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domingo, 17 de octubre de 1999
Reportaje:INFANCIA

John, el último niño salvaje del siglo

Un adolescente de Uganda revive para la BBC su vida con monos tras huir de su casa con 5 años

Aceptado por los científicos como la prueba viviente de que el hombre y ciertas familias de primates pueden llegar a convivir, John Ssabunnya, un tímido adolescente de Uganda que huyó a la jungla hace diez años, cuando tenía cinco, tras el asesinato de su madre, ha protagonizado un documental de la BBC sobre su extraordinaria aventura titulado La prueba viviente: el niño que vivió con los monos. El relato de su relación con un grupo de simios vervet y su vida actual, adoptado por los directores del orfanato donde fue recogido y de gira por el Reino Unido con un coro musical, ha asombrado y conmovido por igual a los británicos. He aquí la historia del último niño salvaje del siglo, elaborada a partir del citado reportaje televisivo.

Nadie recuerda con claridad los hechos en Kabonge, una pequeña aldea ugandesa situada a unos 30 kilómetros al norte de la capital, Kampala. La verdad es que han pasado diez años desde que John Ssabunnya, uno de los vecinos, asesinara a su mujer en una riña conyugal y huyera dejando atrás un huérfano de cinco años, el pequeño John. Pero el tiempo transcurrido no explica por sí solo la nebulosa que envuelve el parricidio y posterior desaparición del chico, que sufre un cierto retraso mental. Otro suceso mucho más acuciante, la guerra civil que asoló Uganda durante los años ochenta, había distorsionado antes la realidad de los 200 habitantes del poblado.Obligados a vivir en permanente estado de vigilia por culpa de los choques entre militares y guerrilla, la tragedia íntima de los Ssabunnya pasó a convertirse enseguida en un asunto policial. Cuando se dieron cuenta de que Johnny había desaparecido, ya no fue posible hallar su rastro. Poco podía imaginar la gente que el niño, horrorizado por el crimen, había huido a la jungla. A fin de cuentas, ése era el refugio buscado por el pueblo entero para evitar las masacres del conflicto civil. Todo el mundo se había escondido allí en algún momento, pero con una diferencia: una vez pasado el peligro regresaban con cautela a sus hogares. La desaparición del pequeño tendría, sin embargo, consecuencias inesperadas.

Perdido en la espesura, asustado y hambriento, estaba a punto de protagonizar un encuentro que los psicólogos y expertos en comportamiento animal más reputados del mundo hubieran deseado poder contemplar con todas sus fuerzas. El chico iba a ser admitido como uno más por una familia de monos vervet, uno de los pocos grupos de primates que viven entre el suelo y los árboles y cuya dieta, a base de jugosa fruta, les permite subsistir sin beber apenas agua. Ajeno al revuelo que su singular encuentro levantaría meses después, cuando fue rescatado, John recreó de forma espontánea dos de los mitos más sugestivos de la literatura universal.

Por un momento fue Mowgli, el niño salvaje que vive a gusto en la jungla india descrita por Rudyard Kipling. Emular a Tarzán, el otro personaje selvático legendario, salido de la pluma de Edgard Rice Burroughs, le fue imposible. Johnny regresó a la civilización en plena infancia y de la mano de Mammy Sebba, una vecina.

"Había oído hablar de monos capaces de engendrar seres que parecían personas, pero nunca creí semejantes historias. Cuando reparé en John no daba crédito a mis ojos. Hasta miré a ver si tenía cola, la verdad".

Mammy recordaba todavía la historia de los Ssabunnya cuando una mañana chocó casi con el niño perdido. Había ido con otras mujeres a buscar leña a un claro de la selva próximo a Kabonge. Un grupo de monos vervet, que se comen las cosechas al menor descuido y hasta entran en la aldea a robar comida, no dejaba de molestarles. Mammy cogió un palo del suelo y los ahuyentó a bandazos. Acostumbrados a los hombres, los monos se resistían a marcharse.

"De repente vi que trataban de proteger a uno del grupo. Me acerqué y le di con el palo. Cuando cayó al suelo no podía creerlo. Era un niño y estaba sucio, lleno de heridas y costras y con el cabello y las uñas muy largas". Aturdida, Mammy le llevó de vuelta al poblado. Sin poder hablar, gateando y seguramente más confuso que nunca, John salió de la selva para siempre sin pompa alguna.

Ahora que está a punto de cumplir 15 años cree que convivió con los monos alrededor de un año. Nadie puede saber cuánto tiempo estuvo allí dentro, pero su aventura tiene un valor inmenso para los estudiosos que le han conocido. Como ya sabía hablar antes de perderse en la selva, es el único niño salvaje de la historia capaz de contar lo sucedido a su manera.

