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domingo, 21 de septiembre de 2008
Reportaje:PERSONAJE

"La anorexia empezó en mí a los 12 años"

Hasta 11 días sin comer. Automutilación. Éste es el relato, contado en primera persona para 'El País Semanal', sobre el horror de la anorexia de una joven escritora argentina que es superventas en América Latina.

Os lo contaré todo. La anorexia empezó en mí desde muy chica, cuando tenía 12 años y pesaba 64 kilos. A esa edad, los amigos y amigas son muy crueles, y yo me sentía marginada.

Soy la mayor de tres hermanos, por lo que en mi familia yo debía ser la que diera el ejemplo en todo: como estudiante, ejemplo de excelencia. Como deportista, también la mejor; y además tenía que ser ejemplo de liderazgo en todo cuanto emprendiera. Yo lo sentía así. Siempre fui muy autoexigente, quería ser perfecta. Tal vez por esa exigencia, yo sentía culpa todo el tiempo. Sentía culpa de comer, de verme al espejo, de todo. Y empecé a obsesionarme, más que con mi peso, con la perfección que yo quería alcanzar.

De chica nunca tuve amigas, y yo quería ser perfecta creyendo que era la manera de que la gente me aceptara. Lo que recuerdo es que nunca nadie me invitaba a ningún lugar, que yo era una niña solitaria. Hasta que de pronto eso cambió. Empecé a perder peso, y mi teléfono comenzó a sonar. Entonces me dije: "Era eso, che, no me querían con ellos porque estaba gorda", y así comencé con las dietas. Asocié la delgadez con la personalidad, con el éxito social. Y eso mismo exactamente es lo que les pasa a muchas chicas, creen que cuanto más flacas estén, mejores personas van a ser y más van a ser aceptadas por la sociedad y por sus amigos.

Pero hay algo más, algo que fue terrible y se convirtió en la causa verdadera de todo lo que vino después. Os tengo que contar que fui víctima de malos tratos. Tuve un desengaño amoroso con un hombre 10 años mayor que yo. Se llamaba Alejo. Yo estaba enamorada, obsesionada con él, y él no quería estar conmigo. Él fue el detonante de la enfermedad. Esto es un aviso para que los padres sepan que en Internet hay muchos perversos.

Yo chateaba con casi cincuenta personas. Una noche nos juntamos todos y conocí a Alejo personalmente. Poco después me fui a vivir sola a Buenos Aires. Se suponía en mi familia que me fui allá para estudiar periodismo, pero en realidad yo sabía que era para estar más cerca de él, aunque él no quisiera estar cerca mío... Yo estaba muy enamorada y él no parecía estarlo, no tanto. Y entonces fue cuando me puse a pensar que yo no era lo suficientemente linda para él, o lo suficientemente flaca. Sentía que, si adelgazaba, Alejo me iba a querer más. Pero me engañaba, fue un error... y así comenzó el infierno.

Vomité por primera vez después de haber ido a cenar a un local de comida rápida. Después del vómito me sentí aliviada. Pero con el tiempo, en lugar de comer y vomitar, como esa vez y luego muchas veces, dejé de comer. Porque vomitar me lastimaba la garganta; entonces, ¿para qué sentir ese dolor si podía directamente no comer nada? Lo máximo que estuve sin comer fueron 11 días; los demás días, durante tres meses, sólo comía una manzana o tomaba mucha agua... En esos tres meses bajé 10 kilos.

Yo no lo sabía, pero realmente estaba ciega. Ana me manipulaba. Luego os cuento quién es Ana, aunque vosotras, las chicas, ya lo sabéis.Llega un momento en que la comida te repugna. Cuando pasas el umbral del hambre, te llegas a olvidar de cómo se masticaba. A mí me costaba la maniobra de abrir la mandíbula. Llegué a pesar 47 kilos y me tatué la muñeca con esa cifra, para tener un recordatorio permanente. Cada vez que iba a comer me decía a mí misma: "¿Vas a comer?".

