Un millón de muertos

De Senegal a Yakarta, una diversa geografía del dolor

Familias destrozadas de todo el mundo rememoran la muerte de sus seres queridos y lamentan el duelo que les robó el virus. Son los padres, hermanos, viudos y huérfanos de la covid

Assane Seck sostiene el retrato de su esposa Marie Ba fallecida por covid en Dakar (Senegal) y su 'tasbih', un rosario musulmán.
Assane Seck sostiene el retrato de su esposa Marie Ba fallecida por covid en Dakar (Senegal) y su 'tasbih', un rosario musulmán.Marta Moreiras

En un jardín de Washington, una nieta contempla como florecen unas “malditas petunias”, las últimas que plantó su abuelo. En una habitación de Sevilla, unos padres tienen la mirada perdida en la colección de cómics de su hijo. En Yakarta, una mujer no ha podido aún visitar la tumba de su esposo. A kilómetros de distancia, en todos los rincones del mundo, viudas y viudos, hermanos, huérfanos comparten un mismo dolor. Un millón de familias suman a la ausencia de sus seres queridos el no haber podido despedirse de ellos.

Especial: Un millón de muertos

En menos de nueve meses, la pandemia de la covid-19 ha alcanzado una cifra simbólica de fallecidos en el mundo que seguirá creciendo mientras la ciencia no dé con una vacuna eficaz

SENEGAL

“Mi mujer pasó su última noche en un colchón tirado en una sala de espera”
ASSANE SECK | Su esposa Marie Ba, 53 años, falleció en Dakar en mayo

Lo que más le duele a Assane Seck, de 62 años, es no haber podido enterrar a su mujer como Dios manda. Aún hoy, cuatro meses después, arrastra los pies por su casa de Dieppeul, en el corazón de la ciudad senegalesa de Dakar, con la penosa sensación de haber dejado algo sin hacer y no poder dar marcha atrás para corregirlo. “Nos negaron el acceso a su cuerpo y ahora está ahí, en su tumba, sin que pudiéramos lavarla y prepararla. Somos musulmanes, es algo muy importante para nosotros”, asegura, alzando la voz sobre el murmullo de sus cuñadas lavando la ropa en el patio mientras los niños juegan con los charcos.

Marie Ba fue su esposa durante 24 años. Tuvieron tres hijos y una nieta. “Fue un matrimonio pactado, era mi sobrina. Así lo arregló la familia y lo aceptamos. Demostró ser una mujer y una madre excepcional, comprensiva y religiosa. Cuando no estaba haciendo las cosas de la casa, rezaba”, asegura este trabajador portuario jubilado. En los primeros días del Ramadán, Marie, de 53 años, empezó a sufrir un intenso dolor de barriga. “Le dije que interrumpiera el ayuno. Dos días más tarde la llevé al hospital. Era el sábado, 9 de mayo”, recuerda Seck.

Como no quedaban camas libres, pasó todo el día sentada en una silla de ruedas. Su marido iba a comprarle los calmantes y el médico se los administraba en vena. Ni fiebre, ni tos, ni dolor muscular, solo esa molestia intensa y constante en el estómago. “Le compré un colchón, lo tiré en el suelo y en él pasó su última noche. Era una especie de sala de espera. Estuvimos hablando, vi cómo sufría. A las seis de la mañana se durmió una hora y, poco después de despertar, murió”.

Aún no habían transcurrido ni ocho horas y el nombre y el barrio de Marie Ba ya circulaban por las redes sociales. Era el 19º fallecimiento por coronavirus en Senegal. “Antes de que otros nos rechazaran, decidimos confinarnos y pasar la cuarentena en casa”, añade su viudo, consciente del estigma con el que se castiga a quienes han sufrido esta enfermedad. Assane Seck aceptó su destino, pero cuando le dijeron que había sido la covid-19 no se lo acabó de creer.

“Ella tenía un problema en una pierna y no salía a la calle, ¿cómo se iba a contagiar?”, comenta. De los 18 miembros de la familia que conviven, solo él dio positivo. Lo pasó ingresado en un hospital del extrarradio sin síntomas. Sigue sin creérselo del todo. En un país de 16 millones de habitantes con menos de 15.000 contagiados y apenas 300 fallecidos, muchos dudan como Seck. “La echo de menos, pero hasta los niños lo han aceptado. Dios lo quiso así. Ahora intentamos no hablar mucho del tema”. Su nieta Siga, de 15 meses, se sienta sobre sus piernas. La vida sigue en Dieppeul.

