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Esty Quesada no se va a Andorra: “Hay que cambiar el sistema, no irse a tributar dos euros por trimestre”

“La mayoría de ‘youtubers’ no tiene nada que decir”, asegura la veterana de Internet, una de las pocas en dar el salto a la televisión o la radio en España

Esty Quesada, esta semana en Madrid.
Esty Quesada, esta semana en Madrid.B. P.
Tom C. Avendaño

Estíbaliz Esty Quesada (Barakaldo, 26 años) ha actuado en películas (La llamada) y series (Vota Juan), ha escrito libros (Las cosas que me salvaron la vida, Plan B) y está a punto de estrenar la segunda temporada de su programa de viajes con Nuria Roca, Road Trip (TNT), pero es sobre todo conocida por los acidulados vídeos que sube a YouTube desde hace años. No es solo youtuber, pero youtuber es, desde luego; una de las más veteranas y reconocibles de España. De las pocas que ha logrado dar el salto de la pantalla del móvil a la televisión. “Es que la mayoría de youtubers son gilipollas”, razona, en tono contundente y seco marca de la casa, sentada en una terraza de Madrid. “No tienen nada que decir, solo hacen challenges y el circo. Yo tengo un discurso, un abanico de cosas que puedo hacer. Cuando puedes hacer cosas, la gente lo ve”.

Además de hacer desafíos virales (esos challenges), los youtubers este año van a Andorra. ¿Ella también? “No. No quiero convertirme en mi madre. Quiero pagar impuestos, aunque me joda, y ser legal”. ¿Su madre? “Mi madre es una persona enferma: era una compradora compulsiva y se gastaba toda la pasta en bolsos. Y un día nos vino uno del Ayuntamiento y nos dijo: ‘Os vamos a embargar la casa’. Resulta que mi madre debía 4.000 euros, no se lo había dicho a nadie, y cuando le dijimos: ‘Oye, nos van a desahuciar’, ella dijo: ‘Ay, dejadme en paz’. Y se fue al Zara a comprarse algo. No quiero que me pase eso”.

Una particularidad del discurso de Quesada es cómo entremezcla lo personal con lo general, lo íntimo con lo público: el subtexto con ella es texto. “Me parece que el sistema está mal de por sí, el capitalismo, aunque yo lo disfruto mucho. Pero lo que hay que cambiar es eso. No irte a Andorra a pagar dos euros la trimestral. Ganas una de pasta, pues un poquito… Ya sé que el tema autónomos es una mierda, y a mí me jode viva, pero soy joven y es lo que toca”.

Fundó su canal, Soy una pringada, en 2015. Volcó en él sus muchos traumas de infancia, del abuso en el colegio a su relación con su madre, pasando por la muerte de su padre y sus fases autolesivas: lo hacía mientras hablaba de su vida o desgranaba películas o libros que había leído. Resultaba grotesca en las formas, sabia en el fondo. La fórmula funcionó. En YouTube la personalidad y la naturalidad son balones de oxígeno, y con ellos Quesada logró lo que otros tienen que impostar: una estética reconocible (su maquillaje), un lenguaje propio y una mitología colorida y particular (su infancia). “Considero que soy, y es un término un poco cringe (bochornoso), personalidad de Internet, no youtuber ni influencer. Influencer es alguien que coge y te vende esta sombrilla, ‘porque si no, no eres guay, y si no eres una auténtica basura’. En el mundo influencer hay mucho narcisista y psicópata. Yo sigo a personas que hacen cosas por Internet sin basuras ni discurso estúpidos”. Por cierto, ella escucha el podcast H3 y sigue a la celebridad online Trisha Paytas.

En seis años, ha convivido con y visto caer a varias generaciones de youtubers. Muy detenidamente. “Una persona que es youtuber ya tiene un grado de narcisismo, ¿vale? Yo también. No creo que sea una narcisista, pero si me grabo yo sola diciendo ñeñeñe y la gente me ve y me comenta, pues eso te hace ser un poco narcisista, te sube el ego un poco de más. Yo eso lo tengo controlado, creo. Pero si estás ya un poco tocadito de la cabeza de casa y tienes a 100 personas en un vídeo diciéndote lo guay que eres y lo mucho que quieren que ser como tú… pues a los youtubers la cabeza les hace pum, doblar, estar karitrini, loca”.

Muy en el centro de su mitología está la muerte, la de su padre y la suya propia. “Voy a sonar loca, pero lo digo. Me regalaron una mesa de ouija el otro día. Yo hago mucha ouija, tenía una portátil que me llevé a Road Trip 1, y me han regalado una nueva, que está un poco maldita. También tengo una lámpara que cambia de color, lo eliges tú. Le dije a mi padre, ‘Aita, si estás aquí que se ponga verde’. Y se puso verde. Ay. Puede que esté loca, puede ser. Puede que sea una bruja también. Hablo más con mi padre muerto que con mi madre viva”.

—¿Y qué le dice de sus vídeos?

—Le parecen bien. Lo que me ha dicho es que para él no hay pasado ni presente ni futuro, que él lo ve todo a la vez en el plano fantasma. Y como que él ya sabía que esto iba a pasar. Me apoya.

Anda de entrevistas estos días, por el regreso de Road Trip el próximo viernes, cosa que le incomoda un poco. No es fácil traducir la lógica de Internet a los medios tradicionales. Todo lo que le hace brillar en YouTube —la naturalidad, la idiosincrasia— puede traicionarle ante un intermediario. “En las entrevistas hay que tener cuidado. Van en plan ‘por qué eres así?’. Pues qué respuesta quieres que te dé. ¿Te doy el teléfono de mi psicóloga para que te dé el parte? Soy así por mi madre, ya te lo digo yo. ‘¿Por qué te maquillas así?’. ¿Crees que hay una explicación filosófica detrás de esto, un tratado de 20 páginas? Me maquillo así porque me gusta. ¿Por qué llevas tú un rímel de pacotilla y vas hecha un cuadro vestida de Bershka? Porque te gusta”. Ella, en el fondo, no es tan diferente.

Aclaración: Una versión anterior de este texto ha sido modificada para recoger literalmente algunas palabras pronunciadas por Esty Quesada.

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Sobre la firma

Tom C. Avendaño
Subdirector de la revista ICON. Publica en EL PAÍS desde 2010, cuando escribió, además de en el diario, en EL PAÍS SEMANAL o El Viajero, antes de formar parte del equipo fundador de ICON. Trabajó tres años en la redacción de EL PAÍS Brasil y, al volver a España, se incorporó a la sección de Cultura como responsable del área de Televisión.

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