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Hay gente que se encomienda diariamente a sus dioses, sus vírgenes, sus mártires y santos favoritos. Yo pido la gracia desde hace infinitos años a las canciones de un tipo que se llamaba Georges Brassens

Georges Brassens, retratado con su guitarra y su pipa en plena calle por Robert Doisneau en 1952.
Georges Brassens, retratado con su guitarra y su pipa en plena calle por Robert Doisneau en 1952.Robert Doisneau / Gamma-Rapho (Getty Images)

Hay gente que se encomienda diariamente a sus dioses, sus vírgenes, sus mártires y santos favoritos. Guardan imágenes de ellos en sus casas. Es comprensible. Yo pido la gracia desde hace infinitos años, cada vez que abro los ojos, a las canciones de un tipo que se llamaba Georges Brassens. Tengo enmarcado en el salón de mi casa su último disco. Le acompaña esta dedicatoria de él: “Para Carlos, mis mejores deseos”. Mi difunta y amada amiga Dolores Devesa y Fernando Trueba, las personas que me descubrieron a este juglar imperecedero, igualmente poseían este disco y su impagable dedicatoria. También me mira Brassens en la mesilla al lado de mi cama, en una fotografía en blanco y negro tan preciosa como descascarillada, que me regaló hace infinito tiempo Sabina en un arrebato de madrugada, tan etílico como generoso. Seguro que la echa de menos.

Brassens me sirve para todo, para cualquier estado de ánimo, para un roto y un descosido que diría castizamente mi santa madre. Retrata la vida mejor que nadie, es imprevisible, cáustico, divertido, surrealista, tierno, feroz. Los tópicos, las convenciones y la autoridad están enfadados con él, hace malabarismos con el lenguaje, es sencillo y profundo, todo lo aparentemente respetable merece su irreverencia. La gente de orden y los amantes de la música militar le detestaban. Pero la izquierda oficial también le expulsó de sus altares cuando escribió: “Morir por las ideas. La idea es excelente. Muramos, de acuerdo, pero de muerte lenta. Y los que predicáis el martirio, vosotros primero”.

Los bancos públicos solo los ocupamos últimamente viejecitos enmascarados con la mirada rebuscando en los recuerdos o en el vacío. A nuestro lado pasan infinitos transeúntes observando ensimismados la pantalla de un teléfono y atropellando al de enfrente. Y se me aparece la canción de Brassens sobre los enamorados que se picoteaban cuando eran jóvenes en los bancos públicos, aquellos que al pasar el tiempo, rodeados de días monótonos y cielos permanentemente grises, seguirán acordándose de que los momentos más felices de su amor ocurrieron en los bancos públicos. Y Brassens me sigue confortando cuando aseguraba: “Morir no es grave. Al menos, ya no me dolerán las muelas”.

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