EE UU

“El origen de mi dolor está, literalmente, en todas partes”
KRYSTEL ANDERSON | Su abuelo, Alexander Boyle, 76 años, falleció en Washington en mayo

El recuerdo más vívido que tiene Krystle Anderson, 34 años, del día en que murió su abuelo son los gritos de su madre por Zoom suplicando que alguien le tomara la mano. Alexander Lloyd, de 76 años, estaba solo acompañado por el personal médico cuando falleció por coronavirus en Washington el 6 de mayo. Una enfermera le cogió la mano. Por protocolo del hospital, no podía haber ningún familiar presente. Anderson tenía una relación estrecha con su “papa”, como lo llamaba cariñosamente. Ella estaba embarazada cuando su marido fue destinado a Afganistán y también cuando fue a Irak. Lloyd se encargó de acompañarla y la cuidó cuando dio a luz. Era su “fuerza estabilizadora” en los momentos de locura, como el de ahora.

Nadie sabe con certeza cómo se contagió. Después de estar encerrado dos meses en casa salió a comprar flores para plantarlas y tener un quehacer hogareño. A los pocos días, Boyle, y su pareja, Viktor, dieron positivo por covid-19. “Malditas petunias”, dice entre dientes Krystle, junto a la maceta con las semillas ya florecidas, fuera de la casa de su abuelo. La familia se dio cuenta de que algo andaba mal porque Lloyd, exmiembro del comité de campaña senatorial demócrata, posteaba todas las mañanas mensajes contra el presidente Donald Trump. Pero ese día de principios de mayo no hubo actividad en sus redes sociales. Nadie lograba contactarlo así que la policía entró en su casa. Estaba tirado en el suelo. Su pareja estaba fuera de la ciudad. Ya en el hospital, hubo momentos en los que daba señales de mejoría, pero se desvanecieron al igual que su lucidez. No quiso que lo conectaran a un ventilador, ya que dadas sus precondiciones médicas existía el riesgo de que muriese cuando lo intubaran o extubaran. En una semana, falleció.

Krystle afirma que es muy difícil atravesar este momento cuando el recuerdo de su dolor está en todas partes. “Usamos mascarillas por la enfermedad que mató a mi abuelo, mantenemos la distancia social por eso, mis hijos aprenden desde casa por lo mismo”, enumera. “Literalmente, no tenemos escapatoria, estamos atascados en un limbo de constante dolor”. Lloyd gozaba de la vida. Le gustaba viajar, apostar y la gente. Su familia no ha podido realizar una ceremonia en su honor por la pandemia, pero tienen previsto reunirse en diciembre en Washington y hacer un tour por sus bares favoritos. Después, esparcirán sus cenizas por el río Potomac. Era un amante de la capital. Fue a todas las tomas de posesión presidenciales. De 1965 hasta 2012. Cuando Trump asumió el cargo, abandonó la tradición.

MÉXICO

“Jamás se me pasó por la cabeza que fuera covid”
DIEGO VILLEGAS | Su esposa Adriana Pérez, de 43 años, y su cuñada fallecieron en Ciudad de México en mayo

En Iztapalapa, un barrio popular en Ciudad de México, el epicentro de la covid en el país latinoamericano, y quizás en casi todo el subcontinente, muchísimos vecinos dudaban de que el coronavirus existiera. Esa pandemia que llegaba de Europa o de Estados Unidos no era como para preocuparse, más aún ellos, que prácticamente tienen que sobrevivir a diario… La familia de Adriana y Guadalupe Pérez Lázaro, de 43 y 38 años, lo ejemplificaba. Todos comparten un predio (edificio) en una zona humilde del barrio. Todos se contagiaron. Diego Villegas, el marido de Adriana, recuerda que al principio los síntomas de su mujer eran los mismos de “una gripe cualquiera”. Ella, sin embargo, no mejoraba con los días. Visitaron a un médico, a otro. Hasta tres la recibieron, en lo que para él es un ejemplo de desgana y falta de preparación. Su mujer amanecía bien y cuando parecía que salía, volvía a recaer. “Jamás se me pasó por la cabeza que fuera covid”, recuerda, aunque para entonces, finales de mayo, la pandemia estaba extendida por todo el mundo y ampliamente en México. El país norteamericano es el cuarto en número de fallecidos, aunque por millón de habitante las cifras dan un respiro. Los números oficiales, claro, ya que el exceso de muertes es de casi tres veces el que marcan las estadísticas.

