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Por qué las buenas personas se vuelven ‘trolls’ en Internet

Conozca a los científicos que se dedican a averiguar cómo podemos derrotar a nuestros boicoteadores internos y construir unas sociedades digitales más cooperativas

Por qué las buenas personas se vuelven ‘trolls’ en Internet

La tarde del 17 de febrero de 2018, la catedrática Mary Beard publicó en Twitter una fotografía suya llorando. La eminente experta clasicista de la Universidad de Cambridge, que tiene casi 200.000 seguidores en la red social, se sentía desconsolada tras recibir una lluvia de insultos por Internet. Fue la reacción a un comentario que había hecho sobre Haití. También publicó: “Hablo con el corazón (y, por supuesto, puedo equivocarme), pero la basura que recibo en respuesta no es justa, no lo es en absoluto”,

En los días posteriores, Beard recibió apoyo de varias personalidades. Greg Jenner, un conocido historiador compañero suyo, escribió en Twitter sobre cómo vivió él mismo una avalancha de comentarios en la red social: “Siempre recordaré lo traumático que es que, de repente, gente desconocida te odie. Consideraciones morales aparte –mi opinión pudo ser equivocada o correcta–, me sorprendió (más tarde, cuando me recuperé) lo mucho que me había desestabilizado psicológicamente”.

Quienes mostraron su apoyo a Beard a través de la red social –con independencia de que coincidiesen o no con el mensaje inicial que desencadenó las reacciones agresivas– se convirtieron a su vez en blanco de agresiones. Y cuando uno de los adversarios de la profesora, su compañera de Cambridge Priyamvada Gopal, una mujer de ascendencia asiática, presentó su respuesta al tuit original de Beard en un artículo en Internet, recibió su propia lluvia de insultos.

Hay multitud de pruebas de que las mujeres y los miembros de las minorías étnicas son objeto de las agresiones en Twitter en cantidad desproporcionada. En los casos en que ambas señas de identidad se cruzan, el acoso se puede volver particularmente intenso, como comprobó la diputada negra Diane Abbott, la cual recibió casi la mitad de los tuits insultantes enviados a parlamentarias durante la campaña que precedió a las elecciones generales de 2017 en Reino Unido. Por término medio, las diputadas negras y asiáticas fueron objeto de un 35% más de mensajes abusivos que sus compañeras blancas, aun excluyendo a Abbott del total.

Hay multitud de pruebas de que las mujeres y los miembros de las minorías étnicas son objeto de las agresiones en Twitter en cantidad desproporcionada. En los casos en que ambas señas de identidad se cruzan, el acoso se puede volver particularmente intenso

El constante bombardeo de agresiones, incluidas las amenazas de muerte y violencia sexual, está silenciando a la gente, expulsándola de las plataformas de Internet y reduciendo todavía más la diversidad de voces y opiniones en la Red. Y no da muestras de amainar. Una encuesta realizada el año pasado descubrió que el 40% de los adultos estadounidenses había experimentado en primera persona el acoso a través de Internet, y que la mitad de ellos habían sido víctima de formas severas de hostigamiento, incluidas amenazas físicas y acoso. El 70% de las mujeres calificaba la persecución a través de Internet de “problema grave”.

Los modelos de negocio de las plataformas de las redes sociales, como YouTube y Facebook, promocionan los contenidos que es más probable que obtengan respuesta de otros usuarios porque más participación significa mejores oportunidades de tener anunciantes. La consecuencia, sin embargo, es que se favorecen los mensajes extremos o los intensamente emotivos que crean discordia, lo cual, a su vez, puede alimentar las “ciberburbujas” de grupos que reflejan y refuerzan mutuamente sus opiniones, contribuyendo a impulsar la difusión de contenidos más extremos y facilitando un nicho a los bulos. En los últimos meses, los investigadores han revelado las diferentes vías que diversos intereses particulares, entre ellos los agentes rusos, han explorado para manipular a la opinión pública infiltrándose en las burbujas de las redes sociales.

