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Daguerrotipos municipales.

Jorge Verstrynge o el ardor

Fraga es una gran materia orgánica cuyo fósforo ha generado un fuego fatuo que se llama Jorge Verstrynge. El primer impulso te lleva a creer que este muchacho no existe en la realidad, que se trata sólo de un halo germánico e, cuerpo astral liberado por el cerebro caliente de Fraga; pero Jorge Verstrynge, un día, se pegó una toña con la moto y su figura rebotó contra el asfalto de Rabat. Este político debe tener alguna entidad propia, puesto que un médico árabe, después de palparlo, le escayoló una pierna. Incluso ahora mismo se le puede ver en la calle, entre gorilas de 100 kilos en canal, esforzándose en hacernos felices. Si el chico fuera un simple ectoplasma, la gente de Vallecas no lo hubiera corrido a botellazos. He aquí una buena noticia para patriotas: Jorge Verstrynge existe realmente, es un señor de carne y hueso que firma autógrafos. Hasta el último momento ha habido dudas en este sentido. Algunos teóricos pensaban que este joven sólo era un nudo de haces magnéticos en gendrado por la cultura de la imagen, por la filosofía del diseño. En un tiempo en que todo se vende por el envase, Fraga ha sido un caso de mala pata. Dios le ha dado un envoltorio de contratista de obras o de concesionario de embutidos, y por eso una parte del público ha creído que en sueños concibió a este zagal político como una representación rubia e ideal de sí mismo, versión para grandes almacenes. No es así. Jorge Verstrynge es algo físico. Consta que -un día se arreó un trastazo con la motocicleta.

Este joven cruzado, con trazas de infante vengador, vino al mundo en Tánger hace 34 años, y aquella atmósfera de la niñez fue la más propicia para que en su cabecita dorada se le formara un buen bodoque. Su padre era un aventurero belga que, al no hallar fortuna en el Congo, recaló en Marruecos después de la guerra mundial. Allí se casó con una chica andaluza, y de este modo Jorgito nació en puerto franco, en un ambiente de traficantes internacionales, in dios de tenderete, moros de la morería y europeos asentados en un panorama colonial perfumado de especias y virutas de incienso. El belga Willy Verstrytige Tholoen tenía una pericia singular para el fracaso: iba como loco de la ruina a la riqueza, del bienestar a la quiebra sin tocar banda, y en uno de sus arrastres económicos se llevó la felicidad conyugal por delante. El matrimonio quedó roto: el hombre pidió el divorcio francés y la madre andaluza se quedó sola con un niño rubio en brazos. Aquella mujer tuvo que luchar tenazmente en la vida, pero la criatura encontró en seguida buena tutela en el tío Juan, propietario de un restaurante, que le inculcó un gran amor a España.-Oye, chaval. ¿Sabes qué es la madre patria?

-No sé.

-Un sitio muy hermoso donde torea El Litri.

-¿Y qué hay allí?

-Muchas cosas. Procesiones y jamón de Jabugo.

El niño fue internado en un colegio religioso, y por encima de la tapia oía cuatro veces al día la oración de los minaretes a cargo del muecín. El primer conglomerado de sensaciones contrarias comenzó a anidar en su pequeño caletre. Las monjas le instruían en la verdad de un Dios católico, mientras que en el exterior planeaba la sombra de Alá; su tío Juan le hablaba de un país lejano, lleno de toreros y romerías; por su parte, él recordaba vagamente la silueta de un padre alto, flaco y aventurero, que desapareció de su vida, y alrededor de su infancia sólo veía moros, pollinos y comerciante blancos. Así creció el chico en plena confusión. Pero el lío de la mente aún se le acrecentó más cuando su madre se trasladó a Rabat para casarse con un señor de barba levítica llamado René Mazel, viejo luchador comunista, expulsado de Marsella, romántico, agnóstico y ahora adinerado. A Jorg

Verstryrige le estaba naciendo la pelusilla en el bigote y fue matriculado en una escuela laica para hacer el bachillerato francés. Vivía en una casa con jardín y tenía un pastor alemán, que murió del mal de San Vito. Por lo demás, el asunto estaba así: la madre era católica profunda, el padrastro iba de rojo ateo por la vida, en el nuevo colegio recibía ahora una educación profana, el jovenzuelo amaba las motocicletas, trataba de meter el diente al libro gordo de Schopenhauer y en los ratos libres no se comía una rosca con las chicas de su edad; pero el padre adoptivo, un comunista bastante- raro, le daba consejos de este calibre:

-Hijo mío: para ser feliz en el amor, hay que querer menos de lo que te quiera ella.

-¿Y en política?

-Lo mismo. Si tienes que/pedir un favor, pídelo a tu adversario antes que al amigo. Aquél querrá granjearse tu simpatía.-Es maravilloso. Dime más cosas.

-No importa que un Gobierno lo haga mal si la gente cree que lo hace bien. En política se ventila siempre una confrontación de imágenes.

-Basta por hoy, padre.Sentado en el corro

Con este equipaje tan sólido, Jorge Verstrynge crecía, delgado, pelirrojo y con cara de niño, en la zona francesa de Rabat. En el tiempo de las cigüeñas se sentaba en corro con los amigos a fumar en los porches, y en su cabeza adolescente maduraba un destino. No existen datos de que en aquella época tuviera el menor interés en salvar el mundo. Tampoco se conoce el momento exacto en que comenzó a mirar las estrellas. Entonces leía novelas de aventuras, tenía una afición desmesurada a las máquinas y hacía algún pino con la filosofía. Por otra parte, el muchacho no lograba echar raíces en territorio fijo. Primero fue Tánger; después, Rabat, y ahora, cuando Jorge Verstrynge iba a cumplir 17 años, su familia se trasladó a Madrid; pero aquí no encontró plaza en el Liceo Francés, de modo que su padrastro le facturó a Nimes, donde tina pariente de este antiguo comunista era madre superiora de un convento-colegio para huérfanos. Allí terminó el bachillerato.

