habilidad en los interrogatorios, se las ingenió para reducirla a cuatro. Klaus sobrevivió a Hohenschönhausen, y después, tres años en la famosa cárcel de Bautzen, en Sajonia. Mientras existió el muro nunca volvió a ver a la mujer de la que se enamoró aquel verano. Ya ha cumplido los 60 años, pero todavía sufre episodios de amnesia y depresión.

Por último, también estaba el berlinés del Este que por culpa del muro pagó el precio más alto: su vida. Günter Litfin era un hábil sastre de 24 años que trabajaba en una casa de modas de Berlín Oeste. Como vivía con sus padres en el barrio periférico de Weissensee, en Berlín Este, viajaba a diario al Oeste. Era un cruzafronteras. Consciente de las dificultades que planteaba su situación, Günter Litfin tenía intención de mudarse a Berlín Oeste. Encontró un apartamento no muy lejos de su lugar de trabajo. El sábado 12 de agosto, él y su hermano subieron al tren de cercanías para dirigirse a la vivienda. Pasaron el día preparándola para la mudanza. A la una de la madrugada del domingo 13 de agosto regresaron en tren a casa. Fue uno de los últimos ferrocarriles que recorrieron el trayecto hasta Berlín Este antes del cierre de la frontera.

El enfado y la desesperación del joven eran comprensibles. Repentinamente en el paro, también podía imaginarse, al igual que Úrsula Heinemann, que el Estado germano oriental le perseguiría. Günter pasó los días que siguieron al 13 de agosto dando vueltas en bicicleta por las zonas fronterizas, observando las barreras reforzadas y ampliadas. Era un buen nadador, de modo que decidió probar suerte con lo que parecía el punto más débil de la nueva frontera: las vías fluviales.

La tarde del jueves 24 de agosto de 1961, Günter salió a dar un paseo por la carretera paralela al canal de navegación que conecta el puerto Norte de Berlín con el río Spree. El canal navegable formaba una cuenca conocida como Humboldthafen. La orilla opuesta estaba en el sector británico de Berlín Oeste. Si lograba trepar a tierra estaría a salvo. Günter siguió por la orilla del canal hasta la altura de un puente ferroviario. De pronto oyó un grito: "Stehenbleiben!" (¡Alto!). Los policías de transportes, los Trapos, estacionados en lo alto del puente, acababan de descubrirle. Pero el joven no tenía intención de tirar la toalla. Se lanzó de cabeza al agua y comenzó a nadar. Los Trapos efectuaron varios disparos. En poco tiempo, Günter se había alejado unos 25 metros de la orilla oriental. Avanzaba rápidamente hacia su meta. Uno de los guardias cargó su pistola automática y disparó varias ráfagas en torno al joven prófugo. Günter Litfin murió en el agua. Recibió el impacto de una bala por la parte de atrás del cuello mientras nadaba. Se trataba de un disparo a muerte deliberado.

Horas después, la policía germano oriental sacó el cuerpo sin vida de Günter Liftin de las aguas del puerto de Humbolt. El 29 de agosto, otro joven de Berlín Este, Roland Hoff, de 27 años, también fue asesinado cuando se dirigía a nado a Berlín Oeste, esta vez atravesando el canal Teltow, que llevaba al sector estadounidense.

El desasosiego era palpable desde ambos lados de la frontera. En los primeros días, los disparos no eran muy frecuentes y se limitaban a salvas de advertencia. La profunda inhumanidad del nuevo régimen fronterizo estaba ahora a la vista de todos.

Después de la primera muerte vinieron otras muchas.