Una encuesta realizada el año pasado descubrió que el 40% de los adultos estadounidenses había experimentado en primera persona el acoso a través de Internet, y que la mitad de ellos habían sido víctima de formas severas de hostigamiento, incluidas amenazas físicas y acoso. El 70% de las mujeres calificaba la persecución a través de Internet de “problema grave”

La capacidad humana de comunicar ideas a través de redes de personas hizo posible que construyésemos el mundo moderno. Internet nos ofrece una perspectiva sin parangón de cooperación y comunicación entre toda la humanidad. Sin embargo, da la impresión de que, en vez de abrirnos a la ampliación a gran escala de nuestros círculos sociales en la Red, estemos retrocediendo al tribalismo y el conflicto. En estos momentos, la fe en el potencial de Internet para unir a la humanidad en una espléndida red de colaboración empieza a parecer ingenua. Mientras que, en la vida real, en nuestras relaciones con extraños normalmente nos conducimos con respeto y cortesía, en Internet podemos ser horribles. ¿Cómo podemos volver a aprender las técnicas de colaboración que hicieron posible que encontrásemos un terreno común y prosperásemos como especie?

Por qué cooperamos

“¡No se lo piense dos veces y pulse el botón!”

Pulso una cantidad, me empobrezco en un instante, y paso rápidamente a la siguiente pregunta, consciente de que jugamos contrarreloj. Mis compañeros de equipo están lejos y no los conozco. No tengo ni idea de si vamos todos en el mismo barco o si me están tomando por tonta, pero sigo pulsando, sabiendo que los demás dependen de mí.

Estoy participando en uno de los llamados juegos de bienes públicos en el Laboratorio de Cooperación Humana de la Universidad de Yale. Los investigadores del centro lo utilizan como herramienta para facilitar la comprensión de cómo y por qué cooperamos, y si podemos mejorar nuestra conducta en pro de la sociedad.

A lo largo de los años, los científicos han propuesto varias teorías sobre por qué los humanos cooperamos tan bien como para formar sociedades fuertes. Actualmente, muchos investigadores creen que las raíces evolutivas de nuestra buena disposición en general se pueden encontrar en las ventajas para la supervivencia individual que los seres humanos experimentamos cuando cooperamos como grupo. He venido a New Haven, en Connecticut (EE UU), un febrero abundante en nevadas para visitar un conjunto de laboratorios en el que los investigadores utilizan experimentos para profundizar en la indagación de nuestra extraordinaria tendencia a ser considerados con los demás aun a costa nuestra.

Hay muchas pruebas de que la cooperación es una característica fundamental de la evolución humana

El juego en el que participo en la plataforma en Internet Mechanical Turk de Amazon es uno de los experimentos que el laboratorio está realizando en estos momentos. Formo parte de un equipo de cuatro personas de diferentes lugares, y a cada uno nos han entregado la misma suma de dinero para que juguemos con ella. Nos han pedido que decidamos qué cantidad vamos a contribuir a un fondo común sabiendo que ese fondo se duplicará y se dividirá a partes iguales entre todos.

Esta clase de dilema social, al igual que cualquier forma de cooperación, se basa en un cierto nivel de confianza en que los demás miembros del grupo se van a comportar con honradez. Si cada miembro del grupo aporta todo su dinero, la cantidad se duplica, se redistribuye en cuatro partes, todos duplican lo que tenían y todo el mundo sale ganando.

“Pero si lo piensas desde la perspectiva individual”, apunta David Rand, director del laboratorio, “cada dólar que aportas se multiplica por dos y luego se divide entre cuatro, lo que significa que cada persona solo recibe 50 centavos a cambio del dólar que puso”.

Aunque, desde el punto de vista colectivo, todo el mundo sale ganando al contribuir a un proyecto de grupo que nadie podría gestionar solo –en la vida real podría ser pagar la construcción de un hospital o abrir una acequia de riego comunitaria–, a escala individual hay un coste. Desde el punto de vista financiero, uno gana más dinero comportándose de manera más egoísta.