En este instante de su biograria en Francia estaba la OAS haciendo de las suyas. Aquella organización armada de ultraderecha argelina, en estado residual, daba todavía golpes agónicos en nombre de la civilización occidental. Tal vez fue eso lo que encendió el candor guerrero del muchacho bajo la claridad deslumbrante de las causas perdidas.

-¿Adónde vas con esa verga, chaval?

-A defender a Occidente.

-¿Tú solo?

-Carlomagno está conmigo.

El último bastión de Occidente era el imperio portugués, o sea, cuatro señores que tenían cafetales en Angola y un rinoceronte en Mozambique. Muy pronto descubrió Jorge Verstryrige que batirse por el Dios cristiano era lo más parecido a montar una motocicleta con escape trucado. Su primera empresa patriótica consistió en repartir leña a unos franceses en nombre de Portugal; el corazón del muchacho no conocía fronteras y tuvo que hacer alguna hazaña sonada, porque los gendarmes le ficharon en seguida. El tenía ya la mirada puesta en el horizonte; mas, a pesar del esfuerzo de este Robín de los Bosques, al imperio portugués se lo zamparon unos negros. El héroe notó una punzada en el esternón, en plan dolor metafisico. Terminó el bachillerato ert Francia y se vino a Madrid precedido por un informe de la policía gabacha que alertó a los colegas españoles de las andanzas del rubio infanzón. Cuando apenas se había instalado en nuestro paraje, recibió la visita de unos inspectores.

-Venimos a decirle que aquí también puede hacer política.

-Gracias. Muy amables.

-Siempre que sea anticomunista.

-Está bien.

-¿Qué libros lee usted?

-Leo a Unamuno.

-Muy mal. Unamuno ha envenenado a muchos jóvenes.'A partir de hoy, lea a Ortega y Gasset.

Barbudos y falangistas

Jorge Verstryrige se matriculó en la facultad de Ciencias Políticas y Económicas en un tiempo en que la Universidad estaba bajo el resplandor de Mayo del 68, y los falangistas hacían músculo contra el cráneo de los demócratas y otros barbudos. La doctrina de José Antonio le cayó a la medida. Había en esa filosofia un toque de romanticismo, una exaltación del valor, una clase de distinción en la bofetada, la esteltica de escuadra con el ritual un poco suicida y, una vez más, la belleza de una causa perdida. El joven Verstryrige se alistó en una partida de guerreros y comenzó a practicar ese tipo de gimnasia que utiliza el sopapo como una forma de silogismo. Primero, al enemigo hay que darle buenas razones, y si no se deja, nunca le viene mal un buen cadenazo para que despierte. Pero es justo reconocer que este ejercicio dialéctico no le acababa de gustar. Después de todo, el muchacho tenía vivencias contradictorias: había sido educado en una cultura racionalista.

En aquella época, Fraga ya se equivocaba todos los días. Acababa de quitarse el bombín británico, que le sentaba como una calabaza, y ahora estaba en su terreno, en el baldío del posfranquismo, echando ráfagas de azufre por la nariz en unas cabalgadas de búfalo unidimensional. En España había siempre una fiesta vespertina con gases lacrimógenos, y Fraga braceaba en la penumbra de los botes de humo. Jorge Verstrytige era entonces un joven de esqueleto elegante, de pelo planchado con fijador, de raya partida y pinta de oficial alemán, al que sólo faltaba un perro dobermann liado en la polaina. Los rojos de la Universidad vislumbraban en él una teoría crematoria; pero el chico sólo iba con libros de sociología bajo el brazo, llevaba gafas de intelectual de la revista Vógue, sección caballeros, y se movía con soltura por los aledaños de la cultura académica. Un día, en el vestíbulo de la facultad se cruzó con una compañera. Le entró un repente de amor y le dio un educado beso francés en cada mejilla.

-Te encuentro monísima.

-Tocada.

-¿Nos vemos esta tarde en Serrano?

-Sí.

Hoy, esta muchacha le ha hecho dos hijos, que se llaman Sigfrido y Eric, inscritos en el universo wagneriano. Pero el momento estelar de Jorge Verstryrige fue cuando su biografia juvenil chocó de bruces con la carrocería de Fraga, como aquella vez que en Rabat se pegó una toña con la moto contra el morro de un automóvil. Jorge venía desencantado de la violencia estudiantil, en su cerebro había madurado cierto racíonalismo cartesiano y felizmente comenzaba a dudar. Fraga llegaba con el rabo entre las piernas, derrotado en el combate de la apertura. Había que hacer algo, ya que esta maldita democracia parecía inevitable. Con un nombre de empresa constructora, Fraga fundó algo así como Godsa, una sociedad mercantil para accionistas recién convertidos al sufragio universal. Jorge estaba allí, dispuesto a llevar el maletín del jefe. Fue el tiempo en que la libertad rompió aguas eri este país. Fraga tenía enfrente a Adolfo Suárez, con diseño de galán italiano. En el otro flanco salía Felipe González, con un envase de joven cortijero de pana. Era un caso de mala pata. En este mercado de siluetas políticas y de imágenes eróticas, Dios le había regalado a Fraga un envoltorio de concesionario de chorizos. Pero en sueños labró una venganza. Su materia orgánica comenzó a generar un fuego fatuo en forma de infante rubio y lo lanzó al combate en su nombre como el cuerpo astral de sí mismo. Algunos teóricos opinan que Verstryrige no existe en la realidad, que sólo es un nudo de haces magnéticos. Están en un error.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de mayo de 1983