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‘Is this real life?’: de cuando los jugadores de ‘eSports’ llegamos para quedarnos

Ya no hacía falta explicar a nadie el motivo de mi disciplina deportiva porque dejó de considerarse un simple juego. En ese momento sentí que algo había cambiado

Torneo de Counter Strike: 'Global Offensive' en Atlanta (Georgia), el pasado enero. En vídeo, entrevista con la jugadora profesional de videojuego Ana Oliveras.

Las diez de la noche. Inmigración de Estados Unidos en San Francisco. Me encuentro haciendo cola después de aterrizar y pasar varios controles de seguridad. Todavía un poco aturdida de tantas horas de viaje, lo único que tengo claro es que en cuanto llegue al mostrador van a valorar si tengo permiso para entrar en el país o no. Entre risas miro a mis compañeras y una de ellas dice divertida: "¿Te imaginas que no nos dejan pasar?".

En ese momento fui consciente por primera vez de que igual mis motivos para entrar en el país no iban a ser del agrado de aquellos señores aparentemente tan simpáticos. Ante el resto del mundo, lo que yo hacía y había estado haciendo durante años, podría no estar bien visto, hasta el punto de no permitirme entrar en un país.

Estábamos en San Francisco y había sido aceptada como jugadora profesional de un videojuego, algo que yo ya consideraba un deporte, un deporte electrónico

—"Good night", saludó. 

Contundente cuando menos, pero especialmente serio; serio como si no hubiera tenido la oportunidad de ir al baño en semanas. Recuerdo perfectamente aquella cara que no transmitía empatía alguna. No tardó mucho en pedirme la documentación, y mientras la miraba llegó la pregunta: "¿Cuál es el motivo de venir a los Estados Unidos de América?". Y con una risa nerviosa e intentando que no pareciera que estaba titubeando, le conté que venía a jugar un torneo. Estaba claro que la siguiente pregunta sería:

—"¿Torneo de qué?". Y ahí ya no me quedó opción alguna que decir la verdad y recité del tirón:

—"Es un torneo de videojuegos para el que nos hemos clasificado en Europa". 

Me miró, lo miré, volvió a mirarme:

—"¿Videojuegos?".

Pregunta que acompañó de:

—"¿Qué juego?".

Y ahí ya lo solté:

—"Counter-Strike".

Sonreí. Por un momento quise explicarle de qué iba el juego mientras me venían las mil imágenes del mismo: dos equipos enfrentados creando una estrategia y usando armas para conseguir ganar la ronda. Por suerte no fue necesario. De alguna manera aquella sonrisa sincera y apasionada funcionó. Miré alrededor y vi que mis cuatro compañeras también habían conseguido superar la prueba sin problemas. Estábamos en San Francisco y había sido aceptada como jugadora profesional de un videojuego, algo que yo ya consideraba un deporte, un deporte electrónico.

Esto pasó en verano de 2008, llevaba por aquel entonces 10 años jugando y compitiendo. Aquel año, por primera vez, teníamos un patrocinador importante que nos podía costear dos eventos grandes que tenían lugar en un par de meses, primero en París y después en San Antonio. Estábamos viviendo un sueño, estábamos al otro lado del mundo viviendo NUESTRO sueño. Y, con nosotras, lo vivían nuestras familias en la distancia y por fin comprendían el porqué de tanto esfuerzo y sacrificio. Nuestros amigos por fin aceptaron y perdonaron que hubiéramos fallado todas aquellas cenas, cumpleaños y demás actividades que habíamos dejado por tener que dedicar horas a entrenar, a prepararnos para poder estar en la élite competitiva.

Ya no hacía falta explicar a nadie el motivo de mi disciplina deportiva porque dejó de considerarse un simple juego. En ese momento sentí que algo había cambiado.

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