Un año después de la construcción del muro, el 17 de agosto de 1962, un fugitivo de 18 años llamado Peter Fechter recibió un disparo mortal cuando intentaba huir, junto con un amigo, atravesando el muro cerca de Checkpoint Charlie. Las fotografías del joven, desangrándose en tierra de nadie entre el Este y el Oeste, dieron la vuelta al mundo. Permaneció tumbado allí durante casi una hora, al principio pidiendo ayuda a gritos, con la voz cada vez más débil, hasta que finalmente calló. Sólo entonces los guardias germano orientales retiraron su cadáver. El escándalo provocó disturbios en Berlín Oeste, donde las primeras redes de huida estuvieron financiadas por estudiantes idealistas. Túneles, papeles falsos... Sin embargo, las organizaciones de huida que sobrevivieron a estos primeros años ya no eran tan idealistas. Trabajaban por dinero, a menudo tenían vínculos con el crimen organizado y, en algunos casos, empleaban métodos parecidos a los de las bandas que actúan en Europa y Norteamérica desde principios del siglo XXI pasando "gente de contrabando".

La Stasi creció en tamaño e influencia. Su inmensa red de vigilancia descubrió muchos intentos de huida. Hacia 1970, el muro era tan impresionante desde el punto de vista técnico que pocos lograban cruzarlo. Los amagos de escapar se redujeron a meras docenas. Entre 1961 y 1989 murieron al menos 125 fugitivos en potencia. Algunos afirman que en total fueron casi el doble. Millares más fueron arrestados. Muchos cumplieron largas condenas de cárcel en durísimas condiciones.

Temporalmente el muro funcionó. Cortó en seco la hemorragia de mano de obra cualificada y culta desde la Alemania Oriental hasta la Occidental. Los historiadores han llamado a la construcción del muro el "segundo nacimiento de la República Democrática Alemana". Continuaron los problemas con el suministro de cepillos de dientes, patatas, compresas y papel higiénico, pero entre 1960 y 1970, el porcentaje de familias que poseían un televisor aumentó desde el 16,7% hasta el 69,1%; una nevera, desde el 6,1% hasta el 56,4%, y una lavadora, desde el 6,2% hasta el 53,6%. Aunque los automóviles seguían siendo caros, el 15,6% de los alemanes del Este tenía coche en 1970, en comparación con un 3,2% diez años antes. Desde un punto de vista materialista, la vida para los alemanes del Este corrientes era mejor que en los cincuenta.

El régimen se benefició de un hecho obvio, pero clave: la generación que alcanzó la madurez después de la construcción del muro no había experimentado ninguna otra clase de sociedad. Una alemana del Este nacida en torno a 1950 comentaba después de 1989 que antes de que cayera el muro no se había fijado en lo feo y gris que era el país en que vivía. En comparación con otras naciones del bloque soviético -los únicos lugares extranjeros que los alemanes del Este podían visitar después de 1961-, la RDA parecía disfrutar de un buen nivel de vida. Entre otras ventajas estaban las guarderías y la atención médica gratis, alquileres y vacaciones subvencionados, y educación superior gratuita para aquellos que gozaban del beneplácito del Estado.

A mediados de la década de los setenta irrumpió la crisis del petróleo. Alemania Oriental carecía de recursos naturales. Ante el rápido aumento del precio del combustible, la Unión Soviética se vio obligada a tener en cuenta los mercados mundiales a la hora de fijar sus tasas, incluso para satélites como Alemania Oriental. El país acumuló déficit. Nunca recuperó la relativa estabilidad del periodo entre 1961 y 1973. Sus mejores productos alimenticios, textiles, manufacturados y maquinaria se destinaban a la exportación, en una búsqueda desesperada de moneda fuerte.

En 1970, el endeudamiento del Estado germano oriental era de 12.000 millones de marcos. En 1988 alcanzaba la ingente cantidad de 123.000 millones. Durante el mismo periodo, las deudas en moneda fuerte con bancos comerciales occidentales aumentaron en 2.000 millones hasta alcanzar los 49.000 millones de marcos. El 50% de la infraestructura industrial del país estaba gravemente deteriorada. La productividad siguió estando al menos un 40% por debajo de los niveles germanos occidentales. Sin embargo, Alemania Oriental parecía segura. Era miembro de Naciones Unidas y estaba integrada en la economía mundial. En 1987, el jefe del partido comunista de Alemania Oriental, Erich Honecker -el mismo que en 1961 supervisó la construcción del muro-, visitó Alemania Occidental y fue agasajado con los mismos honores de un jefe de Estado extranjero. Entonces, ¿cómo es posible que al cabo de dos años el muro de Berlín fuera cosa del pasado?

