La crisis del coronavirus

Las malas enseñanzas de las crisis anteriores

Tanto en la gripe aviar como en la porcina, los escenarios más alarmistas nunca se confirmaron

Un sanitario en el hospital Severo Ochoa de Leganés.
Un sanitario en el hospital Severo Ochoa de Leganés.© Luis Sevillano / EL PAÍS

La pandemia que tanto se temía ha llegado. La Covid-19 avanza por los cinco continentes y España se ha convertido en uno de los focos más activos. Hacer balance de lo que podría haber sido y no ha sido cuando las cosas ya han ocurrido es fácil. El sesgo de retrospección cambia la perspectiva y con posterioridad hace evidente lo que en el momento de tomar la decisión no lo era tanto. La dificultad de gestionar una crisis como esta es que se han de tomar decisiones duras y rápidas, con enormes costes, basándose en proyecciones y escenarios posibles. En esas circunstancias, la capacidad de respuesta está condicionada por dos factores: la experiencia previa y el conocimiento sobre la naturaleza de la amenaza. Ambos han jugado esta vez en contra.

La experiencia previa llevaba a la prudencia. Por eso la primera respuesta estuvo orientada a no asustar ni alarmar. Pero a diferencia de las emergencias anteriores, esta vez las peores hipótesis se han confirmado y la ciencia ha ido siempre por detrás del virus.

Hace tiempo que se teme que aparezca un virus tan mortífero como el de la gripe española, que en 1918 mató a más de 60 millones de personas, y cada vez que surge una nueva cepa de la familia influenza tipo A o que un coronavirus salta de los animales a los humanos se encienden las alarmas. Eso ha ocurrido ya varias veces, pero nunca se habían confirmado los temores. La Covid-19 es de la misma familia que el SARS, que en 2002 provocó la primera crisis global. Surgió en la provincia de Cantón y en aquella ocasión China tardó mucho en reaccionar. Con una mortalidad del 13%, se propagó por 17 países y el balance final de la Organización Mundial de la Salud (OMS) fue de 8.098 afectados y 774 muertos. Esta vez, la Covid-19 era mucho menos letal (2%) y China había reaccionado mucho antes y de forma contundente, de modo que era plausible que, como ocurrió con el SARS, la pandemia pudiera contenerse.

Pero no ha sido así, y en la respuesta de cada país han contado especialmente las experiencias más recientes. A diferencia de Corea del Sur o de Singapur, en España, y en general en Europa, las crisis anteriores no han ayudado precisamente a valorar el peligro. El antecedente más cercano, la crisis del ébola de 2014, apenas cuenta porque aquella era una enfermedad muy grave y con alta mortalidad pero poco infectiva. Si se hacían las cosas bien, la repatriación de españoles infectados en África no tenía por qué provocar un brote. Lo que ha quedado de aquella crisis es la importancia de una buena comunicación. Los primeros días fueron catastróficos, parecía que no hubiera nadie al mando. Hasta el nombramiento de Fernando Simón al frente del comité científico no se enderezó. Afortunadamente, esa lección sí se aprendió.

Pero las experiencias que más han influido han sido la de la gripe aviar de 2005 y la de la gripe A o gripe porcina de 2009. El virus H5N1 fue detectado en aves acuáticas de Hong Kong y en poco tiempo infectó millones de aves de granja. La alarma saltó en 2005 cuando se supo que había humanos contagiados y que de los 50 primeros infectados, 36 habían muerto.

Se lanzó una alerta global basada en una mera hipótesis. El virus solo infectaba por contacto directo con animales enfermos, pero se temía que pudiera mutar y adquirir la capacidad de transmisión entre humanos. En la cumbre convocada por la OMS en Ginebra el mensaje no podía ser más alarmante: “Estamos ante un virus de una virulencia sin precedentes, en algún momento la cepa que ahora se expande entre las aves mutará y saltará a los humanos y cuando eso ocurra, causará una pandemia con centenares de miles de muertos”.

Eso, que de no tomar medidas podría ser cierto en la Covid-19, nunca ocurrió, pero la espiral de alarma llevó a escrutar las aves migratorias y comprar grandes cantidades de un antiviral, el Tamiflú, que ni siquiera tenía eficacia terapéutica. En España, los expertos convocados por Sanidad aconsejaron comprar dos millones de tratamientos, pero el entonces consejero de Madrid, Manuel Lamela, encabezó una campaña populista acusando al Gobierno, como ahora hace el PP, de no querer proteger a los ciudadanos. Finalmente, se compraron 12 millones de tratamientos que acabaron caducando en dependencias del Ejército. El balance de la OMS en 2014 fue de 420 personas infectadas y 257 fallecidos, todos ellos por contagio directo con animales.

Lo mismo ocurrió con la gripe A. Los primeros informes internacionales sobre el H1N1 hacían temblar. El Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades llegó a vaticinar que la gripe golpearía, en el peor escenario, a tres de cada cuatro europeos. El fantasma de la gripe española se hacía de nuevo presente. Hubo mucho alarmismo. Cuando la vacuna estuvo disponible, España encargó 37 millones de dosis. En diciembre de 2009, la OMS contabilizaba 12.220 muertes en el mundo, muchas menos de las esperadas. La compra se rebajó luego a 13 millones de dosis. Al final, resultó ser una gripe más benigna que la estacional y la mitad de la reserva estratégica de vacuna nunca se llegó a utilizar.

Esta vez, el coronavirus no se ha detenido en China. Ha prevalecido el escenario más pesimista y nos ha cogido con el pie cambiado. Con un coeficiente de infección Ro (número promedio de personas que cada infectado contagia) de 2,8 según la revista The Lancet, el crecimiento es exponencial. Como recordó el secretario general de Naciones Unidas ante los mandatarios del G20 el pasado jueves, los primeros 100.000 casos registrados tardaron tres meses, pero los siguientes se alcanzaron en 12 días, los siguientes en solo cuatro, y los últimos 100.000 en apenas un día y medio. Sabemos, además, que los registros oficiales no reflejan la realidad. La falta de reactivos impide hacer el test a muchos contagiados leves. La velocidad de la propagación ha exigido medidas rápidas y contundentes, pero las experiencias anteriores han hecho que no estuviéramos mentalmente preparados.

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