El deterioro de Adriana fue cada vez más evidente. Le recomendaron que se hiciese con algo de oxígeno, pero Darío no lo conseguía. Buscó, en farmacias, en Internet, “aunque fuese un tanquecito chico”, pero no hubo forma. Su mujer se puso cada vez peor, no tenía fuerzas para levantarse, daba un paso y se sentía agotada. “Un cansancio muy exagerado”. Como tantos, Diego y Adriana hicieron caso de las recomendaciones de las autoridades, donde el “quédate en casa” se aplicó hasta las últimas consecuencias, más en un país donde la gente no está acostumbrada a acudir al médico. Adriana falleció durante el traslado al hospital, donde su hermana, Guadalupe, murió poco después. Ambas fueron incineradas. Sus cenizas están en un altar en el patio principal de la casa. No pudieron ser sepultadas en Puebla, de donde salieron y donde está enterrado su padre.

El drama de Diego no quedó ahí. Después de morir su esposa, tuvo que enfrentar los rumores y el señalamiento de sus vecinos: como Adriana murió asfixiada, le acusaron de haberla matado.

ISRAEL

“Le despedimos dentro de una ambulancia, estábamos todos infectados”
RACHEL HEBER | Su esposo, el rabino Abraham Yeshayahu Heber, 55 años, falleció en Jerusalén en abril

“La vida sin él es otra vida. Era el mayor regalo que recibí de Dios”. El duelo de Rachel Heber no ha cesado desde hace seis meses, cuando el coronavirus se llevó a su marido, el rabino Abraham Yeshayahu Heber, a los 55 años. Ante la nutrida biblioteca de textos religiosos que le ha legado, ella se esfuerza por no derrumbarse. La plaga se ha cebado con la comunidad ultraortodoxa de Israel. “Lo que empezamos juntos para dar esperanza a la gente continúa; sigue la vida”, replica amparada en una sonrisa que le ayuda a contener la emoción. Nacida en Jerusalén hace 53 años, formada como profesora en Chicago, Rachel Heber fundó junto a su esposo en 2007 Matnat Chaim (Don de la Vida), un centro que coordina la donación altruista de riñones.

El rabino Heber –una figura reconocida en la sociedad hebrea por su tarea humanitaria– se aisló a comienzos de marzo. Como receptor de un transplante de riñón tomaba inmunodepresores. “No sabemos cómo pudo contagiarse, pero acabamos todos infectados”, relata su viuda en la vivienda familiar de Har Nof, un distrito jasídico de Jerusalén. “Los médicos nos prescribieron antibióticos y recomendaron que nos quedáramos en casa”.

El 13 de abril, cuando empezó a tener dificultades para respirar, fue trasladado al hospital Hadashah de Ein Keren (en las afueras de Jerusalén). “Permaneció en cuidados intensivos, acompañado a veces por un sanitario donante de riñón a través de nuestra organización”, recuerda su viuda. “10 días más tarde, tras una aparente mejoría que le desconectó del respirador, le perdimos”.

“Estábamos todos bajo aislamiento: mi hija de 16 años, mi hijo mayor y mi nuera. No pudimos decirle adiós”, se le ensombrece la sonrisa. “Tuvimos que despedirle desde el interior de una ambulancia”. El cadáver llevado en camilla por sanitarios enfundados en trajes protectores rodeó el vehículo en una procesión fúnebre.

Israel cuenta ahora con una de las tasas de contagio de covid-19 más altas del mundo, 531 por millón de habitantes en siete días, aunque solo ha registrado 1.412 muertes desde marzo entre sus 9,2 millones de habitantes. Las minorías árabe (20% de la población) y ultraortodoxa (12%), las más desfavorecidas en la escala social, concentran cerca de la mitad de los casos.

“Es una enfermedad terrible. No me dejó acompañarle hasta el cementerio; tampoco la familia recibió en casa las tradicionales visitas de pésame de la shivá [semana judía de luto y duelo]”, se lamenta Rachel Heber. “Aunque mi hija perdió a su padre, él sigue estando con nosotras en nuestros corazones. Hablamos mucho de él”.

