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LA ZONA FANTASMA
Columna
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Las facturas de la admiración

Javier Marías

Se cumplen treinta y siete años desde que pisé por primera vez la Feria del Libro de Madrid como autor, con diecinueve, lo cual debe de convertirme en uno de los más veteranos de cuantos escritores firmamos allí en la presente edición. Uno se pasa la vida deseando que lleguen nuevas generaciones -en este caso de escritores, y de críticos- más puras y refrescantes, menos viciadas, más desinteresadas, menos mercantiles. Pero parece que hay ámbitos en los que tal cosa es imposible. En aquel bautismo mío de hace casi cuatro décadas, recuerdo que me dieron el siguiente consejo: "Si le dedicas un ejemplar a otro escritor, no dejes de ponerle 'con admiración', se la tengas o no; porque si no se lo pones te harás un enemigo sin querer". Tanto me costaba seguir aquel consejo en mi edad juvenil que de hecho no lo seguí más que en las ocasiones en que de verdad sintiera admiración. Y, si así era, lo último que se me ocurría era esperar nada a cambio, ni siquiera atención al libro que regalaba, enviaba o firmaba. Si alguien a quien yo admiraba no me hacía caso, o incluso me criticaba con dureza, en modo alguno le retiraba mi admiración por ello. Lamentaba su indiferencia o su veredicto negativo, pensaba que yo no valía o que tenía que mejorar, me aguantaba y seguía admirándolo. No me parecía limpio ni honrado hacer depender esto último de algo semejante a la reciprocidad (dentro de lo que cabía, claro está). Me di cuenta, sin embargo, de que esta no solía ser la actitud general, ni siquiera entre los autores ya consagrados. Comprobé cómo no pocos de ellos hacían deliberado caso omiso mientras no hubiera habido antes, por mi parte, una manifestación pública de admiración hacia sus obras, mientras no les hubiera rendido una especie de pleitesía. Nunca estuve dispuesto a eso, y durante muchos años no existí para gran parte de mis mayores, españoles e hispanoamericanos. Sólo, supongo, para aquellos a los que sí admiraba sinceramente, y eso jamás tuve reparo en reconocerlo y mantenerlo. Pero me molestaba la actitud de cambalache implícito que percibía en escritores más importantes que yo. Era como si dijeran: "Si este joven hace declaración pública de su admiración por mí, quizá lo lea y tal vez lo premie con algún comentario favorable. Si no es así, para mí no existirá".

Pasaron los años y me convertí en un novelista maduro, y algunos autores de mi edad primero, luego más jóvenes, empezaron a enviarme sus libros dedicados, a veces "con admiración", o a declararla en público. De la misma manera que de casi niño me negué a entrar en ese juego de las alabanzas mutuas, me negué también de mayor. Pero observo que los hábitos no han cambiado con las generaciones nuevas, o incluso que el tradicional do ut des se ha hecho aún más descarado. El poeta G me envió hace años, junto con sus elogios, un volumen de cuentos; como no me atrajeron ni logré leerlos, los elogios se tornaron pellizcos de monja, que aún siguen, pues le son más duraderos. El novelista V guardó paciente cola hace mucho, cuando no era conocido, para que le firmara un ejemplar en la Feria; al hacerse famoso y ganar premios, y no tener yo tiempo de leer su Gran Obra, dejé de figurar al instante en la lista de sus admiraciones, que pasó a encabezar el pope más influyente de su país. El escritor C había dedicado páginas encendidas a mis novelas, pero cuando yo leí una suya y no me gustó lo más mínimo, dejé de existir para él y además se opuso con vehemencia a que se me diera un premio al que no me había presentado (bueno, no me he presentado a ninguno desde 1986, y aun aquel fue una excepción). Otro novelista, P, no sólo publicó ditirambos sobre alguna obra mía, sino que me escribió cartas tan untuosas que me provocaban rechazo y sonrojo; al descubrir él que lo que escribía me parecía a mí malísimo, desaparecieron los ditirambos, y se opuso con igual vehemencia en la misma ocasión que C. El bloguero R me mandó un libro suyo humorístico en cuya dedicatoria me aseguraba que el humor era una forma de admiración; lo hojeé, y al ver que, en contra de lo que él creía, Dios no lo había llamado por esa senda (no tenía ni puta gracia, ni la tiene jamás), me abstuve de contestarle; desde entonces sólo me llegan ecos de sus diatribas contra mí, y me pregunto qué se hizo de la humorística admiración. Creo que podría recorrer el alfabeto casi entero.

Por suerte, hay excepciones, como los novelistas B, P y G, pero son las menos. Por culpa de una larga novela que me ha llevado ocho años escribir, he leído muy poco de lo publicado en este siglo, por jóvenes y por menos jóvenes: me han faltado tiempo y curiosidad, difícilmente habría podido elogiar a nadie. A diferencia de aquellos mayores míos, yo no espero que nadie más joven me rinda pleitesía ni me declare su admiración. Pero noto, en cambio, cómo muchos de esos más jóvenes, cuando me la declaran espontáneamente, lo hacen condicionándola a una rápida compensación. Y cómo, si ésta no se produce, no tienen empacho en trocar dicha admiración no solicitada en denuestos, deliberado silencio o desdén. Desde suposición de recién llegados, son idénticos a las vacas sagradas y momias de mi juventud. La única diferencia es que éstas exigían la alabanza primero, y ellos la exigen después. Comprenderán ustedes que uno se canse, al cabo de treinta y siete años de facturas de la admiración.

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