El equipo de Rand ha usado este juego con miles de jugadores. A la mitad se les ha pedido –como en mi caso– que decidiesen su contribución rápidamente –en 10 segundos–, mientras que a la otra mitad se les indicó que se tomasen su tiempo y considerasen detenidamente su decisión. Resultó que, cuando la gente actuaba por instinto, era mucho más generosa que cuando dedicaba tiempo a deliberar.

“Hay muchas pruebas de que la cooperación es una característica fundamental de la evolución humana”, afirma Rand. Cuando cooperan con el grupo, los individuos obtienen beneficios y tienen más probabilidades de sobrevivir. Por otra parte, que se nos permita formar parte del grupo y beneficiarnos de él depende de nuestra reputación de comportarnos de manera cooperativa.

“En las sociedades reducidas en las que vivían nuestros ancestros, todas las interacciones se producían con personas a las que ibas a volver a ver y con las que ibas a volver a interactuar en el futuro inmediato”, explica el investigador. Eso refrenaba cualquier tentación de actuar agresivamente o de aprovecharse por la cara de las contribuciones de otros. “Desde un punto de vista egoísta, el mostrarse cooperativo tiene sentido”.

La cooperación genera más cooperación en un círculo mutuamente virtuoso. Más que cavilar cada vez para decidir si el ser considerados favorece a nuestros intereses a largo plazo, es más eficaz y requiere menos esfuerzo seguir la norma básica de comportarse correctamente con los demás. Esta es la razón de que, en el experimento, cuando reaccionamos sin pensar lo hagamos con generosidad.

A lo largo de nuestra vida aprendemos de la sociedad que nos rodea hasta qué punto ser cooperativos. Sin embargo, nuestros comportamientos aprendidos también pueden cambiar muy deprisa.

Los participantes en el experimento de Rand que jugaron la ronda rápida en su mayoría fueron generosos y recibieron ganancias también generosas, así que su actitud se reforzó. En cambio, los que reflexionaron su decisión fueron más egoístas. Esto resultó en un fondo común escaso, lo cual confirmó la idea de que no valía la pena confiar en el grupo. En un experimento posterior con personas que ya habían jugado una ronda, Rand les entregó una suma más elevada de dinero. Luego les preguntó cuánto querían donar a un desconocido anónimo. Esta vez no había ningún incentivo para la donación. Los jugadores tenían que actuar de manera exclusivamente benéfica.

El resultado fue que había grandes diferencias entre unos y otros. Las personas que en la primera fase se habían acostumbrado a cooperar, en la segunda entregaron el doble de dinero que las que habían tomado la costumbre de comportarse egoístamente. “En consecuencia, estamos influyendo en la vida y el comportamiento internos de las personas”, afirma Rand. “Influimos en la manera en que se comportan aun cuando nadie las esté viendo ni haya ninguna institución para castigarlas o recompensarlas”.

El equipo de Rand ha hecho experimentos con la manera en que gente de diferentes países participa en el juego a fin de ver cómo la solidez de las instituciones sociales –como el gobierno, la familia, la educación y los sistemas legales– influye en el comportamiento. En Kenia, donde la corrupción del sector público es elevada, al principio los jugadores daban con menos generosidad al desconocido que los de Estados Unidos, donde hay menos corrupción. Esto indica que quienes pueden fiarse de unas instituciones sociales relativamente justas se comportan con un espíritu más social, mientras que aquellos cuyas instituciones son menos dignas de crédito son más proteccionistas. No obstante, después de jugar una sola ronda de la versión del juego de bienes públicos dirigido a fomentar la cooperación, la generosidad de los kenianos igualó a la de los estadounidenses. Y funcionaba en los dos sentidos: los estadounidenses a los que se había entrenado para que fuesen egoístas dieron mucho menos.

En definitiva, ¿hay algo en la cultura de las redes sociales que hace que algunas personas se comporten de manera mezquina? A diferencia de las antiguas culturas cazadoras-recolectoras, que dependían de la cooperación y el reparto para sobrevivir y que solían tener normas sobre cuándo ofrecer comida a quién en su red social, las instituciones de las ciberredes sociales son débiles. Ofrecen distancia física, un relativo anonimato, y poco riesgo para la reputación, así como de castigo para los comportamientos inadecuados. Si te comportas mezquinamente, nadie que conozcas se va a enterar.

