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¿Por qué es tan difícil detectar la ironía en los textos y en los correos electrónicos?

La era digital ha desarrollado diversas maneras de mitigar en parte la ambigüedad. Una posibilidad es incluir un 'emoji' para aclarar al lector la intención de una frase

So much sarcasm in Seattle.
So much sarcasm in Seattle.

“¡Oh! ¿Eso es el sol?” Claro, como nunca lo había visto, ¿verdad?

Con esta frase empieza el mejor artículo que usted ha leído jamás.

Puede que piense que esta afirmación es irónica. La ironía, como señalaba el lingüista Robert Gibbs, incluye “palabras empleadas para expresar algo distinto al significado literal de una frase, y en particular lo opuesto a este”. Es una forma de burla, y suele ir dirigida contra una persona en concreto.

No obstante, no siempre es fácil averiguar si quien escribe está siendo irónico, en particular a medida que nos adentramos en una era digital que ha transformado nuestra manera de comunicarnos y en la que los mensajes de texto, los correos electrónicos y los comentarios vía Internet sustituyen a las charlas cara a cara o a las conversaciones telefónicas.

Por escrito, los indicios de la ironía pueden resultar confusos. Por ejemplo, imaginemos que está intercambiando mensajes con un amigo con el que ha quedado para ir al cine.

Amigo: Estoy esperando delante del cine. La película empieza a las cinco.

Usted: Voy de camino. Llegaré en unos 10 minutos.

Amigo: ¡Hombre, qué bien! ¡Hoy has mirado el reloj!

¿Su amigo está siendo irónico o sincero? Seguramente, cuanto más tarde llegue usted, más molesto estará él y mayor será la probabilidad de que su respuesta sea un aguijonazo sarcástico. Sin embargo, si sabe que usted acostumbra a llegar mucho más tarde, es posible que su respuesta sea sincera.

Algo en lo que fijarse es en qué medida la actitud que comunica el autor del texto concuerda con la situación y la persona

Por lo tanto, algo en lo que fijarse es en qué medida la actitud que comunica el autor del texto concuerda con la situación y la persona.

No obstante, interpretar la ironía escrita es verdaderamente difícil.

Diversos estudios han mostrado que la gente es consciente de que le cuesta interpretar la ironía expresada por escrito. En sus investigaciones sobre el uso del correo electrónico, los especialistas descubrieron que quienes escriben un texto pensando que están siendo evidentemente sarcásticos siguen confundiendo a sus lectores.

El caldo de cultivo de la ironía son las situaciones ambiguas. Ese es el principal inconveniente.

Cuando se expresa cara a cara, la ironía suele adoptar un tono duro y cortante, pero los mensajes escritos no siempre dan a entender esta actitud ni proporcionan elementos adicionales en los que basarse. Seguimos necesitando más información.

Las señales que se pierden en los textos

Los estudios han analizado el empleo de la ironía en una serie de contextos cotidianos, ya sea en el trabajo con el fin de criticar o de alabar, o en situaciones en las que se han infringido las normas sociales (¡Llegad puntuales al cine, chicos!).

El problema es que muchas investigaciones previas sobre el fenómeno se han realizado tomando como punto de partida la ironía expresada oralmente, lo cual suele proporcionar pistas a los oyentes.

Cuando se tiene una conversación con alguien cara a cara (o a través de FaceTime) y la otra persona dice algo irónico, podemos ver su expresión facial, y es posible que su apariencia sea ligeramente confusa o tensa. También es probable que cambie su tono de voz, lo cual servirá igualmente –o más– de ayuda. Puede que su sonido sea más intenso, o que el hablante alargue ciertas frases.

Asimismo, el oyente contará con el apoyo firme del contexto en tiempo real de la situación, de manera que cuando alguien le diga, “¡Caramba! ¡Qué bien se te da planchar!”, podrá mirarse y ver que lleva la camisa arrugada.

Todas estas pistas se han estudiado, y sabemos lo suficiente sobre ellas como para ser capaces de conseguir artificialmente que una afirmación sincera suene irónica.

Sin embargo, cuando escribimos un texto, gran parte de esa información se pierde.

No disponemos de indicios faciales ni tonos vocales, y tal vez incluso recibamos la respuesta en diferido si la persona no puede escribir en ese mismo momento. Si, además, no conocemos a nuestro interlocutor demasiado bien, adiós a la última posible pista: la historia.

¿Emojis' al rescate?

Así las cosas, después de una primera cita que a usted no le hubiese parecido nada del otro mundo, ¿cómo interpretaría exactamente la siguiente cascada de textos?

Acompañante: Me lo he pasado muy bien. (12:03 a.m.)

Acompañante: Hacía años que no me divertía tanto. (12:05 a.m.)

Acompañante: Mejor imposible, en serio. (12:30 a.m.)

¿De verdad la cita salió tan bien? ¿Realmente la otra persona daba la impresión de estarse divirtiendo tato? ¿O no es más que un imbécil que se lamenta por el tiempo que ha perdido? Todas ellas son preguntas válidas. El receptor podría llegar a muchas conclusiones.

Que no cunda el pánico. La era digital ha desarrollado diversas maneras de mitigar en parte esta tortuosa ambigüedad. Una posibilidad es incluir un emoji para aclarar al lector que la intención de una frase era irónica.

Acompañante: Me lo he pasado muy bien. (12:03 a.m.)

Acompañante: Hacía años que no me divertía tanto. 😂 (12:05 a.m.)

Acompañante: Mejor imposible, en serio. 😑 (12:30 a.m.)

La ambigüedad se reduce por obra y gracia de la expresión facial. Probablemente no habrá una segunda cita.

Si se trata de correos electrónicos, también es posible introducir cambios en el texto. Podemos utilizar palabras en itálica o en negrita para modificar la interpretación que el lector haga del mensaje.

Wikimedia Commons, CC BY-SA
Wikimedia Commons, CC BY-SA

“¡Oh, genial! Ensalada sin aliñar. ¡Mi favorita!”

Por último, las redes sociales como Twitter proporcionan todavía más herramientas para facilitar que quien escribe comunique su intención. Un estudio en el que se incluyeron tuits irónicos descubrió que los tuiteros que insertan la etiqueta #sarcasmo suelen utilizar más interjecciones (¡Oh!), así como términos positivos para referirse a situaciones negativas, en sus mensajes irónicos.

Se han desarrollado algoritmos para determinar la presencia de sarcasmo y grosería en los tuits, las reseñas de los usuarios y las conversaciones por Internet. Las fórmulas lograban identificar el lenguaje manifiestamente grosero con bastante facilidad. No obstante, los investigadores observaron que, para poder detectar el sarcasmo correctamente, los algoritmos tenían que incorporar información tanto lingüística (referida al lenguaje) como semántica (referida al significado).

En otras palabras, la sutileza de la ironía implica que los algoritmos necesitan una codificación más específica, a menos que quien escribe incluya la etiqueta #sarcamo, claro.

Con tantas opciones entre las que elegir, es hora de asegurarse de que el texto que mandó a las 2:30 a.m. expresaba claramente lo que usted quería decir 😉 .

 .

Sara Peters es profesora adjunta de Psicología del Newberry College.

Cláusula de divulgación

Sara Peters recibe financiación de la Fundación Nacional de la Ciencia

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la web The Conversation.

Traducción de News Clips.

The Conversation

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