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Crítica:66ª Mostra de Venecia

Soderbergh alivia ante un cine oriental indigerible

La carrera de ese director tan extraño llamado Steven Soderbergh está marcada por lo imprevisible. Arrancó espectacularmente en el cine independiente con Sexo, mentiras y cintas de vídeo y después atravesó baches que estuvieron a punto de hacerle desaparecer. El éxito de la eficaz Erin Brockovich y de la magistral Traffic demostraron que también conocía la forma de triunfar en el cine de Hollywood sin tener que vender su alma al diablo. Desde entonces alterna la mina de oro que le supone la previsible serie de los Oceans con proyectos tan personales como anticonvencionales. Después de su arriesgada y meritoria biografía del Che Guevara, Soderbergh acaba de descolgarse con The informant, una intriga con tono de sátira y regusto amargo sobre hechos y personajes reales.

'The informant' bucea en el siempre turbio mundo del gran dinero

Ocurrió en Estados Unidos a principio de la década de los noventa. El FBI recibió la llamada del vicepresidente de una importante corporación revelándoles que estaban estafando al Estado ocultando los beneficios de sus negocios con una multinacional japonesa en paraísos fiscales. Lo hacía en nombre de la honestidad y del patriotismo y se ofrecía voluntariamente como espía a los servicios secretos, a llevar micrófonos en una impresionante red de escuchas que demostrarían la culpabilidad de los poderosos ladrones. El problema es que este señor era un mentiroso compulsivo que iba inventando historias continuamente o manipulando la realidad hasta extremos delirantes. Y lo insólito es que esta operación duró varios años y los agentes del Gobierno le creyeron ciegamente. Tampoco desaprovechó el tiempo durante la gran farsa ya que mediante numerosos chanchullos financieros se hizo aún más rico todavía.

Soderbergh describe con sarcasmo e hilaridad la relación entre el embustero patológico y los más sofisticados servicios de información a los que logra enredar en su juego, el trapicheo como regla en el siempre turbio mundo del gran dinero, la capacidad de un individuo arropado por la supuesta respetabilidad pero absolutamente delirante para engañar a la ley. Lo más alarmante es saber que esto no pertenece a la ficción sino a la realidad. Matt Damon borda la personalidad de este inquietante embustero en una trama sorprendente que Soderbergh desarrolla con agradecible acidez.

Y con lo anterior se acabaron las alegrías del día. El ya anciano Jacques Rivette, presencia fija y venerada en los festivales de cine, perpetra una renovada estupidez en la indescriptible 36 vues du Pic Saint Loup. Cuenta el encuentro de un viajero existencial con la gente de un circo que no tiene espectadores. Lo de que no vaya ni Dios a reírle las gracias a clowns intelectuales y acróbatas cutres es lo único que me parece coherente en el argumento. El resto lo ocupan discusiones metafísicas sobre los mecanismos de la risa, el ser y la nada, etcétera. Todo supone un despropósito aceptado pero seguro que esconde una metáfora o una alegoría. Ese notable actor italiano llamado Sergio Castellito intenta dotar de vida a su personaje, pero sus intentos son en vano. Está tan vacío como el resto de esta infame película.

Y, cómo no, la Sección Oficial de esta Mostra ha dedicado un generoso espacio a su amado cine oriental. Este año no han seleccionado a los directores consagrados sino a desconocidos para el público occidental. Juro que debería haberme ahorrado estos descubrimientos tan lamentables. A excepción de la curiosa Accidente, dirigida por el chino Soi Cheang y que se centra en un grupo de asesinos profesionales que disfrazan sus crímenes dándoles la apariencia de accidentes, el resto de la selección oriental que se ha visto hasta ahora es para temblar de aburrimiento. La película de Sri Lanka Ahasin wetei sigue los pasos de un urbanita amargado que decide recluirse en la vida campestre y está haciendo cabriolas en pelotas por los bosques durante 80 minutos. La japonesa El hombre bala va de científico que se transforma en un hombre de hierro, abarrotado de cables, para vengar la muerte de su hijo. Como la anterior, es heavy. La taiwanesa El príncipe de las lágrimas cuenta de forma involuntariamente grotesca la represión en Taiwan contra todo lo que oliera a comunismo durante la época del general Chiang Kai-Shek. Y te planteas cuáles son los criterios de selección en este festival desde que lo dirige Marco Müller. La conclusión es aterradora. Sabes de su ancestral y universalista amor a las cinematografías exóticas, pero sospechas que en esos países forzosamente se tienen que rodar películas menos incomprensibles y horrendas que las que Müller exhibe en su patético feudo de la Mostra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de septiembre de 2009