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domingo, 16 de mayo de 2004
Reportaje:EL PAÍS | Novela negra

'Adiós, muñeca', de Raymond Chandler

EL PAÍS presenta mañana, lunes, por 1 euro, una de las mejores novelas del creador de Philip Marlowe

El de Raymond Chandler es un caso de depuración estilística a partir de un archivo de tentativas previas y un caso de creciente ambición expresiva en el molde de un género de quiosco. Casi todas sus novelas se construyen a partir de los numerosos relatos que había ido escribiendo en los años previos, la década de los treinta. Ese "autocanibalismo" explica el característico quiebro argumental que se observa por ejemplo en El sueño eterno, en El largo adiós, y también en Adiós, muñeca: el relato empieza con la investigación de un caso criminal, que al cabo de unas cuantas páginas queda interrumpido, en suspenso o sin solución aparente, dando paso a un segundo caso criminal, vagamente relacionado con el primero. Finalmente, ambos convergen y se resuelven, y el detective, vapuleado pero triunfal, puede volver a su polvoriento despacho a intoxicarse a gusto con cigarrillos Camel y una botella de whisky.

"Casi cada línea contiene un juego de palabras brillante, una observación mordaz..."

Quizá sea esa estructura de doble trama, en principio desconcertante o frustrante ("¿por qué demonios empieza otra historia, con lo interesante que era ésta?"), lo que le da al mundo narrativo de Chandler una densidad especial, una cualidad en el tratamiento del tiempo narrativo, de demora en el suspense, y a su detective, el escéptico e incorruptible Philip Marlowe, naturalidad o verosimilitud en el deslizamiento por los diferentes estratos sociales, de las mansiones a los barrios bajos, procedimiento que alcanza su apoteosis en El largo adiós. En cuanto a ese brillante castillo de fuegos artificiales que es Adiós, muñeca, comienza como la persecución de un criminal de poca monta, ex presidiario y asesino casual en el barrio negro de Los Ángeles, que anda loco en busca de Velma, la cabaretera pelirroja, y continúa con un caso de robo de joyas a una rubia de cliché, la rubia y descocada señora del multimillonario Lewin Lockridge. Al cabo de seis muertes violentas, comprueba el lector con satisfacción que ambas tramas encajan, los dos casos son uno solo, y Marlowe se merece el regreso a su pulguera con la agridulce satisfacción del deber cumplido.

Chandler (1888-1959) era contemporáneo de Scott Fitzgerald (1896-1940), de William Faulkner (1897-1962) y de John dos Passos (1896-1970). Aunque nació en Estados Unidos, pasó su primera juventud en Inglaterra, donde estudió a fondo los clásicos griegos y latinos y la prosa de Henry James, y ya de jovencito tenía pujos de literato, pero la vida le condujo por otros derroteros: fue un alto ejecutivo de una empresa petrolera en Los Ángeles, y sólo después de que le despidieran por conducta errática inducida por su alcoholismo, bien entrado ya en los 40 años, se decidió a ponerse en el dique seco y probar suerte con la máquina de escribir.

Después de infructuosos intentos de colaborar con las revistas de papel cuché, donde aquellos grandes contemporáneos publicaban sus relatos, Chandler vio un camino abierto en la segunda división de la literatura: las revistas pulp, así llamadas porque el papel era de pulpa de madera, barato y de baja calidad, y que publicaban relatos centrados en el mundo del hampa, muy popular y floreciente de costa a costa de Estados Unidos a partir de la prohibición de consumo de alcohol y la asombrosa incompetencia del jefe eterno del FBI, Edgar Hoover. Chandler se fijó en el estilo sobrio y lacónico del maestro Dashiell Hammett, lo emuló y humanizó, y se convirtió rápidamente en el mascarón de proa de la mejor de aquellas revistas, llamada Black mask (Máscara Negra). Al cabo de siete años publicó la primera de sus siete novelas, El sueño eterno, con gran éxito.

Desde el principio, Raymond Chandler respetó y encomió la ficción policiaca como una forma apropiada para comentar los tiempos que le tocó vivir, pero intentó escurrirse de sus convenciones sensacionalistas y volcar en él las ambiciones literarias que acunaba desde joven. Lo consiguió, y por eso ha tenido tantos imitadores que tristemente inventan detectives solitarios, despectivos y sentimentales, cínicos y honestos, que son a Marlowe lo que el Golem al rabino, y por lo mismo está considerado como uno de los mejores, si no el mejor, de los escritores de género negro de todos los tiempos.

Adiós, muñeca, su segunda novela, es un exponente de sus mejores habilidades y logros, hasta rozar los límites de la parodia del género y de la autoparodia: desde la aparición en la primera página de Iniciativas Malloy, un gigante de raza blanca vestido de domingo, que en el barrio negro "pasaba tan desapercibido como una tarántula en un plato de nata", casi cada línea contiene un juego de palabras brillante, un chiste, una observación mordaz o un juicio cáustico, cada descripción un juego de metáforas certeras, cada diálogo es ingenioso y cada personaje está dibujado en forma breve, irónica y certera, y todos beben enormes cantidades de whisky.

MANUEL ESTRADA

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