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“España está llena de mala leche”

El escritor y economista presenta su nuevo libro, 'Entre dos guerras civiles'

Luis Racionero, escritor y economista.
Luis Racionero, escritor y economista.

“La familia de mi padre procede de Ciudad Real, donde alguno de mis antepasados fue racionero en la villa de la Calatrava, es decir, el que se ocupaba de las cuentas en los conventos y las catedrales. La familia de mi madre es catalana. Esta mezcla me da una ventaja. Cuando me siento castellano puedo ver la mezquindad de los catalanes; cuando veo las cosas desde mi lado catalán descubro el fanatismo de los castellanos, su rigor”. Luis Racionero (Seo de Urgel, 1940) vuelve a rascar sobre su pasado en Entre dos guerras civiles (Ediciones B), solo que esta vez el hilo conductor es la política, y España como asunto central.

La cita es en un restaurante que le recomendó un amigo catalán cuando estuvo en Madrid como director de la Biblioteca Nacional. “Tenía 100 euros de presupuesto para comidas, así que a mis invitados los llevaba a un chino. Y cuando quería comer bien venía aquí, donde todo suele estar impecable”. Racionero estudió economía e ingeniería, se especializó en urbanismo, terminó dedicándose a la escritura, viaja siempre que puede y se ha metido en los berenjenales de la política. Repasa: “En las primeras elecciones democráticas me incliné por Tierno Galván, en las segundas me voté a mí, pues los de Esquerra Republicana me convencieron para que me presentara con ellos por Gerona, luego les tocó a los socialistas, después CIU y, al final, el PP”. ¿Un buen salto el que va del nacionalismo catalán al partido de Aznar? “Cambias en la vida y cambias de preferencias, es normal. Soy liberal, de la escuela de Isaiah Berlin. Lo que no puede ser es lo que me decía una señora que trabajaba en casa, que ella votaba socialista porque lo llevaba en los genes. Si todos hicieran lo mismo, no haría falta votar: sería suficiente con apuntarse al censo”.

No me gusta España y voy a explicar por qué. Así arranca el último libro de Racionero. “España está llena de mala leche”, dice sin la menor acritud. “Como el chi, esa energía que japoneses y chinos encuentran en todas partes, la mala leche está ya incorporada al éter de este país. Luego está la envidia, que lo emponzoña todo, y un cierto componente truculento”. Hay, sin embargo, una suerte de rencor en las páginas de estas singulares memorias, una cierta ira, cabreo. Es duro al tratar a muchos socialistas y al mundo de la izquierda. “Cuando en 1992 escribí un artículo contra Felipe González por haber llevado el AVE a Andalucía y no a Cataluña, que tenía más sentido, fui tachado de las filas de la izquierda. Me hicieron un hueco, quedé marginado, nunca más me invitaron a dar conferencias. Descubrí la intransigencia de la izquierda: el que se mueve de la foto, no sale”.

Caen los espárragos y los bocartes, y la conversación sigue los caprichosos itinerarios de una vida llena de vaivenes. Se casó dos veces por lo religioso y ha vivido con otras cuatro mujeres. Tiene un hijo. Con 18 años se fue becado junto a otros 1.000 jóvenes a Estados Unidos. En el barco conoció a Luis Gámir, “que luego fue ministro con UCD”, y este le descubrió a Ortega y Marañón. “Fue mi iniciación en la política, el primer gran empujón”.

El segundo se produjo 10 años más tarde cuando estuvo en Berkeley, en la apoteosis del 68. “Era el epicentro de la vorágine. Coincidieron allí los Black Panthers, los hippies, la espiritualidad oriental, la izquierda radical: contracultura y revolución”.

Fue donde cultivó su veta espiritual. “La meditación sirve para mantener a raya el rencor. Lo que importa es conservar la alegría y hacer felices a cuantos encuentras en tu camino”.