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domingo, 5 de diciembre de 1993

El premio como castigo

Miguel Delibes, atrincherado en su casa de Valladolid ras la obtención del Premio Cervantes, habla de la palabra, de la caza y de la decadencia de las cosas

Está Miguel Delibes casi atrincherado en su casa y mantiene ante los intrusos que nos metemos en ella una alerta inicial, una guardia protectora de casi imperceptibles cautelas. Mira de frente mientras se mueve con viveza, pero al menor descuido escora velozmente los ojos y los dispara de soslayo sobre el perfil del invasor, como si buscase qué busca sin que se aperciba de que le observa.Se protege de la invasión de su silencio que desencadenó el timbre del teléfono por donde hace cinco días le dijeron que era suyo el Premio Cervantes. Desde entonces ese timbre es un robot chillón y monocorde. En la mesita del tresillo blanco de la antesala de su despacho, junto a ese teléfono al que Delibes mira con temor y rencor, se acumula un enorme fajo azul de telegramas. Y las sacas de cartas aún no han tenido tiempo de salir de los buzones de Correos y convertir su casa en una papelería. "Esto aturde", dice el escritor. "No es un premio, sino un castigo".

Pero, pese al acoso, no ha perdido Delibes la mirada clara, líquida y sonriente, ni esa capacidad de la gente hospitalaria para desprender de los brazos movimientos protectores envolventes, como abrazos sin contacto físico. Son gestos pausados y anchos, que Delibes de repente rompe con un cortante movimiento de una mano puntiaguda que se adelanta y parece escaparse del brazo. Maneras de quien sabe estar solo, quiere que le vuele la imaginación, y no le dejan: "¿Medio siglo con la pluma en la mano? ¿Tanto? No, tiene que ser menos. Sólo 47 años. Pero ahora que lo pienso, no. Si se cuentan los primeros trabajos periodísticos, sí; medio siglo con la pluma en la mano. Suena más largo decir medio siglo que 50 años. Es mucho tiempo, pero desde dentro no lo parece".

El pudor del estilo

¿Se nota la diferencia entre escribir ahora y hace medio siglo? "Se nota poder hacerlo sin censura. Yo pasé muchos años escribiendo bajo vigilancia. Ahora, nadie me vigila, salvo este cerco que se me ha venido encima ahora, con la paliza del Cervantes". Ha dicho su queja riendo. Comienza a transmitir comodidad. Leerle también crea comodidad. ¿Ha cambiado la actitud de sus lectores en este medio siglo? "He percibido cambios en la cantidad, pero no en la calidad. Mi lector sigue siendo el mismo de siempre y creo que busca lo mismo de siempre. Mujeres y hombres de entre 20 y 40 años".

Los entendidos en números dicen que hay novelas suyas que superan con mucho el millón de ejemplares y que va a haber pronto más ceros que ponerles a la derecha. Eso aquí escasea y tal vez influye en la idea que Delibes tiene de la tarea social y moral que ejerce en su entorno. Se pone serio: "Antes, la censura franquista me obligaba a buscar una segunda lectura de mis libros. Y este esfuerzo de ocultamiento me obligó a usar la sugerencia y a desarrollar el sentido de lo indirecto y lo inexplícito". Se dice que el entrelineado puede dar riqueza a la escritura. "Sí, es doloroso reconocerlo", dice, "pero la censura puede conducir a ese enriquecimiento del estilo. Sin embargo, prefiero las formas de enriquecerlo en libertad".

Ignacio Aldecoa describió una vez la prosa de Delibes como "el pudor del estilo". "No conocía esa frase de Ignacio". Le aclaramos que no la escribió, sino que la dijo. Responde Delibes:

"Viniendo de Aldecoa, cuya prosa era un puñetazo de voluntad de estilo, hay que tomarlo en serio. Sí, creo que tiendo a esconder mi estilo. Ese sentido de lo indirecto, ese pudor, ahora que lo pienso, domina en Cinco horas con Mario. Tan es así que tuve que modificar la estructura del relato. Tal como era inicialmente -con Marlo vivo-, la censura lo habría degollado, así que recompuse la novela sin Mario: lo maté y me dedique a desvelar las interioridades de aquel cargante sujeto a través de su viuda ante su cadáver. Con esta inversión de estructura, la novela traspasó la censura y fue, en efecto, un ejercicio de estilo indirecto".