El papel de la ética

Camino fatigosamente un par de manzanas bajo la tormenta de nieve para llegar al Laboratorio de Psicología de Molly Crocket, donde los científicos investigan la toma de decisiones éticas en la sociedad. Una de las áreas en las que centran su atención es de qué manera las emociones sociales se transforman en Internet, en particular la indignación moral. Los estudios a partir de imágenes cerebrales muestran que cuando las personas actúan basándose en su indignación moral, se activa el centro de recompensa de su cerebro, lo cual hace que se sientan bien. Esto refuerza su comportamiento, de manera que es más probable que vuelvan a intervenir de la misma manera. En consecuencia, si ven que alguien actúa infringiendo una norma social, por ejemplo, permitiendo que su perro haga sus necesidades en un parque infantil, y reprenden públicamente al infractor, después se sienten bien. Y aunque enfrentarse a un contraventor de las normas sociales de la comunidad conlleva sus riesgos –podría agredirte–, también mejora la reputación de uno

En nuestras vidas relativamente pacíficas, rara vez nos encontramos con conductas indignantes, así que pocas veces presenciamos manifestaciones de indignación moral. Pero si abrimos Twitter o Facebook descubrimos una imagen muy diferente. Diversos estudios recientes muestran que los mensajes que contienen palabras tanto morales como emotivas tienen más probabilidades de ser difundidos por las redes sociales. Cada palabra moral o emotiva presente en un tuit aumenta en un 20% la probabilidad de que sea retuiteado.

A diferencia de las antiguas culturas cazadoras-recolectoras, que dependían de la cooperación y el reparto para sobrevivir y que solían tener normas sobre cuándo ofrecer comida a quién en su red social, las instituciones de las ciberredes sociales son débiles. Ofrecen distancia física, un relativo anonimato, y poco riesgo para la reputación, así como de castigo para los comportamientos inadecuados. Si te comportas mezquinamente, nadie que conozcas se va a enterar

“Los contenidos que suscitan indignación y que la expresan tienen muchas mas probabilidades de ser compartidos”, señala Crockett. Lo que hemos creado en Internet es “un ecosistema que selecciona los contenidos más indignantes junto con una plataforma en la que es más fácil que nunca expresar indignación”.

A diferencia de lo que ocurre en el universo fuera de la red, reconvenir y poner a alguien en evidencia no comporta riesgos personales. Basta con hacer clic unas cuantas veces en un botón. Además, no hace falta estar cerca físicamente, así que en Internet se expresa mucha más indignación. Y el fenómeno se realimenta. “Cuando castigas a alguien por infringir una norma, apareces como más fiable a ojos de los demás, así uno puede transmitir su carácter moral expresando indignación y castigando la infracción de las normas sociales”, concluye Crocket. “Además, la gente cree que, cuando expresa su enojo, está haciendo el bien, que su emoción nace de un reducto de moralidad y rectitud.

”Cuando pasas de fuera de la Red –donde puedes dar lustre a tu buen nombre para la persona que ande por allí en ese momento– a la Red, donde lo difundes a toda tu red social, se amplifica espectacularmente la recompensa personal derivada de expresar tu indignación”.

A ello vienen a sumarse las valoraciones que la gente recibe en las redes sociales en forma de “me gusta”, retuits, etcétera. “Nuestra hipótesis es que el diseño de estas plataformas podría convertir la expresión de enfado en un hábito, y un hábito es algo que se practica sin pensar en sus consecuencias. No tiene en consideración qué pasará después. No es más que una respuesta ciega a un estímulo”, explica Crockett.

“Creo que vale la pena tener una conversación como sociedad sobre si queremos que nuestra moralidad esté controlada por unos algoritmos cuyo objetivo es ganar dinero para los gigantes tecnológicos”, añade. “Pienso que a todos nos gustaría creer y sentir que nuestras emociones, nuestros pensamientos y nuestros comportamientos morales son intencionados y no reacciones automáticas a cualquier cosa que tengamos delante que el diseñador de nuestro teléfono móvil piense que va a aumentar sus beneficios”.