Al ofrecer explicaciones para cualquier acontecimiento histórico, existen, cómo no, dos versiones, la corta y la larga. En el caso de la caída del muro de Berlín, la versión larga seguiría el proceso de deterioro político, militar y económico que debilitó el proyecto comunista en las décadas anteriores a 1989. También cabría mencionar el Acuerdo de Helsinki de 1975, que abrió una puerta a los movimientos opositores en el bloque del Este. Y debería tener en cuenta la conflictiva exigencia que el presidente Reagan planteó, en junio de 1987, junto a la Puerta de Brandeburgo al líder ruso Mijaíl Gorbachov instándole a "echar abajo ese muro". Fue criticada por "cursi", pero expresaba un renovado interés de Estados Unidos en la liberación de países dominados por el imperio soviético.

La versión corta se centra en la reunión de un comité del Gobierno en Berlín Este a sólo unos metros del muro. Es 9 de noviembre de 1989. Este comité, compuesto por cuatro personas, dos civiles y dos agentes de la Stasi, se encuentra presionado. El periódico oficial, Neues Deutschland, ha publicado el llamamiento de un grupo de reformistas y disidentes. "Todos estamos inquietos", escriben. "Miles de personas abandonan nuestro país... Quedaos en vuestra patria, os lo suplicamos, quedaos con nosotros".

El muro de Berlín sigue en su sitio. ¿A qué viene este emotivo llamamiento? Primera razón: después de más de un cuarto de siglo atrapados en su pequeño Estado patrocinado por los soviéticos, los alemanes del Este pueden, en otoño de 1989, marcharse a Occidente si así lo desean. Y decenas de miles deciden hacerlo. La elección en Polonia de un Gobierno parcialmente democrático, la apertura de la frontera entre la Hungría comunista y la Austria capitalista, y la reanudación de los viajes sin necesidad de visado a Checoslovaquia llevan la crisis a un punto crítico. ¿La segunda razón? Alemania Oriental está arruinada. Su jefe dice a su Gobierno que sólo el mantener la deuda conllevará una caída del 25% o el 30% en el nivel de vida de los alemanes del Este corrientes. Esto "hará al país ingobernable". Los envejecidos líderes de Alemania Oriental han preferido siempre hacer caso omiso de sus propios expertos. Ahora es demasiado tarde.

A principios de año, el régimen estaba aún dirigido por Erich Honecker. Éste, con 77 años cumplidos y dispuesto a celebrar el 40º aniversario de la RDA en octubre de 1989, insistía en que el muro seguiría en su sitio "otros 50 o 100 años más".

Sin embargo, en noviembre de 1989, Honecker ya pertenece al pasado. El 18 de octubre fue sustituido, con el visto bueno de Gorbachov, por Egon Krenz, de 52 años. Este nuevo Gobierno reformista se ve abrumado por intratables crisis políticas y económicas. Y da orden de resolver todos los problemas. Entre ellos, el problema del "visado de salida". De ahí las urgentes deliberaciones del comité aquella mañana de noviembre.

El comité diseña un sistema de visados de salida más liberal, pero todavía "provisional". Los habitantes de Alemania del Este ahora pueden marcharse libremente, permiso mediante. Éste, por lo general, se concederá automáticamente. Una vez acordado el borrador, el documento se envía al Politburó. El secretario general Krenz asegura a sus colegas que ésta es la única solución. También es lo que sus protectores en Moscú quieren. El nuevo sistema de visados obtiene el visto bueno. Entretanto, el portavoz de la cúpula, Günther Schabovski, concede una rueda de prensa en el Centro Internacional de Prensa de Berlín Este. Schabovski se pasa por la oficina de Krenz y solicita que le pongan al día de los últimos acontecimientos. El secretario general le entrega una copia de las nuevas normas para visados de salida. Aquella conferencia de prensa continuará siendo uno de los acontecimientos más debatidos en la historia moderna. ¿Es una manipulación deliberada o sólo una metedura de pata involuntaria? Lo que condicionará los acontecimientos posteriores no es lo que Schabovski dice, sino cómo lo interpretan otros y lo comunican al mundo.

