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Columna

Celebrar premios con cortes de mangas

Andan algunos profesores de educación física escocidos con Diego San José por la dedicatoria que prodigó a su profesor de gimnasia al ganar el Feroz

Andan esta semana algunos profesores de educación física escocidos con Diego San José —creador de la tragicómica Yakarta por la dedicatoria capciosa que prodigó a su profesor de gimnasia al ganar el Feroz al mejor guion de una serie. No quiero generalizar, como acusan los ofendidos a Diego San José: seguro que hay muchos profesores a los que les hizo gracia, y otros muchos a quienes les dio igual, pero unos cuantos se han alzado en las redes, y en su enfado han caído en lo que sus colegas de claustro del departamento de Filosofía llamarían una paradoja: al refutar al guionista con alardes indignados, lo cargan de razón, refuerzan el arquetipo del profe dictador y vengativo que no deja pasar ni una risita en clase.

Le reprochaban otros que Diego San José no se acordase de su mamá o de ese otro profesor que le puso un 10 en lengua. La corrección política no consiente el rencor ni el regustillo feliz de la venganza. Pero poder decir alguna vez en la vida, a ser posible por un altavoz que resuene en todo el país, “chúpate esa” debería estar reconocido como derecho fundamental para quienes triunfan en algo.

El mundo escolar y laboral mejoraría mucho con un derecho así. Los profesores y los jefes tratarían mejor a los alumnos y a los becarios, por miedo a que uno de ellos les dedique un corte de mangas en una entrega de premios. Ya que a los tiranos domiciliarios no les sale de su natural el respeto y la dignidad que todo semejante merece, bien está que lo fuercen.

Yo agradezco a Diego San José que haya expuesto los espejismos del instituto. Es bonito recordarle a los torpes, a los pringadetes y a los que andan peleándose con diagnósticos sobre sus rarezas y limitaciones que el mundo real es una inversión jerárquica del escolar: los tíos buenos y las tías buenas envejecen de asco, y el que pasaba los veranos en Estados Unidos para aprender inglés y se merendaba el mundo cada tarde se agosta en una notaría de Mondoñedo, mientras que la pandilla basurilla que no se comía un rosco y era carne de abusones acaba encontrando su lugar escribiendo series maravillosas y siendo aplaudido por sus pares. No pasa nada por celebrarlo con una peineta. Enfadarse porque alguien se da ese gustazo es de una amargura atroz. Como decía el Fary: deja a los chicos que camelen. Bastantes broncas les echaron.

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