A Miguel Delibes le gustó oí a su paisana Lola Herrera decir sobre un escenario esta novela en su versión teatral. Le sugerimos que tal vez la belleza de su prosa aumenta cuando esa prosa es declamada, dicha; que tal vez hay en ese su pudoroso estilo una herencia oculta de la literatura oral; y que es esa sonoridad de su palabra lo que permite a ésta entrar con tanta facilidad en el cine y el teatro, en la literatura dicha.

Leer y decir

Delibes concentra su mirada y parece romper los últimos residuos del cerco autoprotector. Calla, enciende un cigarrillo, habla: "Es algo en lo que no había caído, y me ha sorprendido, porque no tengo deuda, al menos consciente, con la literatura oral castellana. Pero esto puede explicar esa tendencia a teatralizar y convertir en cine mis novelas y que alguna de esas películas, como Los santos inocentes, sea excelente. Lo que en ella se dice es lo que yo escribí. Y suena bien, o al menos no disuena. Suelo trabajar mucho los tipos y la armazón argumental, pero no habla reparado en esa peculiar sonoridad de los diálogos".

Le recordamos que Los santos inocentes tiene una de de las mejores bandas sonoras del cine español. Cuando se proyectó en Francia, la genta la oía tanto o más que la veía: su idioma es música. La música de una prosa transparente. Y sugerimos de nuevo: quizás esa transparencia de su palabra permite ver dentro de ella la paradoja de su identidad como escritor, más compleja de lo que parece: ¿cómo es posible que una forma literaria tan pudorosa encubra a veces tan terrible violencia soterrada?

"No hago más que expresar la violencia, que no es tan soterrada, de la sociedad española", dice Delibes. "Los santos inocentes es, en efecto, una novela de tremenda violencia, pero esta violencia procede de fuera, está ahí: es imaginada, pero no inventada. Es curioso, yo mismo me asusté cuando vi la escena del Señorito ahorcado en las imágenes de Mario Camus. Y me asusté más cuando el público aplaudió entusiasmado. La escena no añade nada a lo que yo había escrito, pero verla y oírla me perturbó. Puede ser que en la novela haya una carga de violencia superior a la que yo había imaginado".

Una vez alguien vio a Delibes en uno de sus paseos por la vieja Valladolid esconderse detrás del saledizo de una esquina para oír una querella callejera entre dos vendedores de mercadillo. ¿Buscaba el escritor esa música y esa violencia escondida de su prosa, que sale a flote cuando se dice más que cuando se lee? ¿Es que bajo el Delibes apacible hay un tormentoso Delibes subterráneo? Dice: "Es posible. Pero yo enfoco la violencia con piedad. No me gusta cargar las tintas contra la gente torcida y no dulcifico lo no torcido. Ese castellano sonoro que utilizo -el de aquí, y yo no le doy nada; es él quien me da a mí todo- es una lengua riquísima: de ahí que con ella se puedan contar apaciblemente historias duras. La serenidad de sus formas facilita la crispación de los contenidos formalizados por ella. Y no creo que esta violencia provenga de mí: yo la percibo y, tal como la percibo, la cuento".

Leer con diccionario

Hay palabras que Delibes usa que ahora apenas nadie dice y se ignora incluso su significado. Como ya les ocurre a muchos con Unamuno, ¿habrá que leer pronto sus libros con un diccionario al lado? "Lo que está ocurriendo con el castellano es grave y doloroso", dice. "Es trágico, pero cierto: multitud de españoles necesitarán pronto un diccionario para leer su idioma. La riqueza de nuestra lengua nos llegaba de las aldeas. Esto está cambiando, porque unas aldeas se extinguen y las que sobreviven rompen sus modos de vivir y por tanto de hablar. En un caso y otro la médula del castellano se debilita"."Cientos de palabras que se usaban coloquialmente hace 20 años se han perdido o están adormecidas: existen, pero no se usan. Se podría hacer un diccionario de palabras vivas que se encuentran en desuso. Y esto repercute fatalmente en las calidades de la prosa actual en nuestro idioma, un idioma que prescinde de algunos de sus tesoros".

"A mí hay quien me califica de estilista y pretende decir con ello que elaboro mis novelas rebuscando en el idioma, cuando nunca he sido tal cosa y lo que me apasiona es el lenguaje sencillo y extraído de la vida. El único estilismo consiste en usar mi idioma. En literatura nada hay en el fondo más difícil que la sencillez y alcanzar la sencillez es lo que busco. No rebusco palabras. Simplemente, uso las que son".

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