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viernes, 27 de octubre de 2006
Entrevista:TONY JUDT | Historiador

"La complicidad entre Europa y Estados Unidos ha sido temporal"

"Para entender la radical diferencia entre lo que significó el siglo XX para Europa y Estados Unidos voy a contarle una experiencia personal. Cuando hablábamos con mi primera mujer, una americana, de nuestras respectivas infancias, los recuerdos que teníamos de la guerra fría eran muy diferentes. Yo le explicaba que nunca tuve conciencia de vivir una situación anómala, y que más bien fue un tiempo de bonanza económica y de paz. Ella me contaba que todas las semanas, en el colegio, cerraban las persianas y obligaban a los niños a meterse debajo de los pupitres como un ensayo de lo que debían hacer frente a un ataque enemigo con la bomba atómica".

Tony Judt (Londres, 1948) ha venido a Madrid a pesar de padecer una incómoda hernia que lo obliga a conversar con los periodistas de pie, dando vueltas en su habitación de un céntrico hotel. Ayer pronunció una conferencia, titulada Europa: una historia imposible, en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, y acaba de publicar Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Taurus).

"Lo llamativo es que con el comunismo surge un imperio cuyo centro está más retrasado que los países europeos de su periferia"

"La OTAN fue una idea británica. Las tropas americanas hubieran preferido volver a casa, como ocurrió al terminar la I Guerra Mundial"

"No es accidental que la gente del antiguo KGB sea la que gobierne ahora en Rusia y que sigan explotando su riqueza en petróleo y gas"

En las más de mil páginas de su asombroso libro, Judt reconstruye los últimos 60 años de la historia de Europa y, como confiesa, lo hace de una manera apasionada. Se trata de "una interpretación claramente personal", escribe en el prólogo. Los grandes acontecimientos políticos se mezclan con los minúsculos cambios sociales, la arrolladora presencia de los líderes más relevantes coincide con las pequeñas maniobras de funcionarios que han permanecido en la sombra, hay lugar para los procesos judiciales, los tratados económicos, los cambios en las modas, la irrupción de The Beatles o la algarada del punk.

"Para Europa, el siglo XX fue un siglo lleno de catástrofes: muerte, ocupación, guerras civiles, genocidios, limpiezas étnicas", explica Tony Judt. "Para Estados Unidos, es la historia de un éxito, de la expresión de su poderío económico, de la conquista de la seguridad en sí misma como gran potencia".

Formado en Cambridge y en la École Normale Supérieure de París, Judt ha sido profesor en Cambridge, Oxford, Berkeley y actualmente enseña Estudios Europeos en la Universidad de Nueva York y dirige el Instituto Remarque, que se ocupa de analizar cuanto ocurre en Europa. Su familiaridad con cuanto ha ocurrido en este continente lo ha convertido en una de las voces más lúcidas para analizar el presente y sus dardos críticos (colabora habitualmente en The New York Times, entre otras publicaciones) desinflan con frecuencia los vacuos discursos de quienes se han sumado a la cruzada de Bush contra el nuevo enemigo, el "islamo-fascismo". En 2003 fue muy criticado por sugerir que Israel debía convertirse en un Estado binacional en el que convivieran israelíes y palestinos. Su libro muestra a un historiador que lidia directamente con los hechos, liberado de toda retórica ideológica y consciente, él mismo cuenta el proceso en Postguerra, del derrumbamiento de los grandes discursos que marcaron el siglo XX.

¿Qué ocurre con la Europa devastada que surge de la Segunda Guerra Mundial? "El triunfo del comunismo en la zona oriental tiene raíces más antiguas. Se impone en países, si exceptuamos Checoslovaquia, que habían tenido regímenes autoritarios. Los intelectuales del Este, además, vieron con buenos ojos la llegada del comunismo, tenían muchas expectativas de que pudiera surgir algo nuevo. Y así se produjo una transformación deliberada de la sociedad siguiendo el modelo ruso. Lo más llamativo es que surge un imperio cuyo centro está más retrasado que los países europeos de su periferia. Con el tiempo se produce un profundo desencanto, se impone la opresión y aquellos países se encuentran humillados por ese imperio asiático lejano y diferente. Más adelante quedará un poso de resentimiento: hacia Rusia, por no haber estado a la altura de las expectativas, y hacia Occidente, por haber olvidado a la Europa del Este".

Mientras tanto, la zona occidental se abre hacia Estados Unidos. "La OTAN fue una idea británica. Las tropas de Estados Unidos hubieran preferido volver a casa, como ocurrió al terminar la I Guerra Mundial, porque quedarse resultaba caro e impopular. Luego vino la inyección económica del plan Marshall, que fue muy importante para superar la crisis en 1947, pero que no tuvo efectos a largo plazo. La vinculación más íntima se produjo gracias a la retórica propia de la guerra fría y quedaron unidos bajo una abstracción llamada Occidente. En los años noventa, cuando ya ha caído el muro, se observa cómo Estados Unidos y la Europa occidental vuelven a separarse. La complicidad ha sido temporal, fue sólo un paréntesis que permitió a Europa crecer y crear estructuras supranacionales, volverse sobre sí misma con la descolonización y recuperarse de las ruinas de la guerra".

Tony Judt ha dividido Postguerra en cuatro grandes bloques. El primero de ellos (que va de 1945 a 1953) da cuenta del fin de la vieja Europa, de la división que desencadenó el conflicto, de la guerra fría. El segundo trata del "malestar de la prosperidad" y refleja la opulencia progresiva que conquista la Europa occidental y de las ilusiones que quedan definitivamente destruidas en el Este (Hungría, 1956; el muro de Berlín, 1961; Checoslovaquia, 1968): "Cuando se pierde allí el entusiasmo por el comunismo, surge la ilusión de que el sistema pueda transformarse desde dentro. Más adelante se comprueba que no hay reforma posible si ésta amenaza el monopolio del partido", dice Judt. La tercera parte (1971-1989) reconstruye la desalentadora década de los setenta, con la subida del petróleo y la emergencia de las violencias terroristas, el fin de las dictaduras de España, Portugal y Grecia, el posterior auge del neoliberalismo y el rapidísimo y pacífico cambio que acaba con la Unión Soviética y sus satélites. La última parte se ocupa de la nueva Europa que surge entre 1989 y 2006, y cierra el libro con un epílogo -Desde la casa de los muertos- donde reflexiona sobre Europa y su memoria.

¿Cómo resumiría los últimos años que acabaron con el comunismo y qué opina de la Rusia actual, que recupera viejos hábitos autoritarios? "La generación que actúa en los años setenta considera que no tiene ya sentido la oposición entre capitalismo y comunismo, que la disyuntiva real es entre el socialismo que padecen y Europa. Esto les ha permitido elaborar una estrategia para salir del comunismo, pero para muchos ha representado una gran decepción. De ahí la división actual en los países de la Europa oriental entre europeístas y antieuropeístas. En cuanto a Rusia, el fin de la Unión Soviética fue también el fin del imperio, y muchos lo añoran aún. No es accidental que la gente del antiguo KGB sea la que gobierne ahora y tampoco es casual que sigan explotando el mismo recurso, su riqueza en bienes primarios como el petróleo y el gas".

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