Estuve casi muerta, tuve los primeros intentos de suicidio, vi el mundo distorsionado, sentía olores que nunca había conocido. Kate Moss era el referente obvio para mí. Y, entre las argentinas, Celeste Cid. Me parecía superarmoniosa, flaquita, y a Alejo le encantaba. Después de un tiempo me invadió Ana (así es como las anoréxicas llaman a la enfermedad), y quise investigar. Me metí en Internet, busqué información sobre la anorexia, y de repente me apareció Pro Ana. Visité el sitio y descubrí a chicas que defendían la anorexia y la bulimia como un estilo de vida: Pro Ana y Pro Mía son los nombres que le dieron para hablar libremente, y así evitar que los sitios fueran cancelados. Había miles de chicas a las que les pasaba lo mismo.

Por eso abrí una página Pro Ana, una página que llamé Me como a mí. Las creencias básicas de esa pá­gina que escribí son (porque siguen siendo, aunque ahora están en mi computadora y ya no en la Red): que cada uno puede hacer de su vida lo que desee, siempre y cuando no moleste a otros (y esa molestia sea justificada) y mientras no atente contra su propia vida. Me como a mí fue la primera página Pro Ana en castellano. Fue un éxito. Me escribían cientos de chicas para agradecerme el haber creado Me como a mí. Con mis lectoras hacíamos competencias todas las semanas para ver quién había adelgazado más. Me volví obsesiva, contaba las calorías y había días en los que sólo ingería un sobrecito de sacarina. Una persona necesita cada día alrededor de 1.200 calorías para sobrevivir, y yo como máximo ingería 300. Era una locura, y hoy me doy cuenta de lo que fui, de lo que hice, de lo que me hice. Cuando estás así te vuelves loca... No puedes estudiar, no puedes pensar. Mi analista no tuvo tiempo de nada porque ya estaba muy mal y traté de suicidarme.

Quiero contaros cómo me recuperé. No voy a mentir. Es bastante difícil, la recuperación absoluta en este tipo de desórdenes no existe, sobre todo cuando se llega a un punto tan profundo. Además, el tema de la dieta es constante en los medios. Te lo recuerdan cada día, cada minuto. No creo que esté del todo recuperada, aunque así lo sienta muchas veces. Sé que siempre vuelves a caer, quizá no como en algún momento caí, pero...

Mi psicólogo fue una pieza fundamental para que hoy me sienta como me siento. Hago psicoanálisis desde hace unos cuatro años, pero empecé a darle bola hace dos... Lo aconsejo a todo el mundo. Después de mi intento de suicidio estuve internada durante tres meses, y mi psicoanalista estuvo conmigo, siempre ayudándome, siempre escuchándome.

Abzurdah, el libro en donde cuento esto con todo detalle, también fue de gran ayuda. Escribirlo fue como un proceso de rehabilitación. En América, donde ya lo han leído, los jóvenes se sienten identificados con mi historia, no sólo en lo que respecta a la anorexia, sino también en otros sentidos. Muchas españolas me escriben e-mails preguntando cuándo me podrán leer. Ahora podrán. Abzurdah es un diario íntimo donde cuento lo que antes no podía expresar a nadie porque me sentía sola. Muy sola, aunque no lo estuviera. Me encerraba en mí misma y me lastimaba. Lastimaba a mi papá, que sufrió mucho. Y ver a la familia sufriendo por mi culpa también me hizo abrir los ojos.

Por eso creo que salir de ahí ha de ser porque tú lo decides. Por mucho que te lo digan mil veces, oírlo no te hace nada, porque te pones una barrera y no te importa lo que te digan. Salir de ahí tiene que ser una determinación tuya. Para terminar con esto, para ser libre, yo abro una página y en esa página digo: '¡Esto no lo soy más! Ahora soy otra persona... esto no quiero ser".

Pero no todo termina ahí, es un proceso largo, difícil. Después de retomar el hábito de comer, empecé a autoflagelarme. Siempre estaba acompañada por alguien, mi hermana, mi madre. Me tenían controlada, me obligaban a comer. Cada vez que me encontraba un minuto sola me cortaba los brazos. Me daba placer ver correr la sangre. Pensaba que era una manera de dejar salir todo el dolor que me invadía. Alejo no estaba conmigo, y me habían obligado a dejar a Ana. Me cortaba con lo que encontraba. Pero eso duró sólo un tiempo.