"Mis padres se peleaban constantemente y él la mató. Por eso me fui a la jungla. Creí que papá me pegaría o me mataría luego a mí. (John Ssabunnya padre acabaría suicidándose). En la selva estuve solo hasta que vi a los monos. Se me acercaron y me dieron bananas. Comí lo mismo que ellos, pero no había agua".

Intimidado por las visitas de los expertos y tal vez también por las cámaras de televisión, John habla despacio de su insólito pasado. Recuerda cosas propias de un niño de cinco años, la edad que tenía al perderse, como por ejemplo: "Al principio no podía correr como los monos, pero luego ya sí". O bien: "Jugábamos todo el tiempo", un pensamiento rotundo que ha ocupado el lugar del hambre, el frío o incluso el miedo que también sentía.

Entre sus asombrados interlocutores hay un hombre que le conoce ahora mejor que nadie. Es Paul Wassuna, su padre adoptivo y director del orfanato adonde fue llevado a su regreso de la selva.

"La primera vez que vi a John debía ser noviembre o tal vez diciembre. Era un crío delgado, lleno de heridas y con el pelo muy largo. Las uñas le habían crecido tanto que empezaban ya a encarnarse en los dedos. Yo también soy huérfano y pedí permiso a las autoridades locales para llevármele a casa".

El orfanato que dirigen Paul y su esposa, Molly, está en Masaka, a 160 kilómetros de Kabonge. De los casi 1.500 huérfanos que acogen por culpa del hambre, el sida y la guerra, un centenar tiene al matrimonio como tutores legales. A John, al que califican de "chico maravilloso", lo han adoptado y reside con ellos, y otros seis hijos propios. Ambos estaban con él cuando llegaron dos visitas inesperadas en busca del niño que, además de ser su nuevo retoño, puede ser la prueba viviente de que algunos primates aceptan la convivencia con el hombre.

Uno de los viajeros es Douglas Candland, psicólogo estadounidense de la Universidad de Buckneell (Pensilvania), que se ha hecho famoso por sus estudios sobre el comportamiento de los animales. La aventura de John era para él la culminación de toda una vida dedicada a analizar la mente humana y las reacciones del mundo animal. "Hay tantas historias falsas de niños salvajes... pero ésta parecía fiable. Tenía que averiguarlo". Una vez en Uganda se le unió Debbie Cox, directora de un centro especializado en devolver a su entorno a los primates sacados ilegalmente de la selva. Para estar seguros de que John había convivido con monos tenían que devolverle a ellos. Dicho reencuentro les demostraría si una persona puede ser aceptada por unos simios aficionados a llevarse comida de las aldeas.

La esperada cita entre el niño y los monos tal vez no fuera solemne, pero consiguió enmudecer a los dos expertos. John había señalado primero en un libro la familia exacta de primates, los vervet, con los que dice que estuvo. Una hazaña científica, si tenemos en cuenta que el mencionado volumen, mostrado por Douglas Candland, incluye imágenes de todos los simios imaginables.

"Dar con el tipo exacto de mono es difícil hasta para un investigador. Además, los vervet son los únicos que podían haberle tolerado. Pasan largos ratos en el suelo, comen mucha fruta y trepan a los árboles, desde luego. Pero a los cinco años un niño ya puede intentar algo así". Candland decía todo esto en voz baja, mientras Debbie Cox añadía que la fruta tiene suficiente agua como para sobrevivir. Antes de que pudieran continuar, la actitud de John hacia los monos les dejó boquiabiertos.

El chico se había acercado a una familia de vervet que estaba comiendo sentada en el suelo. Sin mirarles a los ojos, para que no creyeran que iba a atacarles, abría la mano, que estaba vacía. Luego se puso a jugar con ellos a algo parecido al pilla pilla de los niños en la escuela. Paul y Molly Wassuna sonreían y John parecía en su elemento. Junto a ellos, Candland y Cox creían haber despejado por fin sus dudas.

"Ha estado entre monos, seguro. No les mira de frente para evitar que se revuelvan contra él o huyan. En cuanto a la mano, les muestra que no tienen nada que temer. Son dos trucos que cuesta años de observación adquirir, y él lo ha hecho de forma espontánea. Supongo que lo único que no sabremos nunca es cuánto tiempo pasó en la selva", concluyeron los científicos, ganados por la sencillez de un muchacho tímido que suele contarle al resto del orfanato su aventura en la selva.

Cuando lo hace de noche y a la luz del fuego, cualquiera diría que ha leído las aventuras de los otros niños de junglas literarias. Pero no. John habla de la suya, que era auténtica.

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