El lado positivo es que el menor coste de expresar la rabia en Internet ha permitido que grupos marginales y menos poderosos promuevan causas que, históricamente, han sido más difíciles de impulsar. La indignación moral en las redes sociales ha desempeñado un papel importante a la hora de llamar la atención sobre los abusos sexuales contra mujeres por parte de hombres en posiciones de poder. Asimismo, en febrero de 2018, los adolescentes de Florida que clamaron en las redes sociales contra otro tiroteo más en un instituto de su estado contribuyeron a hacer que cambiase la opinión pública, además de poner en evidencia a unas cuantas grandes empresas para lograr que abandonasen sus programas de descuentos para los miembros de la Asociación Nacional del Rifle.

“Creo que tienen que existir maneras de conservar las ventajas del universo en la Red”, sostiene la investigadora, “al tiempo que reflexionamos con más cautela cómo rediseñar esas interacciones a fin de acabar con algunos de los aspectos más perjudiciales”.

Nicholas Christakis, director del Laboratorio de la Naturaleza Humana de Yale, situado a unas pocas manzanas –cubiertas de nieve– de distancia, ha reflexionado ampliamente sobre el diseño de nuestras interacciones en las redes sociales. Su equipo estudia de qué manera nuestra posición en una red social influye en nuestro comportamiento, e incluso de qué manera determinados individuos influyentes pueden alterar drásticamente la cultura de toda una red.

El equipo explora las maneras de identificar a esos individuos y reclutarlos para programas de salud pública que podrían ser beneficiosos para la comunidad. En Honduras están empleando esta estrategia para influir en las inscripciones para la vacunación y la asistencia materna, por ejemplo. En Internet, esas personas tienen la capacidad de convertir una cultura de acoso en una de apoyo.

Las grandes empresas ya utilizan un sistema rudimentario para identificar a los llamados influencers de Instagram para que hagan publicidad de sus marcas. Pero Christakis no solo se fija en la popularidad de una persona, sino también en su posición en la red y en la forma de esta. En algunas, como una aldea aislada, todo el mundo está estrechamente conectado y es probable que, en una fiesta, conozca a todos. En una ciudad, por el contrario, puede que la gente en su conjunto viva más cerca unos de otros, pero es menos probable que en una fiesta alguien conozca a todo el mundo. La intensidad de la interconexión en una red influye en la manera en que los comportamientos y la información se difunden por ella, explica el experto.

“Si tomamos átomos de carbono y los ensamblamos de determinada manera, se convierten en grafito, que es blando y oscuro. Si tomamos los mismos átomos y los unimos de manera diferente, se convierten en diamante, que es duro y claro. Estas propiedades de dureza y claridad no pertenecen a los átomos de carbono. Son propiedades del conjunto de átomos de ese elemento y dependen de cómo estos se interconecten”, cita a modo de ejemplo. “Lo mismo ocurre con los grupos humanos”.

Christakis ha diseñado un programa para investigar este fenómeno mediante la creación de sociedades artificiales pasajeras en la Red. “Introducimos en ellas a personas, dejamos que interactúen, y observamos cómo juegan un juego de bienes públicos, por ejemplo, para evaluar su buena disposición hacia otros jugadores”.

A continuación, el científico interviene en la red. “Manipulando las interacciones de determinada manera puedo conseguir que los participantes sean agradables unos con otros, que trabajen bien juntos y que sean felices, sanos y cooperen. También puedes tomar a las mismas personas, conectarlas de otra manera, y que se traten unos a otros como unos imbéciles mezquinos que no cooperan, no comparten información y no son amables”.

En un experimento, Christakis eligió al azar a desconocidos para que jugasen el juego de bienes públicos entre ellos. Al principio, cuenta, alrededor de dos terceras partes de los participantes se comportaban de manera cooperativa. “Pero algunas de las personas con las que interactuaban se aprovechaban de ellos, y como sus únicas opciones eran ser amables y cooperativos o desertar, eligieron esto último porque estaban atrapados en su relación con esas personas que se aprovechaban de ellos. Al final del experimento todos se trataban mal”.

