Dormir en las entrañas de la tierra por la ciencia

La abundancia de cuevas de más de mil metros de profundidad ha convertido a los investigadores españoles en pioneros en cuestiones de prevención de terremotos y estudios sobre cambio climático en el subsuelo. Raúl Pérez es uno de sus adalides y cuenta cómo reacciona el cerebro en una sima

Raúl Pérez y su compañero Juan Carlos Gómez exploran una cueva.Q. Onate / P. D. Molero

España es el Himalaya de los espeleólogos y, gracias al gran número de cuevas de profundidades que superan los mil metros, la ciencia nacional se ha posicionado a la vanguardia mundial en materias tales como la prevención de terremotos a partir de datos recogidos en simas o en el análisis de cómo afecta el cambio climático a la vida del subsuelo. Raúl Pérez, científico del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), es uno de los responsables de ese pequeño milagro que él atribuye, además de a un saber hacer a veces minusvalorado, al entusiasmo, al arrojo y al afán aventurero que caracteriza a estos exploradores del subsuelo.

Eso es lo que lo mueve a Pérez a adentrarse en simas de hasta 1.500 metros y pasar días y noches explorando, tomando datos, haciendo mediciones, investigando... Una reivindicación que quiere dejar patente: “Hacemos muy buena ciencia con medios justos”.

Adaptarse a vivir (y dormir) varios días bajo tierra es una tarea complicada. La oscuridad es absoluta, tu cerebro te engaña y el silencio y la privación de la vista provocan que a veces oigas murmullos, voces que no existen, y que el tiempo se dilate. “Dejas de seguir el patrón exterior de 24 horas, tu ritmo biológico está determinado por la exposición a la luz, y de pronto puedes haber estado trabajando durante 20 horas creyendo que apenas habrás superado las 12″, cuenta.

Por eso es muy importante programar los descansos, dormir bien, porque en unas circunstancias tan incontrolables y adversas el cansancio y la falta de lucidez pueden llevarte a cometer errores fatales. ¿Cómo salir de ahí lesionado? Un rescate podría suponer pasar semanas allí abajo. Reponerse de la fatiga es fundamental.

“En una cueva siempre estás mojado, cansado y con miedo. Para conciliar el sueño y paliar la pérdida de calor que sufrimos es importante calentarnos antes de dormir con un té y crear un habitáculo confortable, un espacio a cubierto con mantas térmicas que nos aíslan de la humedad y suben un par de grados la temperatura, calentado por una vela que aumenta otro par de grados ese ambiente”, explica Pérez sobre cómo construir un vivac, ese pequeño campamento que los acogerá mientras descansen. Visten dos monos, el superficial, empapado, suelen dejarlo durante esas horas junto con las botas secando en la roca. Pérez también desvela su secreto para distraer temores y dormir plácidamente: el chocolate y ver en el móvil vídeos alegres de su familia. “En esos momentos siempre pienso: tengo que salir de aquí”.

Cuando el descanso es un sueño es una serie de ocho capítulos de EL PAÍS en colaboración con Ikea dedicada a indagar en las rutinas de descanso de algunas personas que, por aquello a lo que se dedican o debido a circunstancias externas, han aprendido a dormir en condiciones anómalas para la mayoría y se han adaptado a ellas. ¿Cómo duerme un alpinista que asciende una pared vertical?, ¿y un matrimonio de sobrecargos que cambian de huso horario y estación constantemente y han de convivir con el jet-lag? ¿Se puede dar la vuelta al mundo navegando en solitario y durmiendo solo siestas de media hora? Descúbrelo en el resto de episodios.


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