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martes, 23 de septiembre de 1997
Tribuna:EL ABORTO, A DEBATE

Padre y muerte

Describe Rafael Gómez Pérez la mente fanática posmoderna como una pupila: cuanta más luz recibe, más se cierra. El aborto es, sin duda, una de esas cuestiones en la que los nuevos fanáticos menos luz están dispuestos a recibir.Es más fácil arrancar un hijo del útero de su madre que de su pensamiento. Hijo y madre son las palabras clave de una cuestión que si prescinde de ellas se encontrará enredada en una frívola madeja de eslóganes y naderías. La sustitución por las de mujer y embrión o preembrión nos colocan en un lugar de partida para este debate que extrae o elimina previamente cualquier componente de responsabilidad o de relación interpersonal.

No se trata de polemizar para anatematizar o criminalizar el aborto de ayer, sino de aportar un poco de luz a la mujer que pueda pensar en abortar mañana.

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La palabra madre conlleva indisolublemente unidas la de padre y la de hijo. En esta terna se entremezcla una mutua necesidad de existencia, y en ese escenario, Padre-Madre-Hijo, el aborto voluntario es una cuestión de tres. Los problemas de uno de los sujetos afectan a los otros dos y, por tanto, las posibles soluciones no pueden relegar ni soslayar a ninguno de ellos.Necesitamos encontrar soluciones para los tres, eso es actuar en nombre de la razón y del progreso. Es siempre más progreso el progreso de tres que el progreso de dos.Son tres sujetos, madre, padre e hijo, que no pueden entenderse de forma aislada; no contemplar esta realidad de forma completa nos conduce a la superficialidad o a la miopía, y el tema es demasiado serio y demasiado grave como para ser abordado de una de estas dos maneras. Existen dos términos que han logrado sustraerse del debate del aborto: padre y muerte. Dos conceptos imprescindibles y vinculados necesariamente a la palabra madre y a la palabra vida. Es verdad que todo resulta más fácil sin esas dos figuras. Si no hay padre, los problemas, la angustia, el dolor y la responsabilidad son sólo de "una". La decisión es también unipersonal y la palabra hijo tiene más difícil cabida o llega a aparecer como un postizo.

Sin "muerte" no hablaremos de vida aunque exista, aunque esté ahí, es mejor no hablar de ella o nos veremos obligados a apelar a la muerte. Es más políticamente correcto interrupción, eliminación o extracción, incluso aborto, todo menos muerte. Si lo que hay en el seno de la madre está vivo, y eso es una evidencia o una obviedad, cuando discurrimos sobre el aborto, discurrimos sobre la muerte. La muerte deja tras sí el vacío y la tristeza, y nadie puede creer y explicar que pueda haber aborto sin un epílogo de vacío y tristeza. La negación de algo, por firme, ruidosa o mayoritaria que sea, no condiciona su existencia. Ésta puede ser una forma cartesiana o pragmática de abordar el problema pero es una manera de prescindir indolentemente hasta de algo tan elemental como de abrir los ojos.

En la apuesta decidida por la no violencia, por la vida, ni la madre a la cárcel ni el padre al olvido, ni el hijo a la basura o a la fábrica de cosméticos.

En la apuesta por la vida, padre y madre deben ser ayudados, amparados, para que puedan proteger adecuadamente a su hijo en gestación. Para que accedan con dignidad y seguridad a ese mágico y fascinante momento de la maternidad o la paternidad. La posibilidad del aborto ante la angustia, la miseria, el oprobio o la imperfección física no puede ser tutelada desde una posición de responsabilidad y progreso.

El aborto no puede ser mostrado a nuestros hijos e hijas, a nuestros o nuestras jóvenes como una alternativa, como un acto susceptible de amparo o tutela. Nuestra obligación es explicar las cosas tal como son, dónde está la vida y dónde la muerte, y sólo en el marco de la vida podemos buscar, humana y dignamente, las alternativas o las soluciones.

Que en el futuro nadie pueda decir de nuestro Estado, de nuestras leyes o de nosotros mismos aquella máxima que Cherterton ponía a principios de siglo, en boca de un rico patrono, deseoso de aliviar la pesada carga que una nueva boca hambrienta pudiera representar para una modesta familia trabajadora, dirigiéndose en admonitoria frase a uno de sus asalariados: "No me pida usted, amigo mío, que me quede sin mi dinero, pero- le voy a hacer un favor, me quedaré sin sus hijos".

Julio Ariza Irigoyen es diputado del PP en el Parlament de Cataluña.

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