Christakis dio la vuelta a la situación por el sencillo procedimiento de permitir que cada persona controlase un poco con quién estaba conectada después de cada ronda. “Tenían que tomar dos decisiones: tratar bien a sus vecinos o no hacerlo, y quedarse con un vecino o no quedarse con él”. Lo único que cada jugador sabía sobre sus vecinos era si, en la ronda anterior, habían cooperado o habían desertado. “Logramos demostrar que la gente cortaba sus lazos con los desertores y los establecía con los cooperadores, y que la red se reconectaba y se convertía en una estructura como la del diamante en vez de como la del grafito”. En otras palabras, en una estructura cooperativa prosocial en lugar de en una no cooperativa.

En un intento por generar cibercomunidades más cooperativas, el equipo de Christakis ha empezado a añadir bots a sus sociedades temporales. El experto me lleva a un ordenador portátil y me pone a jugar otro juego. En él, los jugadores anónimos tienen que trabajar como equipo para resolver un dilema que a los alicatadores les resultará familiar. Cada uno de nosotros tenemos que elegir un color de entre tres, pero los colores de los jugadores conectados directamente entre sí tienen que ser diferentes. Si resolvemos el rompecabezas en un límite de tiempo, recibiremos una parte del dinero del premio. Si no lo conseguimos, todos nos quedaremos sin nada. Estoy jugando al menos con 30 personas más. Ninguno podemos ver la red de conexiones completa, sino solamente a las personas con las que estamos conectados directamente. En todo caso, para ganar tenemos que cooperar.

Yo estoy conectado a dos vecinos cuyos colores son verde y azul, así que elijo rojo. Entonces mi vecino de la izquierda cambia a rojo, de manera que yo, rápidamente, cambio a azul. El juego continúa y cada vez estoy más tensa. Maldigo la lentitud de mis tiempos de reacción. Tengo que cambiar de color con frecuencia en respuesta a novedades en otros puntos de la red que no puedo ver y que envían una cascada de cambios a través de las conexiones. El tiempo se acaba antes de que resolvamos el problema, lo cual desencadena respuestas airadas en el buzón de comentarios del juego procedentes de jugadores lejanos que reprueban la estupidez de los demás. Personalmente, me siento aliviada de que hayamos terminado y ya no haya nadie que dependa de mi torpeza en el juego para ganar dinero.

Christakis cuenta que hay redes tan complejas que el rompecabezas es imposible de resolver en el tiempo establecido. El consuelo, sin embargo, dura poco. El juego en el que yo he participado se podía resolver. Mi anfitrión da marcha atrás al proceso y me revela por primera vez la red completa. Veo que yo me encontraba en una rama inferior lejos del centro principal. Algunos jugadores estaban conectados solamente a otra persona, pero la mayoría tenían conexiones con tres o más. Miles de personas de todo el mundo participan en estos juegos en Amazon Mechanical Turk, atraídas por la pequeña cantidad que ganan en cada ronda. Como yo estoy viendo el juego que acabo de jugar, pero ahora desplegado, Christakis me informa de que, en realidad, tres jugadores son bots infiltrados. “Los llamamos ‘inteligencia artificial tonta”, explica.

Su equipo no está interesado en inventar una inteligencia artificial supersagaz para que sustituya la cognición humana. El plan es más bien infiltrar bots tontos en una comunidad de seres humanos inteligentes para ayudar a estos últimos a ayudarse a sí mismos.

“Queríamos comprobar si podíamos usar los bots ‘tontos’ para conseguir que la gente se desprendiese de manera que pudiese cooperar y coordinarse un poco más, y que su capacidad natural de obtener buenos resultados saliese a la superficie con un poco de ayuda”, me explica el director del experimento. Lo que descubrió fue que aunque los bots jugaban a la perfección, no servían de ayuda a los humanos, pero si cometían algunos errores, liberaban el potencial del grupo para encontrar una solución.

