Columna
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El pedestal de Miles Davis

El legado de la figura del jazz resistirá que conozcamos lo que no le hacía genial, sino monstruoso

Miles Davis.
Miles Davis.David Redfern (GETTY IMAGES)

No hay noticia de que la furia contra las estatuas que rodea al movimiento Black Lives Matter se haya detenido en la que honra a Miles Davis en Alton, Illinois. Claro que no: el genio del jazz es una de las grandes figuras de la música negra (de cualquier color) de todos los tiempos. ¿Quién iba a señalarlo? Podría hacerlo el Me Too.

El documental Miles Davis: Birth of the Cool, en Netflix, repasa su trayectoria sin aportar mucho material valioso a los melómanos, pero a cambio disecciona su personalidad sin eludir lo más oscuro. Este músico revolucionario sufrió el racismo en años de segregación, sí, pero no venía del gueto: era hijo de un dentista adinerado. Se sentía más cómodo en París, donde alternó con Picasso y Sartre, pero EE UU acabó rendido a él. Descendió a los infiernos por sus adicciones, heroína y cocaína incluidas, y un carácter colérico. Nada de eso afectó a su magia con la trompeta ni a su ojo para rodearse de músicos a su altura.

Tuvo tres esposas y varias relaciones estables más; esas mujeres desfilan por el filme reconociendo lo mucho que le admiraban a la vez que narrando la violencia (física, brutal) que empleó contra ellas. Una se pregunta: “¿Cómo podía crear una música tan hermosa y tener ese otro lado?”.

Ah, el espinoso debate: separar la obra del creador, o al artista de su vida privada. El ostracismo de Woody Allen o Kevin Spacey no hace peores Manhattan ni House of Cards, el repudio póstumo a Michael Jackson no borrará Thriller. La posteridad dejará en su pedestal al autor de Kind of Blue y de tantos discos perfectos, eternos. Su legado resistirá que sepamos lo que no le hacía genial sino monstruoso. Una sociedad adulta puede enfrentarse a la cara siniestra de sus mitos sin derribarlos.

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Sobre la firma

Ricardo de Querol

Es subdirector de EL PAÍS. Ha sido director de 'Cinco Días' y de 'Tribuna de Salamanca'. Licenciado en Ciencias de la Información, ejerce el periodismo desde 1988. Trabajó en 'Ya' y 'Diario 16'. En EL PAÍS ha sido redactor jefe de Sociedad, 'Babelia' y la mesa digital, además de columnista. Autor de ‘La gran fragmentación’ (Arpa).

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