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Tribuna:AULA LIBRE

Los 'ranking' universitarios, ¿debemos preocuparnos?

De un tiempo a esta parte, todas las universidades españolas andamos obsesionadas por aparecer en los ranking internacionales más influyentes, como el de The Times o el de la Universidad Jiao Tong, de Shangai. Investigamos los indicadores que utilizan sus creadores para saber si los podemos mejorar; acudimos a seminarios donde se nos explican las bondades de los ranking y cómo "colarnos" en ellos -como el celebrado recientemente en Barcelona con el mismo título que este artículo-, o recabamos la opinión de expertos para saber qué hacer para situar alguna universidad española entre las cien primeras del mundo.

Hay voces que dicen que no debemos preocuparnos porque los ranking no son fiables. ¿Razones? Que no existen fuentes globales de información universitaria, especialmente en la docencia, que permitan evaluar a las 17.000 instituciones de educación superior que hay en el mundo. Que las clasificaciones se basan en los artículos de investigación básica publicados y en los datos docentes que proporcionan las propias universidades. Que hay un sesgo lingüístico y geográfico. O que se mantiene mucha opacidad sobre la metodología usada para establecer los ranking.

En los ranking de universidades no se muestra el presupuesto con el que cuentan las universidades, el número de personal: no se explica si se goza o no de leyes de mecenazgo para incentivar la inversión, no se cuenta cuál es la participación privada o la inversión en relación con el PIB. Y estos datos inciden directamente en la calidad. En definitiva, todo esto cuestiona su rigor y su fiabilidad.

A pesar de ello, universitarios, políticos y empresarios nos interrogamos acerca de la ausencia de las universidades españolas de los ranking más prestigiosos. Y algunos creemos que tienen aspectos muy positivos, como ofrecer públicamente información comparable de las universidades y ubicarlas en el panorama mundial, como favorecer su preocupación por disponer de datos fiables de sus propios centros, elaborar planes estratégicos o captar talento, porque las universidades de prestigio atraen a los buenos estudiantes y profesores.

Es decir, no debemos preocuparnos en exceso por los ranking, pero sí trabajar para beneficiarnos de sus aspectos positivos y clarificar sus aspectos más discutibles. Mientras tanto, los responsables políticos han de decidir qué estrategia adoptan para colocar algunas universidades españolas entre los 100 primeros puestos de los ranking. Porque está claro que el actual modelo universitario no favorece la excelencia de los centros y, consecuentemente, su escalada de posiciones en los ranking internacionales. Si no, ¿cómo es posible que tres escuelas de negocios españolas se sitúen entre las 15 mejores del mundo, pero la primera universidad española aparezca en el puesto 200? Porque nuestro modelo universitario es completamente distinto al entorno en el que se han desarrollado las escuelas de negocios.

Me explicaré. En España, a lo largo de las últimas décadas, se ha favorecido la creación, en todo el territorio, de muchas universidades, tanto públicas como privadas. Ello ha propiciado que, ante una deficiente política de becas, más jóvenes pudieran estudiar en una universidad situada cerca de casa, reduciendo el coste económico que ello suponía para las familias.

Lo bueno del modelo es que ha contribuido al desarrollo económico de algunas zonas e incluso a la recuperación urbanística de algunas ciudades, que han visto florecer sus cascos antiguos o dar nuevos usos a edificios que carecían de función. Pero el inconveniente es que ha supuesto repartir excesivamente los recursos económicos. La opción ha sido útil para mejorar el nivel educativo del país, para democratizar la educación y para equilibrar el territorio, lo que no es poco, pero no sirve si queremos tener universidades excelentes que sean un referente mundial y que aparezcan en los ranking.

A mi juicio, ha llegado la hora de dar un paso adelante y cambiar. A nuevos retos, nuevas soluciones. Y entre ellas, me permito citar dos: la conveniencia de potenciar la concentración de talento y la agregación de las instituciones investigadoras en las universidades que tengan una buena conexión con su entorno económico y social, y la urgencia de dar una financiación adecuada a las universidades que ya despuntan en nuestro país. Creo que es el empuje que precisan las universidades para aparecer en los primeros cien puestos de los rankings internacionales. Esto significa transformar el sistema de financiación y, si es preciso, mejorar los mecanismos de gobierno para atraer talento internacional e incrementar la movilidad de docentes, personal de administración y estudiantes.

Ello no ha de ser obstáculo para que cada universidad española elabore un proyecto en el que destacar. Se puede ser muy bueno en docencia, en investigación básica o en investigación aplicada. Se puede sobresalir en un ámbito del conocimiento o en una especialidad. Cada cual ha de saber sus potencialidades y desarrollarlas.

Y el Gobierno de España y las comunidades autónomas, con competencias en las universidades, han de entender que el café para todos, en el ámbito universitario, carece de sentido si lo que se desea es proyectar al Estado español al firmamento donde se encuentran las mejores universidades del mundo.

Ana Ripoll Aracil es la rectora de la Universidad Autónoma de Barcelona