Recetas para la reindustrialización: innovación y talento

Esta nueva etapa será sostenible y digital y sobre todo tendrá en cuenta a las personas: tanto a las que trabajan como a las que consumen

Eoneren (Getty Images)

Hay que volver a industrializar. A lo largo de las últimas décadas los países europeos fueron perdiendo su industria: se dejó de producir para importar de fuera, se terciarizó la economía, se deslocalizaron las fábricas. Lo industrial parecía algo desfasado, algo a abandonar en pos de una hipotética modernidad de finanzas y servicios. El modelo de trabajo posfordista, lejos de las grandes factorías, disperso en pymes y autónomos, debilitó la estructura sindical y, por tanto, los derechos laborales. Pero ahora el reto se cifra en que el sector industrial español llegue al 20% del PIB, cuando está en un 15%, por debajo de la media europea. Uno de los objetivos del Horizonte 2030 es que cada uno de los países miembros de la Unión Europa lleguen a ese porcentaje.

“La industria es muy relevante”, dice Joaquín Abril-Martorell, Chief Digital Officer (CDO) de Cepsa, “los países que tienen un desarrollo industrial potente surfean mejor las crisis, generan empleo de más calidad, fomentan más la innovación: la industria es fundamental para un país”. Según la consultora Deloitte, un sector industrial fuerte implica una mayor estabilidad en periodos de zozobra, un efecto de arrastre sobre el resto de sectores (especialmente el sector servicios) y algunas externalidades positivas: el impulso del I+D y las exportaciones mejora la competitividad general de la economía. Para el CDO, la innovación es fundamental en la reindustrialización: permite mejorar los procesos productivos, imaginar nuevos productos, otras formas de marketing y comunicación, etc. Pero la innovación tiene unos requisitos: la tecnología y, sobre todo, el talento. “Sin innovación no hay industria”, dice el experto, “pero sin talento no hay innovación”.

La reindustrialización que ahora se propone no tendrá ese aspecto casi decimonónico de minas, ferrocarriles, grandes fábricas y mucho humo, sino que será una industrialización sostenible y digital que, sobre todo, tenga en cuenta a las personas: tanto a las que trabajan como a las que consumen. En competición con grandes potencias como Estados Unidos o China, Europa ha de destacar por su innovación y su respeto al medio ambiente. Será, desde luego, una Industria 4.0, notoriamente automatizada, o, incluso, una Industria 5.0, en la que predomine la una colaboración profunda entre personas y máquinas, a través de la Inteligencia Artificial, para mejorar la eficiencia y la productividad. Una industria que destierra los trabajos repetitivos pero que también crea preocupación sobre el futuro del trabajo. ¿Nos sustituirán las máquinas?

“Sin industria no hay competitividad”, dice Tommaso Canonici, socio fundador y director general de la consultora Opinno, “tenemos que llegar en poco tiempo al nivel que ya tienen otros países. En Europa no podemos competir en cuanto a costes o en otros ámbitos, de modo que el único camino que nos queda es la innovación”. Un camino que no será fácil. La tecnología es de suma importancia, pero se da la circunstancia de que, si bien en un Europa somos grandes consumidores de tecnología, y nos mantenemos actualizados con los vertiginosos avances, no somos tan buenos en producirla: la iniciativa en los nuevos desarrollos tecnológicos ha estado tradicionalmente en Estados Unidos y ahora también en China. “Durante la pandemia se han puesto dos cosas en evidencia. La primera: la dependencia de la sociedad en la industria. La segundo: la vulnerabilidad de la industria que no es ágil. La única ventaja competitiva es la agilidad y está basada en la innovación y la tecnología”, dice Miguel Álava, director general de Amazon Web Services Iberia.

¿Qué significa la innovación? Canonici lo explica a través de cuatro características que han de tener las empresas innovadoras. Uno, la empresa innovadora se entera de lo que ocurre antes que los demás y trabaja en ecosistema, colabora con otras. Dos, se centra en el cliente y no solo en el producto. Tres, es ágil, no se demora demasiado en materializar una idea. Y cuatro, tiene un liderazgo y una cultura vinculados a la innovación. No es importante que haya un departamento de innovación, sino que la innovación permee a todos los departamentos y todos los trabajadores. Que sea la forma de hacer las cosas.

Los fondos europeos que van llegando a España para salvar la grave crisis causada por el coronavirus serán importantes a la hora de reindustrializar. “Los fondos son una oportunidad magnífica para acelerar la recuperación, pero no pueden ser el motor”, opina Abril-Martorell. El motor, una vez más, tiene que ser el talento. En Cepsa, por ejemplo, han creado una universidad digital, con cinco facultades (Dato y Visualización, Inteligencia Artificial, Automatización, etc) para crear valor y fomentar la innovación entre los empleados. Así los trabajadores adquieren nuevas capacidades, son más autónomos y están más satisfechos en su desempeño laboral.

Curiosamente, aunque los perfiles en materias técnicas (las llamadas STEM: ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) son los más demandados en este presente y en el futuro por venir, las vocaciones entre los universitarios no abundan, sobre todo entre las mujeres, que tradicionalmente ha sido abocadas a elegir otras carreras. “Lo digital y la sostenibilidad son dos caras de la misma moneda: sin modelo sostenible y digital no hay futuro. Pero el metal del que está hecho esa moneda son las personas”, concluye el experto, “es fundamental apostar por el talento”.

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