Testimonio y simpatía
- "OPERA PRIMA"
Hay muchos modos de afrontar una primera obra, en este caso una primera película. El cine no es un libro. Quien se coloca detrás de una cámara dispuesto a demostrar lo que sabe, no ignora lo que se juega en su debú. Así hay quien trata de resultar comercial a todo trance, quien intenta acumular su talento en un instante y quien, en fin, a fuerza de sinceridad y experiencias anteriores, llega a narrar, cara al espectador, fiscal definitivo, todo aquello que domina o conoce.Tal es el caso de Fernando Trueba, debutante en esta doble, Opera prima que, además de iniciarle en su carrera, cuenta la historia de un personaje actual que se encuentra y enamora de su prima, justamente vecina del barrio de la Opera. Tal personaje que centra la película, en torno al cual la historia gira, convence a la postre como actor y colaborador de un guión salpicado de gags de buena ley, plenos de humor y actuales alusiones.
Este Matías, harto de hallarse de vuelta de todo para nada, supone, de por sí, el mejor hallazgo en sus afirmaciones y en su saber estar, que, apenas iniciado, es capaz de arrastrar consigo la atención y la risas de la sala. Su actitud ante el amor, frente a la confusión de una generación con la que no se identifica, desorientada, cuando no preocupada por problemas banales hace que su presencia destaque sobre ese mundo en tomo que navega a medias entre la indiferencia de no hacer nada por nada y una atonía cercana a la ignorancia.
Este Matías, cansado de experiencias más o menos eróticas, de hippies millonarios, de comunas y sexo a cuatro bandas, es lo mejor de la película, con sus dudas, sus iras y su trabajo cotidiano, que se inicia con una estupenda parodia de Bukovski. Matías, es decir, Trueba y Ladoire, viene a decirnos que el verdadero modo de encontrarse a sí mismo siempre está en uno mismo, por encima de cualquier circunstancia, que el sexo es poca cosa sin amor, que en el naufragio actual de ritos, magias y fetiches cada cual prevalece según su capacidad de mirar el propio yo, haciendo saldo de aciertos leves y parciales derrotas.
Es muy de agradecer que Trueba nos lo diga en un tono risueño, a través de un buen humor, acertado y aceptado, sin patetismos ni añoranzas, sin escenas ridículas ni recursos pobres. En esta hora vacilante del cine español, esta Opera prima vale por todo un curso completo de tantas otras segundas y terceras obras, hasta rozar la eternidad ya conocida de tanto repetirse y porque encierra la breve historia de un personaje a medias entre un hoy que termina y un mañana que empieza.