Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:TRIBUNA LIBRE

El tercero en concordia

El autor de este artículo tercia en el contraste entre las distintas memorias familiares reflejadas por los hermanos Luis y Juan Goytisolo en sus respectivas obras literarias. La publicación de Coto vedado, de Juan, y la posterior versión de Luis, publicada en este periódico bajo el título Acotaciones (suplemento de Libros del 30 de junio y 7 y 14 de julio), es objeto ahora de una reflexión del autor de este artículo, en el que se considera el punto de vista del otro hermano, también escritor, José Agustín.

Al leer las Acotaciones de Luis Goytisolo a Coto vedado, de su hermano Juan, he tenido la impresión de que el acotador cae en la trampa del exceso de "familiaridad" que él mismo señalaba ("no hay peor lector de una obra, por lo general, que la esposa del autor y sus familiares más próximos") y acaba demostrando precisamente lo que pretendía negar: su buen propósito inicial del "me niego a considerarme lector privilegiado de Coto vedado, ya que estas lecturas privilegiadas no existen".La lectura privilegiada de Matilde Moret, ¿no es tal vez la que practica el autor a lo largo de sus extensas Acotaciones? Un examen al trasluz de éstas, ¿no nos informa acaso menos sobre Coto vedado que acerca de las complejas relaciones psicoanalíticas que mantiene Luis con su hermano? Una parte de los lectores de su texto habrá podido plantearse ese tipo de preguntas, alejando todavía el debate del núcleo central de la reflexión.

Efectivamente, sólo hay dos tipos de lecturas: buenas y malas. Las primeras exigen, ante todo, entender. No sólo las palabras -que no son exactamente las cosas que representan-, sino también los distintos planos -página realidad, memoria/ imaginación, ficción/ testimonio- que pueden sustentarlas. Hay lectores tan ingenuos que, como nuevas Alicias, intentan pasar al otro lado de la página en cuanto ésta les parece que no refleja suficientemente bien la realidad. El acotador no parece entender, por ejemplo, que el abuelo y el padre que figuran -aparecen representados en Coto vedado- no son exactamente su abuelo y su padre. Son, en cambio, el abuelo y el padre del narrador de Coto vedado. Ése es su mundo, creado verbalmente, y el lector que entra en él lo hace porque le interesa el mundo y la visión de Juan Goytisolo. Si le interesara en ese momento el mundo familiar de otro escritor llamado Luis Goytisolo, se iría a Antagonía con la música de la lectura a otra parte.

La libertad del lector

Por tanto, estas líneas no tienen otro motivo que el de reclamar mi derecho de libertad e igualdad como lector frente a la fraternidad de lectores privilegiados. Y digo esto porque también yo, a través del trato asiduo con José Agustín Goytisolo, podría reclamar mi pequeño coto o privilegio de "lector privilegiado", ya que él me comentó en diversas ocasiones episodios familiares que figuran en Coto vedado. Y además me señaló que el episodio del abuelo, tal como lo cuenta Juan Goytisolo, es rigurosamente exacto. Pero yo no estoy aquí para contrastar las opiniones de Luis o José Agustín (sería un juego tan inútil como el que practica el acotador), sino para reclamar mi derecho a ver una realidad con los ojos del autor que he escogido leer: Coto vedado en este caso.

Y, por cierto, de mi lectura de Coto vedado no se desprende que el abuelo del narrador fuese un "taimado pederasta" (cotéjense los prolijos detallismos e hipótesis de Luis Goytisolo, en el episodio del abuelo, con el exacto recuerdo sin rencor del que lo vivió realmente), ni su padre, un "tirano". Todo lo contrario. La figura del padre es tal vez la mejor diseñada del libro, sin maniqueísmos, con distintos enfoques cronológicos, gradaciones de sombra y de luz, y se diría que con la comprensión del hijo que se pone finalmente en el lugar del padre. Pero este padre no es ya el padre de Luis Goytisolo. Y los lectores de Coto vedado podemos conocerlo también como ese vergonzante lector privilegiado que cree ser su hijo.

No se puede responder a la realidad filtrada por la memoria de un texto literario de las características de Coto vedado sino con otra. creación de su mismo, alcance y envergadura. El empeño puntilloso de Luis de señalar presuntos errores es, a fin de cuentas, irrelevante: no nos habla del Ebro; nos habla de sí mismo. Su hermano podría establecer muy probablemente otras semejantes respecto a sus Acotaciones, pero sería una pérdida de tiempo similar a la suya. La figura literaria de Luis no sale tal vez engrandecida de esta empresa ni corresponde a lo que cabía esperar del autor de una obra como Antagonía.

Ramón Pinyol-Balasches poeta en lengua catalana y editor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de julio de 1985