No habrá condiciones previas para viajar, reconoce Schabovski. Pero el periodista de la televisión estadounidense Tom Brokaw le pregunta cuándo entrará en vigor esta nueva disposición. "Inmediatamente", responde Schabovski incorrectamente. De hecho, no será válida hasta el día siguiente, el 10 de noviembre.

Contrariamente a lo que dice la leyenda, este intercambio no causa un revuelo inmediato. Los periodistas no debaten su pleno significado hasta que concluye la rueda de prensa. El periodista de Associated Press escoge su "ángulo". Según el portavoz del Politburó, Schabovski, afirma en un teletipo, Alemania Oriental abre sus fronteras. La frase cuaja. Todo el mundo empieza a usarla. Una hora después del anuncio de Schabovski, el respetado informativo ARD News de la televisión alema occidental inicia el boletín de las ocho de la tarde con las mismas palabras: "La RDA abre sus fronteras".

Rápidamente queda claro que lo que los berlineses del Este están viendo no son las insulsas noticias comunistas, sino el programa transmitido desde Occidente. En pocos minutos llegan a los puntos de control, explicando que han oído que la frontera se ha abierto. Les contestan que han de solicitar un visado. Las oficinas abrirán mañana. La televisión germana oriental se apresura a ratificarlo. Hay que solicitar los visados de manera ordenada.

Las multitudes hacen caso omiso y siguen asediando los controles. La mayoría de los alemanes del Este accedieron mansamente a la construcción del muro hacía 28 años, pero ahora están decididos a hacer valer sus derechos. Ya no tienen miedo al Gobierno.

En cuanto a la nueva generación de líderes comunistas, no es que sean ángeles, pero tampoco son asesinos a la vieja usanza. Cuando el ministro de la Stasi Erich Mielke, un estalinista veterano a punto de celebrar su 82º cumpleaños, llama a Krenz, su nuevo jefe se niega a aprobar el uso de la fuerza. Para suavizar las cosas en la frontera, pueden dejar pasar a unos cuantos tipos agresivos. Sin embargo, para disuadir a la mayoría supuestamente más dócil, se estamparán los pasaportes de esa gente con el sello de "sin derecho a volver".

Este intento desesperadamente irrealista de mantener el control sólo sirve para mostrar a los berlineses del Este las recompensas de la insistencia. Harald Jäger, el miembro de la Stasi al mando del punto de control de Bornholmer Strasse, realiza una última llamada al cuartel general. Pero una vez más recibe instrucciones de decir a los que pretenden cruzar la frontera que deben presentar una solicitud oficial. Jäger echa un vistazo por la ventana de su cabina. La presión es abrumadora. Sus hombres están sobrepasados en número y corren el peligro de resultar heridos o algo peor. Decide por primera vez en su vida desafiar a sus superiores y ordena a sus hombres que "abran inmediatamente y permitan pasar a la gente sin ningún tipo de control". Nada más dar las once de la noche, la multitud atraviesa a empujones la barrera izada y cruza alegremente en tropel el puente ferroviario que lleva a Berlín Oeste. En las horas siguientes, las muchedumbres invaden otros puntos de control. Pronto Berlín, Este y Oeste, es una gran fiesta.

Alguien en un bar de Berlín Este bromea con el ácido humor nativo: "Así que... construyeron el muro para impedir que la gente se fuera y ahora lo derriban para impedir que la gente se vaya. Lógica pura".

'El muro de Berlín, 13 de agosto de 1961-9 de noviembre de 1989', de Frederick Taylor (RBA), se publica el 22 de octubre en España.

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