“Algunos de estos bots tomaron decisiones contrarias al sentido común. Aunque sus vecinos tenían el color verde y ellos deberían haber elegido naranja, eligieron verde”. Al hacerlo, dieron la posibilidad a uno de los jugadores conectados con ellos que tenían verde de escoger naranja, “lo cual abre la puerta al siguiente jugador, que puede elegir un color diferente y, mira por dónde, se resuelve el problema”. Sin el bot, los jugadores humanos probablemente se habrían quedado con el verde sin darse cuenta de que ese era el problema. “Incrementar temporalmente los conflictos permite que los jugadores contiguos tomen mejores decisiones”.

El equipo de Yale no está interesado en inventar una inteligencia artificial supersagaz para que sustituya la cognición humana. El plan es más bien infiltrar bots tontos en una comunidad de seres humanos inteligentes para ayudar a estos últimos a ayudarse a sí mismos

Añadiendo una pequeña perturbación al sistema, los “jugadores” cibernéticos contribuyeron a que la red funcionase más eficazmente. A lo mejor se podría elaborar una versión del modelo que infiltrase de vez en cuando comentarios que ofreciesen una perspectiva diferente en la sección de noticias de personas tendenciosas, de manera que se ofreciese un perspectiva diferente que ayudase a la gente a salir de su burbuja de confort en las redes sociales y permitiese que la sociedad en su conjunto cooperase más.

Gran parte del comportamiento antisocial en Internet tiene su origen en el anonimato de las interacciones, en las que el coste de la mezquindad para el buen nombre es mucho menor que en las relaciones cara a cara. También en este caso, los bots pueden ofrecer una solución. Un experimento descubrió que el nivel de los insultos racistas tuiteados a usuarios negros se podía reducir radicalmente utilizando cuentas robotizadas con perfiles de personas blancas para responder a los tuiteros racistas. Una típica respuesta de un bot a uno de estos tuits ofensivos sería: “Oye tío, piensa que hay gente de verdad que se siente dolida cuando la atacas con ese lenguaje”. Con fomentar un poco la empatía en los autores de los comentarios bastó para que los emisores redujesen sus mensajes racistas casi por completo durante semanas.

Otra manera de responder al bajo precio para la reputación de una persona por su mal comportamiento en la Red es introducir artificialmente alguna forma de castigo social. La empresa de juegos League of Legends lo hizo incluyendo un elemento llamado “Tribunal”, en el que los jugadores sancionan el juego negativo. La empresa informó de que, en un año, 280.000 jugadores se habían “reformado”, lo que significa que, tras ser castigados por el Tribunal, habían cambiado de actitud, a raíz de lo cual habían adquirido buena fama en la comunidad. Los informáticos que desarrollan las aplicaciones también podrían introducir recompensas sociales por el buen comportamiento, fomentando así los elementos más cooperativos que contribuyen a forjar relaciones.

Los investigadores ya han empezado a aprender a predecir cuándo una conversación está a punto de volverse negativa, y por lo tanto, el momento en el que una intervención preventiva podría resultar beneficiosa. “Normalmente piensas que los sociópatas de la Red, los llamados trolls que causan todo ese daño, son una minoría”, señala Cristian Danescu-Niculescu-Mizil en el departamento de Ciencias de la Información de la Universidad de Cornell. “En realidad, lo que descubrimos en nuestro trabajo es que la gente de a pie, como usted y como yo, puede mostrar esa clase de comportamiento antisocial. Durante un periodo de tiempo, uno puede convertirse en un verdadero troll, lo cual es sorprendente”.

Y también alarmante. Echo mentalmente un vistazo a mis últimos tuits, con la esperanza de no haber caído en el acoso en algún torpe intento de parecer interesante o graciosa o mis seguidores. Al fin y al cabo, puede ser muy tentador comportarse ofensivamente con alguien que está lejos y a quien no conoces si piensas que con ello vas a impresionar a tu grupo social.

Danescu-Nicalescu-Mizil ha investigado las secciones de comentarios que hay debajo de los artículos que se publican en Internet y ha identificado dos detonadores principales del acoso: el contexto de la conversación –cómo se comportan los otros usuarios– y el estado de ánimo del que hace el comentario. “Si tienes un mal día o resulta que es lunes, por ejemplo, es mucho más probable que hagas comentarios maliciosos en la misma situación”, observa. “Los sábados por la mañana eres más agradable”.