ITALIA

“Solo los tenía a ellos y los he perdido sin una explicación. Fuimos abandonados”
CATERINA DE LUCÍA | Sus padres, de 75 y 76 años, fallecieron en marzo y abril en Brescia (Italia)

La primera ola, imprevista y salvaje, fue la más cruel. Caterina de Lucía, napolitana de 50 años, se mudó a Brescia (Lombardía) en 1994. En el sur faltaba trabajo, cobraba poco y solía ser en negro. Consiguió un buen empleo en un hospital del norte. Cuatro años más tarde la acompañaron sus padres, un viaje en busca de prosperidad. “Y mira… daría lo que fuera por volver atrás y no habernos movido jamás de Nápoles”. Brescia, junto a Bérgamo, fue la zona más golpeada por el coronavirus en Italia. La región europea donde el exceso de muerte fue mayor en la primera ola. Aquí murieron los padres de Caterina con solo 23 días de diferencia. La madre tenía 75 años. Su padre cumplió 76 en el hospital.

El 20 de febrero Italia detectó el primer caso. Fue en Codogno, un pequeño pueblo lombardo confinado al día siguiente junto a otros 10 municipios de la zona. Brescia siguió funcionando con cierta normalidad. “Ya se sabía, pero aquí no tomaron las medidas adecuadas”, se lamenta Caterina. Su madre comenzó con fiebre y tos el 26 de febrero; su padre, tres días después. El médico les prescribió paracetamol y reposo en casa. No había pruebas, tampoco protocolos: era la prehistoria de la pandemia. “Llamé al médico porque les vi muy mal. Me dijo que estaba demasiado asustada, que miraba la televisión y me habían metido en la cabeza lo de la covid. Me llamó “alarmista”, me dijo que dejase de ver las noticias. Le respondí que conocía a mis padres y que no estaban bien. Pero no me hizo caso”.

El 5 de marzo, después de una noche infernal, los dos con la fiebre disparada y en la misma casa que sus dos hijos y su marido, Caterina decidió llevarlos al hospital en su propio coche. A las 17.15 entraron en el centro médico, pero ya no salieron vivos. “Me llamaron a medianoche, mi padre había tenido una parada cardíaca y estaba intubado. El día después todavía no sabían si era positivo. Le dieron morfina y entró en un coma farmacológico”. La madre murió el 8 de marzo de forma imprevista por los médicos. “Mi marido empezó a tener fiebre pero no venía nadie a verlo. No le hicieron la prueba. Mi madre acaba de fallecer, mi padre estaba reanimación, mi marido en una habitación aislado y yo con los dos niños”. El 1 de abril tuvo que despedirse de su padre sin poder verle.

El marido de Caterina sobrevivió. Pero ella no encuentra el camino para superar el trauma. “Es imposible salir adelante mentalmente. Cada día me pongo una máscara y hago ver que vivo. Pero algo ha muerto dentro de mí. Todas las mañanas me hago las mismas preguntas: ¿dónde se infectaron? ¿qué pasó realmente? Me he quedado sola, soy hija única. Solo los tenía a ellos y les he perdido sin que nadie me diera una explicación. Fuimos abandonados”. Sabe que un millón de personas han pasado por algo parecido. Hablar con ellos, solo a veces, calma el dolor.

ESPAÑA

“Cuando murió en la UCI estuvimos una hora sin hablar ni movernos”
JUAN ANTONIO DUTOIT| Su hijo, Juan Carlos Dutoit, 38 años, falleció en Sevilla en abril

La antigua habitación de Juan Carlos Dutoit conserva intacto el testigo de sus dos pasiones: las colecciones y el voleibol. Decenas de cómics, dos espadas láser de La guerra de las galaxias y figuras de ‘GI Joe’ perfectamente clasificadas se mezclan con balones y trofeos. “A veces guardaba hasta los papelitos de los chicles”, bromea su madre, Carlota, entre la sonrisa y la mirada perdida mientras enseña el cuarto. Dutoit, informático de 38 años y entrenador de un equipo femenino en Dos Hermanas (Sevilla), falleció a mitad de abril en un hospital de Sevilla tras contagiarse de coronavirus. Ni Carlota Carmona, de 67 años, ni su marido pudieron despedirse del mayor de sus dos hijos, que no tenía patologías previas. Tras unos días enfermo en casa, pasó 14 días ingresado, la gran parte del tiempo en estado muy grave.

