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Miquel Ramos, periodista: “Los discursos de odio siempre preceden a los crímenes”

El asesinato de Lucrecia Pérez a manos de una banda neonazi abre la segunda temporada del ‘podcast’ ‘Crímenes de odio’, que trata de la violencia contra migrantes, personas LGTBIQ+, personas sin hogar o adversarios políticos de la ultraderecha

DVD1314 (15/04/2026) El periodista Miquel Ramos posa en Madrid. ANDREA COMASAndrea Comas

A Lucrecia Pérez la asesinaron al anochecer, en la discoteca abandonada Four Roses, en Aravaca, mientras cenaba una sopa a la luz de una vela. Fue un grupo de cuatro neonazis, el guardia civil Luis Merino y tres menores de edad: la mataron porque era “extranjera, negra y pobre”, dijo el fiscal en la Audiencia de Madrid. Sucedió el 13 de noviembre de 1992, el annus mirabilis español. Ahora su caso inaugura la segunda temporada del podcast de Crímenes de odio, en Podium Podcast, a cargo del periodista Miquel Ramos.

“Entonces se intentó relatar como un asunto de violencia juvenil, de tribus urbanas; se situaba en el plano delincuencial, no político”, explica ahora Ramos mientras toma café solo en una cafetería cercana al río Manzanares. Tal y como se cuenta en el podcast, que utiliza los mimbres del género del true crime, la cosa no fue tan sencilla: el asesinato se fue cociendo en un caldo de racismo y estigmatización contra la población migrante surgido entre algunos vecinos de Aravaca y azuzado por los discursos xenófobos que circulaban en la época. Molestaba la presencia de los dominicanos en el espacio público, se les acusaba de la inseguridad o el tráfico de drogas.

“La normalización de los discursos de odio siempre precede a los crímenes”, añade el periodista, “y ahora mismo estamos asistiendo a una fuerte normalización. 30 años después, algunos de los nazis de entonces forman parte de organizaciones políticas de extrema derecha. Llevan corbata, pero no han abandonado aquellas ideas, al contrario, han encontrado una legitimación”.

Ramos lleva desde la adolescencia, precisamente los años en los que sucedió el asesinato de Lucrecia, preocupado por el odio al diferente. “En la Valencia de los años noventa era inevitable que te salpicara la violencia neonazi, sobre todo si tenías determinadas estéticas, como el punk, y determinadas formas de pensar. Yo era de los que estudiaba en lengua valenciana y los nazis venían a buscarnos a la salida de clase”, cuenta.

El asesinato en 1993, a manos de un grupo de neonazis, del joven antifascista Guillem Agulló, con el que Ramos tenía amigos en común, fue de las experiencias que más le marcó. Entonces empezó a recopilar recortes de prensa, un archivo que conserva y que le ha sido de utilidad a la hora de escribir el libro Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90 (Capitán Swing) o de mantener la web crimenesdeodio.info, junto al también periodista David Bou. Su trabajo le ha costado una existencia jalonada de amenazas y agresiones, que trata de tomarse con filosofía.

Además del asesinato de Lucrecia, la serie trata o ha tratado muchos otros asuntos, y da una idea del amplio menú de objetivos que tienen las corrientes violentas de la ultraderecha: los migrantes, sí, pero también las mujeres, el colectivo LGTBIQ+, los musulmanes, las personas sin hogar o los adversarios políticos, entre otros. En su podcast se tratan casos como el asesinato por atropellamiento de Heather Heyer, en 2017, cuando participaba en una manifestación en Charlottesville contra los supremacistas blancos. El asesinato aporófobo, en 2005, de la mujer sin hogar Rosario Endrinal, quemada por unos jóvenes en la puerta de un banco de Barcelona. El asesinato de Samuel Luiz, en A Coruña, en 2021, al gritó de “¡maricón!”. O la desaparición de tres jóvenes activistas por los derechos civiles en el sur de los Estados Unidos a mediados de los años sesenta, que inspiró la película Arde Mississippi, con Gene Hackman y Willem Dafoe. Entre muchos otros.

El caso de Lucrecia, según explica Ramos, fue uno de los que empezaron a generar preocupación en torno a este tipo de crímenes. Otro fue el asesinato en Barcelona de la mujer trans Sonia Recalvo en 1991 apalizada por siete cabezas rapadas neonazis. O la lucha judicial de Violeta Friedman, superviviente judía de los campos de concentración, contra León Degrelle, el militar belga afincado en Málaga que había colaborado activamente con el régimen nazi y se dedicaba a difundir esa ideología y a negar el Holocausto. El Tribunal Constitucional le dio la razón en 1991. Ahora el artículo 510 del Código Penal castiga con años de cárcel los delitos de odio en varias de sus formas: la promoción de la violencia, la negación del genocidio, la exaltación de los crímenes de odio, la humillación a personas por su etnia, sexo, nacionalidad, religión...

Muchos de los crímenes o atentados sucedidos a nivel global parecen tener una extraña ligazón, aunque no vengan de una organización global. Anders Breivik asesina en la isla de Utoya a 77 personas, sobre todo jóvenes del Partido Laborista noruego. Brenton Tarrant ataca dos mezquitas en Nueva Zelanda y asesina a 51 personas. El segundo se inspira en el primero, y ambos citan la conspiración del Gran Reemplazo, por la cual la población blanca podría sustituida en virtud de un oscuro plan urdido por las élites globales. En las armas de Tarrant había inscritas referencias como el nombre de Don Pelayo o de Josué Estébanez, asesino del joven antifascista madrileño Carlos Palomino.

Así, hay una subcultura global que inspira grupos o lobos solitarios por todo el planeta. Como la manosfera, el internet ultramisógino, del que se trata en otros episodios: “Se nutre de esos chavales que no logran tener una vida sexoafectiva sana y que ya no solo anima a la violencia contra la mujer, que está a la orden del día, sino que promueve auténticas masacres”, dice Ramos.

¿Están cayendo los jóvenes varones en las garras del odio? “No soy partidario de dar tanta atención mediática a esos chavales que se hacen de ultraderecha, creo que hay que poner el foco en los que luchan contra el cambio climático, por la vivienda o contra el genocidio de Palestina, que además congregan a mucha más gente”, dice Ramos.

Reconoce, eso sí, que el fenómeno existe: “Antes para radicalizarte tenías que ir al fútbol o comprar fanzines nazis… ahora basta con mirar las redes sociales o escuchar a ciertos políticos. Porque son los adultos los que han normalizado primero esas ideas”. También es cierto, según relata el periodista, que muchos de los que caen en estos ambientes no terminan el ciclo: lo dejan cuando crecen, cuando se echan novia, cuando empieza la violencia, los juicios y los problemas o cuando “su padre les coge de la oreja y les dice que ya estuvo bien”.

Crímenes de odio ofrece, con habilidad narrativa y profunda documentación, un catálogo de horrores muy reales. “Tenemos que utilizar todas las herramientas comunicativas para contrarrestar los discursos de aquellos que quieren vaciar la democracia de los derechos conquistados. Porque son inteligentes, no hay que caricaturizarlos, pero, sobre todo, disponen de mucha pasta”, concluye Ramos.

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