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viernes, 19 de octubre de 2007
Entrevista:

Cinco años sin Michelle

VICENTE MOLINA FOIX 19 OCT 2007

La cosa más inesperada sobre la belleza salió de la boca de Michelle Pfeiffer a principios de octubre. La estrella norteamericana estaba en Londres promocionando su nueva película, Stardust, y la noche de un miércoles pisó la alfombra roja de uno de los grandes cines de Leicester Square con el esplendor de una mujer madura que ha estado en manos de los doctores de la ley estética y ha salido bien parada. A la mañana siguiente, sin signos de cansancio en los ojos, la actriz daba en una reducida conferencia de prensa su respuesta a la pregunta de qué es para ella la belleza. "Confianza". ¿Confianza? "Una confianza en uno mismo, una cierta pereza". ¿No es eso decir demasiado poco para quien fue elegida muchos años seguidos una de las 50 personas más bellas del mundo? Claro que, en la película que acabábamos de ver, la bella aparece bestial, arrugada, calva. Hecha una bruja.

-Sí, es mi segundo papel de bruja, después del que hice hace ahora exactamente 20 años en Las brujas de Eastwick. Lo curioso es que en Stardust, como entonces, soy una de las tres brujas que intervienen en el argumento, aunque aquéllas eran distintas, mucho menos oscuras. Mientras rodaba Stardust pensé que si hago un tercer papel de bruja, quizá me salgan pezuñas de demonio.

Tiene razón Michelle Pfeiffer. En aquella comedia realizada por el australiano George Miller (el director principal de la saga Mad Max), ella hacía de un ama de casa que, a la vez que otras dos burguesas divorciadas de una ciudad campestre de Nueva Inglaterra, se enamoraba del diablo, interpretado -en un papel que le sale bordado- por Jack Nicholson. Las brujas de Eastwick era una película algo estropeada en su parte final por el abandono del tono de comedia levemente fantástica (el guión se basaba en la ligerísima novela homónima de John Updike), para caer en una exagerada truculencia en la que Nicholson, indeciso entre sus tres pretendientes -Pfeiffer, Susan Sarandon y Cher (nada menos)-, resolvía el dilema con su habitual batería de risotadas y susurros diabólicos. En Stardust, por el contrario, la Pfeiffer encarna a Lamia, una anciana hechicera tan chillona y cruel como sus hermanas Mormo y Empusa; juntas las tres, sus aquelarres no resultan menos lúgubres y ominosos que los de las brujas de Macbeth. Sin embargo, ahora estoy hablando tête-à-tête en una suite del hotel Claridge's de Londres con la hermosa mujer confiada. Pequeña de estatura, informalmente vestida de grises y negros ("me gusta mucho Armani, pero esto no es suyo"), con un luminoso y largo pelo rubio, Michelle Pfeiffer tiene unos muy bien llevados 49 o 50 años: las biografías, incluida la oficial, discrepan sobre su nacimiento en abril de 1957 o 1958, y no me atreví a pedirle una aclaración. Esa confianza o seguridad ("confidence" fue su palabra) que había dado como clave de la belleza estaba referida, amplió después, a las maneras en que uno anda y se viste y trata a los demás, y en ese sentido resultaba fácil comprenderla, puesto que sus movimientos a lo largo de la entrevista fueron naturales; su sonrisa, fresca; su presencia, cordial; sus gestos, espontáneos; sus respuestas, nunca fatuas. Y en la pantalla sigue siendo, aun en papeles menores, la magnífica actriz de Las amistades peligrosas o La edad de la inocencia. En cuanto a la pereza o dejadez (laziness) de la bella... También lo podía yo entender por otros aspectos del modo de presentarse la estrella a nuestro encuentro: apenas maquillada, sin tacones, suelta y hasta un poco en desorden su cabellera. Ahora bien, Michelle Pfeiffer no se pudo mostrar corporalmente perezosa durante el rodaje de Stardust.

-Hacer la película fue refrescante, por lo que tenía para mí de exploración de un territorio nuevo, dejándome llevar de mis instintos y también de la mano de Matthew [el director y coguionista de la película, Matthew Vaughn, marido de otra guapa célebre, Claudia Schiffer], que me guió muy bien por esa arriesgada y en mi caso desconocida realidad fantástica. Pero el maquillaje.. ¡era horrible! Seis horas diarias; nunca llegas a acostumbrarte a tener todo el rostro recauchutado hasta el cuello. No podía ni comer, porque existía el peligro de que si tomaba algo duro, la capa de caucho alrededor de la boca se agrietara; eso significaba dos horas más con el maquillador... Así que yo misma me cortaba la comida en trocitos pequeñísimos, que comía con palillos. ¡Completamente brutal!

La actriz, en una de sus últimas actuaciones, 'Hairspray'

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