El psicoanálisis fue lo que realmente me ayudó a cambiar mi forma de pensar, a darme cuenta de que Ana no es un estilo de vida, sino una enfermedad que, una vez que la padeces y aunque los médicos te digan que estás recuperada, siempre va a haber un momento en el que te va a querer atacar, y yo estoy preparada para enfrentarla y no voy a permitir que vuelva a invadirme. Por eso siempre digo a las chicas que hablen, que pidan ayuda, que no se guarden lo que les pasa. Lo mejor para alejarse de Ana es la palabra, el psicoanálisis. Hoy estoy muy agradecida a Néstor (mi psicoanalista), que siempre me acompañó. Aunque en algún momento fui muy rebelde y no quise hablarle, él siempre fue muy paciente. Puedo decir que es un gran amigo al que quiero tener siempre ayudándome, porque me conoce, sabe cómo pienso y está atento a todo lo que hago.

el cliché dice que en la vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. No sé en qué orden. Supongo que hay que empezar plantando un árbol. Y para no ser menos absurda, plantar es lo último que voy a hacer en mi vida. Porque el libro fue lo primero y el hijo es lo segundo, es ahora. Así que seguiré mi relato de cuán feliz estoy y cuán poco me importa cualquier otro ser viviente que no sea el ser que vive dentro de mí.

Cuando me enamoré del papá del bebé, pensé que no se podía llegar a un estado superior de encantamiento. Que como Aurora en La bella durmiente, me tenía sedada de amor y placer para siempre. Me equivoqué, y ahora sé que se podía ser más feliz. Y ahora lo sé porque vivo con el hombre que más me ama en todos los planetas y voy a dar a luz a su hijo. La boluda de Aurora no tuvo hijos con el príncipe. Se podía ser más feliz que Aurora, pero me tocó saberlo en mayo de este año, cuando me dijeron: "Es positivo, estás embarazada".

En verdad, el relato es más gracioso que eso, es incluso más gracioso que el del perro que me persiguió por el colegio hace exactamente 10 años. De cualquier manera, mi relato del perro asesino que rompe uniformes escolares ahora mutó en "escuchen cómo me enteré de mi embarazo, por favor, se mueren". Y la gente se ríe mucho más. Porque el resultado no es un uniforme roto, ni una marca para siempre en el culo (dientes de perro, malpensados). El resultado ahora es el amor de mi vida. El verdadero amor de mi vida, acá adentro, conmigo, acompañándome todos los días mientras me lavo los dientes, mientras escribo, mientras duermo, mientras desayuno, mientras me baño. Hasta diciembre, cuando lo tenga en mis brazos y compruebe que, efectivamente, es el amor de mi vida. Ahora sólo lo sé por lo que siento. Pataditas chiquitas que dicen: "Mami, acá estoy".

Pero el relato gracioso y los detalles los reservo todavía. Me falta plantar un árbol, y va a tener que ser gracioso para poder compararse con la anécdota de cuando tuve un hijo o escribí un libro. Ya sé que voy a destiempo con el mundo, y déjenme decirles que ir a destiempo con el mundo tiene su encanto. De verdad, nunca creí que fuera a escribir esto, pero ahora lo escribo: ¡soy feliz! Me enamoré, sufrí, padecí enfermedades, viajé por el mundo, escribí un libro, me conecté gracias a él con miles de personas de muchos países, me enamoré de nuevo, como nunca en mi vida, y después de vomitar todos los días durante toda una semana (¡esta vez no era a propósito!), mi amor me llevó al hospital con una sonrisa esperanzada. Y ahora voy a ser mamá.

Lo oculté durante cinco meses porque me parece demasiado íntimo. Pero también creo que no puedo aparecer por sorpresa con un ser de 40 centímetros algún día en la presentación de mi próximo libro. Porque ahora llevo tiempo en esta tarea, desde hace un año, y espero terminarla antes de ser madre. Ésta es mi mejor versión, la más feliz, la más completa.

Cielo Latini es autora del diario íntimo 'Abzurdah' (Ediciones Ámbar), que ahora se publica en España.

La argentina Cielo Latini

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