Columna
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Voces

A veces el exceso de soledad me obliga al acto mecánico de encender la televisión

Comparecencia de Fernando Simón.
Comparecencia de Fernando Simón.

Bendita sea la gente que está sorteando el espanto sin ser martirizada por dolencias físicas ni torturas mentales, la que va a salir relativamente ilesa del enclaustramiento y de la pegajosa amenaza o realidad del bicho. Sé del valor terapéutico de los sonidos del silencio, al que Paul Simon dedicó una canción inmarchitable, pero a veces el exceso de soledad me obliga al acto mecánico de encender la televisión. Y me empieza a doler la cabeza. No soporto las voces que salen de ella, me crean histeria. La mayoría me parecen impostadas, las que van de trágicas y las que pretenden ser ingeniosas. Solo me parecen dignas de ser escuchadas las de los profesionales de la ciencia que saben de lo que hablan, poseen conocimiento y datos, no tienen la misión de entretener, embrutecer o alterar el sistema nervioso del receptor. Por ejemplo, me transmite cierta credibilidad y paz el tono de voz que utiliza Fernando Simón, ese señor al que los caceroleros pretenden crucificar.

También se me revuelve todo con aquellos que para acreditar su conciencia social introducen una y otra vez en sus huecas peroratas su preocupación por los más vulnerables. Lo utilizan hasta la náusea políticos, empresarios, comunicadores, sindicalistas. Sospecho que ellos no son nada vulnerables a la barbarie que se ceba y se cebará con los auténticos tirados. No me puedo creer que los que tendrán aseguradas sus nóminas a perpetuidad ocurra lo que ocurra se despiertan y se acuestan llorando por la penuria de los más vulnerables.

Y me parece ejemplar la última intervención en el Parlamento de Inés Arrimadas, esa hermosa mujer y muy notable actriz con la que tengo ancestral cuelgue, aunque a veces me irriten sus locos vaivenes. Que su futura criatura tenga una existencia plena. Seguro que Arrimadas no cometerá la oportunista y exhibicionista gilipollez en nombre del feminismo más lerdo de llevar a su bebé al Congreso, como hizo una tal Bescansa. Que los niños tarden en conocer ese teatro tan previsible y falso.

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