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Tribuna:

Ritos funerarios en Al Andalus

Las obras realizadas en Granada en un aparcamiento y en un solar han descubierto la mayor necrópolis medieval islámica existente en Europa, con los restos de unas 2.000 personas sepultadas. Isidro Toro, arqueólogo de la Junta de Andalucía que ha coordinado la investigación, recuerda que no se sabe demasiado sobre los cementerios musulmanes y aporta las últimas informaciones sobre ellos: la importancia de Granada es superior a lo que se creía. Tras la conquista castellana estos cementerios fueron objeto de ignominia y destrucción.

Es opinión comúnmente compartida que sobre los cementerios hispano-musulmanes sabemos relativamente poco. La mayor parte de la información que se posee procede de fuentes escritas y referencias indirectas, cuya interpretación debe ser tomada con cautela en tanto no se vayan contrastando con datos empíricos obtenidos a través de la evidencia arqueológica.En los últimos años esta situación está siendo remediada, arrojándose luz en base a las investigaciones realizadas en las necrópolis islámicas de Murcia, Almería, Málaga y algunas de la provincia de Granada. Es en este contexto donde la excavación, estudio y documentación de la necrópolis de Ben Malic de la ciudad de Granada adquiere su importante dimensión.

Ubicado en el sector norte de la medina, y extramuros, se encontraba el cementerio más importante y de mayor extensión de todos los de la Granada musulmana. Al-Jatib lo denomina de forma indiferente: rauda de alfaquí Salh Ibn Malic y macbara (cementerio) Ilbira o de Bab Ilbira (de Elvira o la puerta de Elvira).

Extramuros

Seco de Lucena Paredes describe que este cementerio ocupaba un vasto espacio en la llanura inmediata a la puerta de Elvira, que estaba protegido por una cerca con puestas flanqueadas por torres, que descendían sus ascensos desde los caminos que conducían a Granada, pues era costumbre siguiendo la tradición clásica romana que los cementerios se situaran extramuros, generalmente junto a las puertas de la ciudad.

Los cementerios hispano-musulmanes tenían, interiormente, una estructura abierta; no ofrecían construcciones con nichos y normalmente estaban jalonados por algunos árboles, para dar sombra y resguardo a los piadosos visitantes. Según el viajero alemán Münzer, que visitó Granada inmediatamente después de la conquista castellana, el cementerio estaba plantado de olivos. Entre la escasa vegetación se amontonaban las sencillas tumbas y algunas qubbas (edificaciones a modo de panteones de planta cuadrada y cubiertas con una cúpula o bóveda en las que se encontraban las tumbas de personas señaladas por su piedad o santidad. En nuestro caso parece ser que una de las más señaladas del cementerio de la puerta de Elvira era la del sabio dramático, poeta y alfaquí, Sahl Ben Malic Abulhassan, hecho que explica la duplicidad existentente en las fuentes en cuanto a su denominación. Asimismo, parece ser que también existían en las ciudades musulmanas cementerios para los extranjeros o para otras confesiones religiosas. Intramuros se encontraban pequeños cementerios como las raudas ajardinadas y las rábitas y morabitos que guardaban los restos de grandes ascetas, de los cuales existen abundantes lugares y testimonios toponímicos en Granada y provincia, como en el caso de la ermita de San Sebastián en el paseo de El Violón.

El rito funerario que se utilizó en la Granada musulmana fue el ortodoxo suní de la escuela jurídica de Malic Ben Anás, imam de Medina. También se utilizaba en Al Ándalus, sobre todo en los últimos tiempos del califato cordobés, el rito sufí.

Siete lienzos

El ritual comenzaba cuando una persona estaba moribunda, con la lectura asistida por el alfaquí de la sura 36 del Corán. Posteriormente, cuando se producía el óbito, se lavaba y perfumaba el cuerpo y se amortajaba con siete lienzos de color blanco. Más tarde era conducido el finado al cementerio con un cortejo muy estructurado, que marchaba rezando desde la casa a la gran explanada ritual ubicada en la mezquita o en las proximidades del cementerio, donde se realizaban las plegarias correspondientes y se daba testimonio al difunto. Posteriormente, se procedía a la inhumación propiamente dicha, colocando el cadáver en la tumba, directamente en el suelo y sobre el costado derecho; la cabeza se dirigía hacia el Sur, los pies al Norte y la cara mirando a la Meca.

Este ritual se documenta con precisión, excepto una ligera variación en la orientación Sur-Sureste y del hallazgo de ataúdes. Después de descoser la mortaja con la cabeza y los pies y de proteger el cadáver con la llamada carta de la muerte se procedía a cubrir la fosa con lajas, las cuales solían ser de pizarra en Granada. Parece ser, aunque existen opiniones dispares al respecto, que a partir de la carta de la muerte (pergamino con una serie de oraciones escritas con azafrán) a veces se depositaban con el muerto algunos objetos cerámicos y monedas o amuletos, extremo este último también documentado en nuestro cementerio.

Destrucción

Las tumbas, sobre el tipo básico de fosa excavada directamente en el terreno, de forma trapezoidal alargada, debido al estrechamiento de las partes de los pies, con laterales de piedra o ladrillo y cubiertas de lajas, presentaban una amplia gama de tipologías basadas fundamentalmente en los señalamientos: estelas verticales tabulares hincadas verticalmente en la cabecera y los pies; estelas alargadas de sección triangular sobre planta rectangular colocadas en el eje longitudinal de la tumba sobre varias gradas de piedra, mampuestos o ladrillo; estelas de cerámica vidriada, o las señaladas con fustes cilíndricos de piedra o de madera. La piedra más utilizada en Granada era la de La Malahá y Gabia, como es el caso dominante en el cementerio en curso de excavación, aunque también se usaba el mármol con gran profusión. Los señalamientos podían estar decorados con motivos geométricos grabados, de lacería, cenefas y arcos, o versículos del Corán en escritura cúfica.

Sobre los cementerios musulmanes, con la conquista castellana, se cernió un manto de ignominia, expolio y destrucción. En nuestro caso, en el año 1500, los Reyes Católicos dan en Sevilla una cédula mediante la cual ceden a la orden jerónima para la construcción de sus conventos las piedras y ladrillos, lápidas y bordillos del cementerio de la puerta de Elvira. Posteriormente, se declara la mayor parte del espacio ocupado por la necrópolis como egido de la ciudad y se procede a la construcción del imponente edificio del hospital real, en cuyas dependencias, que se mantienen desde el siglo XVI hasta casi la actualidad, estamos trabajando ahora.

A pesar de dichos eventos, el valor arqueológico de la necrópolis no queda mermado ni un ápice. La importancia intrínseca del yacimiento -por su extensión, número y calidad de los enterramientos- y extrínseca -por el panorama que atraviesa la investigación en este campo- hacen que el estudio arqueológico y antropológico de esta necrópolis se configure como una de las muestras más completas y amplia para el estudio de las poblaciones islámicas en especial, y medievales en general, de toda la península Ibérica y de Europa.

Isidro Toro Moyano es arqueólogo y jefe de la Sección de Bienes Culturales de la Delegación de la Consejería de Cultura de Granada.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de noviembre de 1990

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