8 de marzo, el camino hacia lo posible

El feminismo sufre los ataques de aquellos que se oponen al progreso y que tienen como último objetivo socavar la igualdad

Manifestación de estudiantes feministas, este viernes en Madrid.
Manifestación de estudiantes feministas, este viernes en Madrid.Samuel Sanchez / EL PAÍS

Hace 25 años, en la IV Conferencia de Mujeres de Naciones Unidas, más de 30.000 activistas de organizaciones de mujeres de todo el mundo sacudieron las conciencias al promover un cambio real en la situación de millones de mujeres. Este 8 de marzo de 2020, conmemoramos dicha cita histórica, más conocida como Pekín 1995, en cuya Declaración y Plan de Acción se plasmó la urgencia de la justicia económica para las mujeres, de la lucha contra la violencia de género y de la participación femenina en la toma de decisiones. En suma, Pekín dejó claro que los derechos humanos son también los de las mujeres y los derechos de las mujeres son también derechos humanos.

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En aquel momento yo iniciaba mi carrera profesional en Bruselas, en las instituciones europeas. Desde entonces he sido testigo directa de los avances conseguidos y he podido contribuir con proyectos para el empoderamiento y la independencia de miles de mujeres de las áreas más desfavorecidas del mundo a través del comercio y el desarrollo local.

Ahora, como ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, veo con preocupación que lo conseguido en Pekín se tambalea. Los ataques contra los derechos de mujeres y niñas amenazan con vaciar los acuerdos alcanzados y debilitar la Convención de Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer.

El principio de acción-reacción rige la historia de los movimientos sociales, de los grandes cambios en las sociedades contemporáneas, y también de los avances conseguidos por las mujeres. El feminismo sufre los ataques de aquellos que se oponen al progreso y que tienen como último objetivo socavar la igualdad, sin la cual no hay libertad ni democracia.

En la lucha contra estas involuciones, nuestro país es una referencia con la aprobación de leyes como la Ley contra la Violencia de Género o la Ley de Igualdad de Género. Al asumir el cargo afirmé que España también va a abanderar este objetivo internacionalmente con una política exterior feminista.

Nuestra acción política exterior debe fomentar la igualdad. La defensa de nuestros intereses pasa por garantizar el cumplimiento de los acuerdos internacionales y redoblar los esfuerzos para lograr una igualdad efectiva entre hombres y mujeres en todas las esferas de la sociedad. Los derechos humanos, corolario de nuestros valores, nunca serán universales si las mujeres y las niñas no pueden ejercerlos en libertad.

Hablamos de cuestiones como la mutilación genital femenina, el matrimonio forzado, la violación en escenarios de conflicto, el acceso a la educación y la sanidad, la igualdad salarial, la participación en el comercio internacional, la presencia de mujeres en la política, y una larga lista de tareas pendientes. Todas ellas han de ser objeto de nuestra atención. Todas deben avanzar.

En un siglo en el que la disruptiva cuarta revolución industrial trae consigo enormes desafíos, entre otros, en el mercado laboral, vamos a precisar de todos los esfuerzos para que las mujeres lideren también las transformaciones futuras y para que la brecha existente en la economía analógica no se reproduzca en la economía digital.

Si queremos avanzar en la Agenda 2030, necesitamos incorporar la inclusión e igualdad en todas nuestras políticas. Solo así podremos superar situaciones donde las mujeres trabajan más, cobran menos, y están relegadas del proceso de toma de decisiones económicas.

El coste de ese mundo menos igualitario no es solo social y moral, sino también económico: la desigualdad de género ―incluidos todos esos talentos femeninos total o parcialmente desperdiciados― le cuesta al mundo unos 160 billones de dólares al año, según el Banco Mundial.

Desde el ministerio lideraremos una estrategia de feminismo global lo más participativa posible a través de nuestra cooperación al desarrollo, situando a las mujeres y a los niños en el centro de nuestros esfuerzos.

Lo haremos también en el ámbito de Naciones Unidas, donde España tuvo un papel decisivo y lideró la creación de ONU Mujeres. Este año se cumple, además, el vigésimo aniversario de la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre Mujeres, Paz y Seguridad y renovaremos nuestro compromiso, para que la mujer no sea considerada mera víctima en los conflictos, sino protagonista en la resolución y en la construcción de paz.

A nivel interno, visibilizaremos el papel de las mujeres en la diplomacia española, con el acento en la mayor presencia de mujeres en la carrera diplomática y en puestos relevantes del ministerio, como precondición del cambio estructural y aprovechamiento del talento; se trata simplemente de predicar con el ejemplo.

Nuestro compromiso con la igualdad no es solo una lucha de mujeres. Tiene que ser la tarea de toda la sociedad ―hombres y mujeres― trabajando juntos para acabar con las discriminaciones legales, estructurales y sociales que nos rodean.

Simone Veil decía que hay que hacer lo posible para alcanzar lo imposible. Este ministerio avanza en ese camino.

Arancha González Laya es ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación.

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