Tras recopilar los datos, incluidos los de personas que habían tenido comportamientos malintencionados en el pasado, el científico desarrolló un algoritmo que predice con un 80% de acierto cuándo alguien está a punto de empezar a ser ofensivo en la Red. Su creación ofrece la oportunidad, por ejemplo, de retardar la velocidad de publicación de la respuesta. Si la gente se lo tiene que pensar dos veces antes de escribir algo, mejora el contexto de la conversación para todos, ya que es menos probable que asistas al mal comportamiento de otras personas, y por lo tanto, también que te comportes de manera desagradable tú mismo.

La buena noticia es que, a pesar de las actitudes horribles que muchos de nosotros hemos vivido en Internet, la mayoría de las interacciones son agradables y cooperativas. La indignación moral justificada se utiliza con un resultado provechoso para recriminar los tuits que transmiten odio. Un reciente estudio británico sobre el antisemitismo en Twitter descubrió que los artículos que reprochaban los tuits ofensivos para los judíos se compartían mucho más que los antisemitas. La mayoría de los artículos malevolentes eran ignorados o se compartían únicamente dentro de una pequeña cámara de eco de cuentas similares. Quizá estemos empezando a realizar nosotros mismos la tarea de los bots.

Bloquee e ignore a los acosadores o, si se siente en condiciones, dígales que dejen de hacerlo. Hable con su familia y sus amigos de lo que pasa y pídales que le ayuden. Haga capturas de pantalla e informe del acoso al servicio de la red social en la que se esté produciendo y, si este incluye amenazas físicas, avise a la policía

Como indica Danescu-Niculescu-Mizil, hemos tenido miles de años para pulir nuestras relaciones cara a cara, pero solo 20 para las redes sociales. “En persona contamos con pistas que van desde las expresiones faciales hasta el lenguaje corporal o el tono. Sin embargo, en Internet debatimos los temas solamente a través del texto. Creo que no debería sorprendernos que nos cueste tanto encontrar la manera adecuada de discutir y cooperar en el ciberespacio”.

A medida que se desarrolla nuestro comportamiento en la Red, podemos introducir señales sutiles, equivalentes digitales de las pistas faciales, para ayudar a suavizar las discusiones. Hasta entonces, el consejo para afrontar el acoso vía Internet es mantener la calma. Usted no es el responsable. No contraataque. Bloquee e ignore a los acosadores o, si se siente en condiciones, dígales que dejen de hacerlo. Hable con su familia y sus amigos de lo que pasa y pídales que le ayuden. Haga capturas de pantalla e informe del acoso al servicio de la red social en la que se esté produciendo y, si este incluye amenazas físicas, avise a la policía.

Si las redes sociales tal como las conocemos quieren sobrevivir, las empresas que operan las plataformas tendrán que seguir gobernando sus algoritmos, quizá contando con los conocimientos de las ciencias del comportamiento, para promover la cooperación más que la división y las experiencias positivas en la Red más que el maltrato. Los usuarios, por nuestra parte, también podemos aprender a adaptarnos a este nuevo entorno de la comunicación de manera que las interacciones cívicas y productivas sigan siendo la norma en el ciberespacio de la misma manera que lo son cara a cara.

“Soy optimista”, asegura Danescu-Niculescu-Mizil. “No es más que un juego diferente, y tenemos que evolucionar”.

Diversas organizaciones, como HeartMob, HeartMob y ConnectSafely, así como los propios servicios que operan las redes sociales (por ejemplo, Twitter, Facebook e Instagram) ofrecen asesoramiento y apoyo para hacer frente al acoso en Internet.

Wellcome, editora de Mosaic, posee acciones en Facebook, Alphabet y otras empresas de redes sociales como parte de su cartera de inversiones.

Este artículo apareció primero en Mosaic y se publica aquí gracias a una licencia Creative Commons.

Traducción de News Clips.

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