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sábado, 9 de febrero de 2002

Se expone en Moscú el último arte español por los 25 años de relaciones

Las obras de Muñoz, Barceló o Sicilia recrean la variedad de las propuestas de 1977 a 2002

El príncipe Felipe inauguró ayer en la sala de exposiciones Manege, de Moscú, la muestra Arte en España 1977-2002, con obras de la Colección Arte Contemporáneo del Patio Herreriano, Museo de Arte Contemporáneo Español de Valladolid. La exposición, organizada por la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior (Seacex), celebra el 25º aniversario del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Rusia y España. Y revela que en el último cuarto de siglo la variedad es el signo que define los caminos que han transitado los artistas españoles.

La sala de exposiciones Manege fue construida por un ingeniero español, Agustín de Betancourt, en 1817. El inmenso edificio sirvió inicialmente para desfiles, luego fue picadero de la familia real y ahora se utiliza para ferias. La exposición está localizada en unas pequeñas salas. Fuera, la presencia de las grandes glorias del comunismo convive con los reclamos publicitarios y los neones de una sociedad capitalista. El Kremlin está muy cerca, así que el arte español ha aterrizado en pleno centro de la ciudad.

El concepto de frío total que corresponde a la capital rusa no está en este momento en su punto más álgido. Así que se puede ir a la exposición dando un paseo sin tiritar, saludar a la estatua de Karl Marx, dejarse marear por los anuncios que despide una pantalla gigante en una esquina de la plaza Manezhayana y luego, en esa misma plaza, entrar en la sala Manege para ser sacudido por los cortocircuitos que desencadenan unas obras muy diversas unas de otras y que revelan, sin sombra alguna, la pujanza del arte español más reciente.

Dos grandes bloques marcan el recorrido de una exposición que ha tenido por fuerza que ser muy selectiva. Dos obras que sintetizan las inquietudes del arte español de finales de los setenta sirven de preámbulo a una muestra vertebrada en torno al entusiasmo creativo de los ochenta y al híbrido de géneros que cultivan los artistas en los noventa, como explica María Jesús Abad, directora de la Colección de Arte Contemporáneo del Patio Herreriano y comisaria de la exposición.

Luis Gordillo y Carlos Alcolea reciben al visitante. Sus piezas, Salta-ojos (conejitos) (1980) y Borrachos 2 (1979-1980), respectivamente, dan cuenta de aquel periodo en el que muchos regresaron a la figuración, a través de una interpretación heterodoxa del pop, tras años de radicalismos marcados por el auge de lo conceptual.

Colores y paisajes

Basta distanciarse un poco de las piezas que se muestran para reconocer los distintos caudales que las alimentaban. En primer término y sobre el suelo, Bucle abierto (1988), una de las peculiares propuestas de Eva Lootz. Muy cerca, las masas de colores variados sobre una anécdota figurativa casi inexistente de José Manuel Broto (El mirador, de 1980) y Alfonso Albacete (En el jardín: pérgola y fuente, de 1980). Muy próximo, uno de esos paisajes cargados de referencias decimonónicas que pintó durante una temporada Miguel Ángel Campano (Nautilus, de 1980).

Euforia, entusiasmo, alegría, fueron algunas de las palabras que utilizó María Jesús Abad para recuperar el clima de una época en la que Miquel Barceló se proyectaba al mundo con su particular lectura del expresionismo alemán de aquellos años con obras como Pintor damunt el cuadre (1982); o en la que José María Sicilia volcaba toda la intensidad de la materia cromática en esas 'formas de lejana inspiración suprematista' de un cuadro como Black power (1986), tal como escribe Simón Marchán Fiz en el catálogo de la muestra.

Pero fueron tiempos aquellos en los que también tuvieron cabida las formas líricas de Adolfo Schlosser (Sin título, de 1986); los guiños que Navarro Baldeweg hizo a Picasso o Matisse (en Sin título, de 2000, pero inmersa en las marejadas de los ochenta); la ironía provocadora de Ferrán García Sevilla (Tata 9, de 1984), o las esculturas sobrias y contundentes de Txomin Badiola (Sin título, de 1988) y Miquel Navarro (Alta torre, de 1986).

Susana Solano, con su Serie la lluna número 4 (1985), y Rogelio López Cuenca, con su Dans ce condition... (1992), sirven en la muestra para pasar de la explosión creativa de los ochenta al arte de nuestros días, que se caracteriza, según la comisaria de la exposición, por una radical libertad a la hora de tratar los géneros, y donde es habitual que los artistas mezclen las maneras y los materiales propios de la pintura, la fotografía y la escultura.

Desarrollos refinados, mucha ironía a propósito del papel del artista, exploraciones más sutiles donde se pretende que 'menos sea más': así lo iba explicando María Jesús Abad.

Un cuadro negro cargado de esquirlas blancas diminutas (Little bang, de 1993), de Jorge Barbi, o la sucesión de rectángulos despojados a la manera del minimal, como en el caso de Cuerpo diamantino (1998), de Fernando Sinaga, o las líneas escuetas de las esculturas de Jaume Plensa, Bosch-10 (1995) y Broodthaers-12 (1995), o la elegancia distante y etérea de una pieza como Narciso (1998), de José Baldeón. Pero los noventa desencadenaron también miradas traviesas sobre la tradición, humor, la mezcla de diferentes materiales en una misma pieza. Así, por ejemplo, en Coure i mirall I-Coure i mirall II (1989), de Perejaume (bajo la influencia de la obra de Brossa), o en Leyenda imperial (1998), de Carmen Calvo.

Marasmo

Nuevos derroteros en épocas de marasmo. Los artistas no sólo mezclan los procedimientos más variados, sino que proponen nuevas miradas a la tradición y procuran dar respuestas diferentes al oficio del artista. 'Se trata de pinturas que ya no son estrictamente pinturas, pero que abren nuevos caminos a la pintura'. Así lo expresó María Jesús Abad al comentar A negative view-observador distante (horizonte) (2000), de Darío Urzay, en el que no es fácil distinguir dónde empiezan y acaban la pintura y la fotografía. Algo que también ocurre en la obra de Juan Ugalde, La estrella roja (1995).

Sólo 25 obras para un largo cuarto de siglo. Todas, sin embargo, muy elocuentes. En el sentido de resumir trayectorias que acaso sean inclasificables, que escapan todavía a un marco definitivo que las agote.

Obras vivas, como cualquiera de las que hizo Juan Muñoz. Esa misma que ha venido a Moscú, Pieza escuchando la pared (1998), y que, apoyada en una de las paredes de la sala de exposiciones Manege, parece seguir atenta los murmullos de esa Rusia sometida a bruscas tensiones y que tantea, paso a paso, su marcha hacia un mundo radicalmente distinto.

El príncipe Felipe, ante un cuadro de Darío Urzay. Abajo, Pieza escuchando la pared, de Juan Muñoz. / ASSOCIATED PRESS

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