Programación para la escuela

Las ciencias computacionales siguen fuera de la enseñanza básica mientras el mercado laboral demanda cada vez más profesionales

La profesora Mónica Montoya imparte un taller de programación.
La profesora Mónica Montoya imparte un taller de programación.

El año 2020 cerró con más de 340.000 puestos de trabajo sin cubrir en el sector tecnológico en Europa por falta de profesionales. A pesar de este dato el currículum escolar sigue obviando las ciencias de la computación y no es hasta niveles superiores cuando los jóvenes pueden acceder a este tipo de formación. Entre las consecuencias de este panorama, un dato: casi un 57% de jóvenes considera que la escuela no los prepara para el futuro laboral, según una encuesta del Foro Económico Mundial.

La formación que reciben los alumnos en ciencias computacionales depende actualmente de la voluntad del profesor o del centro. Casi la mitad del profesorado en España afirma no contar con formación o apoyo para el uso de la tecnología educativa, según el informe Estado de la Tecnología en la Educación en España. Carlos Enguita, Doctor en Educación y experto en soluciones TIC para el aprendizaje, forma a profesores en este ámbito y explica que, incluso los que reciben algún tipo de preparación, “tienen muchas dudas y miedos”. ¿Los más comunes? El de “tocar y estropear algo”, el tiempo que deben dedicar al aprendizaje y cómo trasladar lo aprendido al aula. Pero Enguita subraya que “la programación y la informática son unas herramientas más al servicio de la enseñanza”, y que cuando se conocen desaparecen todos los miedos.

Mónica Montoya las utiliza para enseñar Arte en Secundaria y también colabora con diferentes organizaciones para difundir la cultura maker, la cual intenta dar solución a problemas del mundo digital a través de la creatividad y el conocimiento compartido. Como docente en diferentes entornos, conoce los miedos y déficits del sistema y sus actores. Así, se adapta a cada entorno: “Pregunto a mi alumnado qué herramientas usa, las pruebo y si funcionan las comparto con el resto: aprendizaje colaborativo”.

Frente al reparo común de los profesores a mostrar sus carencias a los estudiantes, Montoya recuerda que “con internet es impensable que el profesorado tenga todo el conocimiento”. Incide en que los adultos deben escuchar a los jóvenes y conocer qué herramientas emplean para guiarlos y corregirlos si es preciso. De esta manera, ha visto cómo sus alumnos aprenden a expandir sus conocimientos, con procedimientos con los que se sienten cómodos y los llevan a involucrarse en el aprendizaje.

Enguita defiende que, en un futuro gobernado por el uso de aplicaciones, solo utilizarlas, sin entender de forma leve su forma de creación, “nos condenará a ser solo espectadores pasivos de la tecnología”, de ahí que considere necesario introducirla en la educación básica.

Esta convicción ha llevado al profesor a formar parte del equipo de Code.org, una organización sin ánimo de lucro que busca democratizar el uso de la tecnología e introducirla de manera troncal en todos los niveles de enseñanza. Fran García del Pozo es su director en Europa. “Nuestro objetivo es lograrlo en cinco años”, proclama con determinación, indicando que ya han entablado conversaciones con el Gobierno, pero también con grupos de la oposición y grandes empresas. Buscan el consenso de la sociedad: “Queremos que se entienda que la programación es como el inglés del siglo XXI”.

Para ello también ofrecen cursos de programación gratuitos en su web y lanzan campañas de divulgación. García subraya que “no podemos fallar”, pues el futuro del país depende de ello: “La tecnología es imparable, el papel que juegue España como productor y formador de expertos determinará su devenir”, incide. Recuerda que justamente por la relevancia de este cambio, la transformación debe ser inclusiva y qué mejor que la escuela para empezar.

Enguita añade que poseer conocimientos básicos de programación produce ventajas colaterales muy útiles en cualquier periodo educativo, como mejores resultados en pruebas matemáticas, de razonamiento y de resolución de problemas; mayor capacidad de atención, más autonomía, se desarrollan en mayor grado habilidades cognitivas y socioemocionales y, quienes manejan estos conocimientos, demuestran menos estereotipos de género en relación a las carreras STEM, fomentando vocaciones.

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Sobre la firma

Andrea Nogueira Calvar

Redactora en EL PAÍS desde 2015. Escribe sobre temas de corporativo, cultura y sociedad. Ha trabajado para Faro de Vigo y la editorial Lonely Planet, entre otros. Es licenciada en Filología Hispánica y máster en Periodismo por la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS.

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