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CON GUANTES
Columna
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Gatos muertos

Estaba yo en la muy noble, muy leal y muy vencedora ciudad de Jaca cuando entre los escombros desperdigados por el jardín de una casa abandonada encontramos el cadáver de un gato muerto. Éramos niños, claro está, por eso nos pareció tan interesante el cadáver aún fresco de un gato, tan fresco que al principio pensamos que se había quedado dormido. Ninguno de los niños, seis, entre amigos nuevos y un par de primos lejanos, hubiésemos sido capaces de matar a un gato, pero jugar con un gato muerto es otra cosa.

Mi abuela es de Jaca, de ahí lo de los primos lejanos, y de ahí que pasara yo junto a mi abuela el verano en Jaca, ciudad hermosa donde las haya, guardada como un tesoro helado entre las más gloriosas cumbres del Alto Aragón. De hecho, creo que aprendí a hablar así, con cierta bravuconería y con mucho orgullo, de Jaca durante aquel verano, cosa que me ha traído en la vida no pocos males, porque luego seguí hablando de la misma manera mucho después, y no sólo de Jaca. Pero ése es otro asunto. Volvamos al gato, que, como bien saben, ya estaba muerto cuando llegamos allí, así que no viene al caso andar buscando culpables para ese crimen; del otro crimen, el de jugar con muertos, sí me hago responsable, entre mis queridos y lejanos primos y sus aún más lejanos amigos. Lejanos ahora que han pasado mil años, que en aquel verano éramos una piña, como sólo pueden ser una piña los críos que comparten un mes entero.

"El gato estaría ya seguramente podrido, y tal vez era mejor no encontrarlo"

Encontrado el gato en el jardín de la casa abandonada, sólo faltaba decidir qué hacer con él. Abrirlo en canal parecía demasiado desagradable, había niñas delante, y dejarlo allí tirado resultaba demasiado aburrido, así que rápidamente decidimos, entre todos, que lo mejor era enterrarlo.

¿Dónde? Bueno, no muy lejos, porque daba cosa tocarlo con las manos, tenía que ser cerca, en una fosa a la que lo pudiéramos empujar a puntapiés. El jardín no era muy grande, pero era lo suficientemente grande, a escala de niño, para que nos costase un buen rato dar con la ubicación adecuada. Que si un árbol, que si un montículo, que si cerca o lejos de la casa derruida. En caprichos funerarios, quien más quien menos tiene una opinión, lo que no teníamos era pala, así que puestos a cavar con latas oxidadas y uñas decidimos que lo más sabio era dejar que la naturaleza del terreno diese con el lugar perfecto, es decir, que buscamos la tierra más blanda para proporcionarle la última morada al desgraciado animal.

Con palitos más o menos recios, nos pusimos a examinar el terreno hasta dar con la parte propicia. La arena no servía, porque la arena, como bien saben todos los niños, se la lleva el viento (y con frecuencia a los ojos), el barro parecía la mejor opción, pero hacía ya días que no llovía, así que barro había poco; finalmente dimos con un musgito amable que se levantaba como el peluquín de un profesor presumido, y bajo el musgo palpamos lo que parecía el terreno idóneo para un grupo de aprendices de enterradores y un gato muerto de dimensiones medias.

Cavamos entre todos, niños y niñas, lo más profundo que pudimos hasta tocar duro; después, y a turnos y a patadas, metimos el gato en su fosa.

Cubrimos la sepultura con su tierra y con su musgo y pusimos una piedra encima como señal. Alguno propuso una cruz, pero nos pareció exagerado.

siguió el verano, comimos cebolletas robadas de una huerta, fuimos hasta la estación de Canfranc, a Candanchú, a Panticosa, nos bañamos en la piscina hasta la hora de los dedos arrugados y por supuesto patinamos en la pista de hielo de Jaca, mis primos con más gracia que yo, todo hay que decirlo. Al salir de la pista de hielo llovía a cántaros. Mi tía lejana nos dio chocolate caliente y dulces de mazapán y lazos y cosas muy ricas de allí.

Cuando llegaba la hora de irme de vuelta a Madrid con mi abuela, decidimos darnos un último homenaje y volvimos a la casa abandonada a desenterrar el gato.

Había llovido tanto que no quedaba rastro de la señal ni del musgo, ni nada se parecía en realidad a como lo recordábamos. Esta vez nos habíamos traído una palita de metal y cavamos como locos, al menos cien agujeros, pero ni rastro del gato.

Ni que decir tiene que nos llevamos un disgusto enorme, pero luego coincidimos en que el gato estaría ya seguramente podrido y que tal vez era mejor no encontrarlo, seguía habiendo niñas delante.

Nos pusimos enseguida a jugar a otra cosa.

El otro día al recibir una llamada desde Huesca me acordé de esta historia, que por cierto no guarda relación alguna con los huesos de Lorca. Estén donde estén.

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