Dutoit había abandonado el domicilio familiar hacía un par de años. Por fin había conseguido un buen trabajo como informático y era feliz junto a Rocío, su pareja, con la que quería formar una familia. “Era el amor de mi vida. Ahora estaría embarazada”, cuenta Rocío por teléfono entre lágrimas. Ella lo acompañó sus últimos días en el piso que compartían, tratándole conforme a las prescripciones médicas telefónicas hasta que no tuvo más remedio que pedir auxilio urgente. Fue trasladado en ambulancia al hospital la noche del Viernes de Dolores.

“El día siguiente de ingresar fue tremendo, ni cogía el teléfono ni nos había llamado, nos encontramos con una situación que yo no se la deseo a nadie”, cuenta Juan Antonio Dutoit, de 64 años, en el salón de su casa. Durante el confinamiento, Juan Antonio fue el portavoz de la familia aunque le “pesase”, e informaba por videollamada al hermano y a la novia de su hijo de su estado de salud gracias a las dos llamadas diarias que recibía del hospital.

La última llegó fuera del horario habitual: su hijo falleció de noche en la UCI por un fallo multiorgánico. “Estuvimos una hora sin hablar ni movernos”, dice el padre. Luego vendría la incineración y un adiós de solo tres personas, que Juan Antonio agradece en cierta manera. “Yo no estaba para darle la mano a todo el mundo. El duelo ha sido muy difícil porque estamos rodeados de esto [la pandemia]. Está resultando muy duro, esto no se ha terminado ni se va a terminar en mucho tiempo”, sentencia este padre con una llamativa entereza.

BRASIL

“Lo que más me duele es no haber podido despedirme”
GABRIEL ERICK DOS SANTOS | Su hermana, Erika Regina Leandro dos Santos, falleció a los 39 años, en São Paulo, en abril

Cuando Gabriel Erick dos Santos, brasileño de 24 años, se despertó en un hospital después de casi morir ahogado a principios de 2019, lo primero que vio fue la sonrisa de su hermana, Erika Regina Leandro dos Santos, y lo primero que escuchó fue su risa. Cuando Erika ingresó a principios del pasado abril en un hospital de São Paulo, donde viven, Gabriel ya no volvió a verla. A los 39 años, Erika fue una de las primeras víctimas mortales de la covid-19 en Brasil. “Lo que más me duele es no haber podido estar a su lado ni despedirme de ella”, lamenta este músico y profesor de inglés en su casa, sencilla y poco amueblada, en la periferia de la principal ciudad brasileña.

Erika, una actriz que también trabajaba como administrativa en un banco para llegar a fin de mes, convivió con varios problemas de salud: sobrepeso, diabetes, hipertensión… Iba mucho al médico — llegó a sufrir un accidente cardiovascular cerebral el año pasado — pero siempre se recuperaba. Así que, cuando dijo que había cogido una baja laboral de 10 días porque no se encontraba bien, sus seis hermanos pensaron que esa vez no sería diferente. “Mi hermana vivió la vida como si nunca fuera a morirse”, recuerda Gabriel, con una sonrisa. Enseña en el móvil el último mensaje que le escribió cuando ella dijo que iba al hospital: “Avísame cuando salgas y llámame”. Nunca volvieron a hablar. Nada más llegar al hospital, Erika tuvo que ser ingresada en la UCI. En los cinco días siguientes, sus familiares solo supieron de ella a través de un médico que enviaba mensajes o llamaba cada día, a las siete de la tarde. Hasta que vino lo peor, una pérdida brutal.

Dicen sus hermanos que Erika era quien mantenía unida a su familia. “Nuestros padres murieron cuando yo era pequeño, teníamos una gran amistad, pero además ella era como mi madre, fue quien me educó”, cuenta Gabriel. Tenía muchos amigos, “era muy fácil acercarse a ella y cogerle cariño”. El recuerdo más terrible de Gabriel es el funeral. Solo con seis personas y una breve oración, mientras los trabajadores del cementerio les metían prisa. “Ni siquiera pude colgar en el ataúd un collar con su nombre grabado, un recuerdo familiar”.

En el salón de su casa, Gabriel saca la guitarra negra y llena de polvo que su hermana le regaló cuando cumplió 15 años. “Ella me empujó a componer música y a tocar. Pidió un préstamo a una amiga para hacerme ese regalo, éramos los dos artistas de la familia”, ríe. Planeaban hacerse un mismo tatuaje del disco There’s Nothing Left to Lose, de Foo Fighters, el favorito de Erika. Ahora, Gabriel lo hará como un tributo a su hermana.

Gabriel no siente ni miedo ni rabia ante la situación de la pandemia en Brasil, donde hay más de 4,6 millones de infectados y más de 140.000 muertos. “Nadie sabe muy bien qué hacer, pero tenemos que pensar en el prójimo más allá de no infectarlo, pensar en cómo tratarlo con respeto y humanidad. Es lo que a mi hermana le hubiera gustado”.

INDONESIA

“Aún no hemos ido al cementerio, es peligroso, todavía hay muchos casos”
INDRA DEWI | Su esposo, Harry Santoso, de 54 años, falleció en marzo en Yakarta

Aunque ha pasado medio año desde la muerte de su marido, Indra Dewi no ha podido aún visitar su tumba. Harry Santoso fue uno de los primeros 100 casos de covid-19 detectados en Indonesia, que por marzo apenas empezaba a entrar en contacto con la enfermedad. El diagnóstico llegó después de que el hombre, que tenía 54 años, pasara cinco noches en un hospital de Yakarta, aquejado de una insoportable dificultad para respirar, fiebre y náuseas. Apenas horas después de recibir la confirmación del positivo, Santoso falleció. “La parte más dura fue no poder estar con él cuando murió, y que no pudiéramos enterrarle ni celebrar un funeral”, cuenta desde la capital indonesia Dewi.

Ni ella ni sus hijos, Jessi Renata y Jeffrey Renardi, han podido ir todavía al lugar donde Santoso fue enterrado, un cementerio dedicado en exclusiva a fallecidos por covid-19. “Es peligroso ir, todavía hay muchos casos…”, advierte Dewi. Más que muchos; Indonesia lleva días batiendo récords de contagios, con alrededor de 4.000 nuevos detectados cada día, aumentando vertiginosamente el total de infecciones, que superan las 260.000. El vasto archipiélago asiático, la cuarta nación más poblada del planeta con casi 270 millones de habitantes, registra el mayor número de muertes del sureste asiático. Más de 10.000 personas han fallecido desde marzo.

Por entonces “apenas se hacían pruebas” en Indonesia, afirma Dewi, “muchos pueden haber muerto de covid-19 sin saberlo”. En el caso de Santoso, los dos hermanos médicos de Dewi les aconsejaron que fuera al hospital al ver que no se recuperaba de lo que en principio habían creído que podía ser un resfriado. Santoso, que regentaba un restaurante de marisco junto a su esposa, continuó con su rutina hasta que las fuerzas le fallaron. El día 21 le ingresaron, y ya ningún familiar pudo volver a verle. “Al principio se comunicaba por WhatsApp, pero al final estaba muy débil… Las enfermeras o los médicos nos tenían que llamar para verle”, recuerda la mujer. Cinco días después, el 26 de marzo, Santoso falleció. Dewi pudo ver el cuerpo sin vida de su marido por última vez a través de una pantalla, una despedida difícil de asimilar tras casi veinte años de matrimonio.

Dewi, de origen chino y cristiana como su esposo, necesita visitar su tumba y celebrar un funeral para vivir el duelo. Algo que no parece posible todavía, con Yakarta entrando en su segundo confinamiento parcial ante el azote de la pandemia, que ha expuesto las deficiencias del sistema sanitario indonesio (según la Organización Mundial de la Salud, el país solo cuenta con seis camas de hospital por cada 10.000 habitantes, menos de la mitad de Japón, que lidera el ranking mundial con más de 13). “Pensamos que la pandemia acabaría unos meses después del fallecimiento de mi marido, pero parece que no va a ser hasta 2021 cuando podamos finalmente visitarle y darle una ceremonia y un funeral dignos”, lamenta.

Con información de José Naranjo (Dakar), Antonia Laborde (Washington), Héctor Guerrero (Ciudad de México), Juan Carlos Sanz (Jerusalén), Virginia Martínez (Sevilla), Daniel Verdú (Roma), Joana Oliveira (São Paulo) y Paloma Almoguera (Singapur).

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