La peor pregunta

Responder a las infinitas dudas de los niños sobre la muerte es complicado, pero los expertos aconsejan no eludirlas, dar explicaciones sencillas y, sobre todo, no mentir.- Los cuentos ayudan a hijos y padres

Julia tiene cinco años. Es la hora del baño y está jugando con su hermanita pequeña. De repente, sin más, se para, mira a su madre a los ojos y pregunta: "Mamá, ¿qué pasa cuando nos morimos?". La mujer, sorprendida, improvisa una respuesta del tipo "pues nos convertimos en una estrella o en un angelito". Pero Julia no se da por vencida y continúa: "Vale, pero ¿cómo?, ¿por qué?". Los niños no tienen que haber vivido una pérdida muy cercana para empezar a interrogarse sobre la muerte. Los expertos aseguran que hablar del tema con ellos es el mejor camino no sólo para prepararles ante una situación de duelo, sino también para calmar con complicidad sus primeras inquietudes al respecto. Algunas herramientas, como los cuentos, pueden ser de gran ayuda. Pero las primeras preguntas necesitan, sobre todo, explicaciones sencillas, breves y muy sinceras.

Es mejor evitar expresiones como "se ha dormido para siempre"

La psicopedagoga y fundadora de la Asociación Española de Tanatología, Mar Cortina, pone un ejemplo: a un niño de seis años le dijeron que su abuelito, recién fallecido, era una estrella y el pequeño empezó a estudiar las constelaciones para ver si así lograba bajarlo del cielo. "No se trata de interrumpir su propio proceso de elaboración, sino buscar respuestas juntos", advierte Cortina, que ha escrito el manual La muerte y su didáctica (editorial Universitas), junto al profesor de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) Agustín de la Herrán.

¿Qué decirles, entonces? Concepció Poch, psicopedagoga y filósofa que lleva años orientando a padres y maestros sobre el tema, insiste en que las respuestas dependen de la edad y de la madurez de cada niño. Aunque existe una premisa común: "no engañarles nunca". Y es que hasta los siete años aproximadamente, el niño no empieza a entender los cinco subconceptos que entraña el propio concepto muerte, según los teóricos del duelo. Por ejemplo, antes de esta edad no comprenden que la muerte afecta a todos los seres vivos y tienden a pensar que sus padres son inmortales.

Al entrar en la segunda infancia van viendo que los demás pueden fallecer: primero, los malos en las películas, y luego, puede que el abuelo de otro niño. De forma paralela, van asimilando que siempre hay una causa: un accidente o una enfermedad. En esos momentos, ayudarles a entender con argumentos sencillos el significado de los conceptos de universalidad y causalidad es muy importante, insiste Poch. "Hasta ese momento, su mente está llena de fantasías y pensamientos mágicos, y podrían creer, por ejemplo, que su propio deseo de que el otro regrese puede devolverle la vida", explica la psicopedagoga. Algo que no sería tan grave si el siguiente pensamiento no fuera que, si no vuelve, es culpa suya por no haberlo deseado lo suficiente.

"A edades tempranas, los niños tienden a quedarse con una interpretación literal de lo que les decimos", explica Poch, autora junto a la psicoterapeuta Olga Herrero de La muerte y el duelo en el contexto educativo (Ediciones Paidós). Por eso, dice, es mejor evitar expresiones como "se ha dormido para siempre", "se ha ido de viaje" o "ha desaparecido". Los niños pueden empeñarse entonces en buscarlos.

Una de sus primeras preguntas suele ser si su propia mamá o papá se pueden morir. Poch propone varias pautas. A los cinco años se les puede responder que sí, "pero cuando sean muy, muy viejecitos" y no ir más allá. A los ocho, empezar a matizar: "Igual nos podemos morir antes si enfermamos o tenemos un accidente, aunque lo más probable es que eso no suceda, porque nos preocupamos mucho de estar sanos e ir al médico y, normalmente, cuando uno enferma, se acaba curando". A los 12, Bosch recuerda que los niños ya exigen respuestas más científicas.

Coincidiendo con la entrada en la primaria (seis años) empiezan a comprender que la muerte es irreversible o que el cuerpo deja de funcionar, pero los expertos apuntan que no será hasta los 11 o 12 cuando sean conscientes de que ellos mismos o los que los rodean se pueden morir. Es entonces cuando vuelven a plantear interrogantes sobre enfermedades, cementerios o rituales.

Hay preguntas, como si hay vida después de la muerte, para las que a veces ni los padres tienen contestación. En ese caso, los especialistas aconsejan que los adultos admitan que no conocen la respuesta y expliquen cuáles son sus creencias, si es que las tienen.

Cortina utiliza como ejemplo su experiencia en los institutos: "Les digo que yo no sé seguro qué pasa cuando alguien muere, pero que me gusta tener una creencia determinada, o me gusta recordarlos o sentirlos de tal forma. A continuación, siempre les pregunto qué creen ellos". Porque al final, insiste esta psicopedagoga autora del cuento ¿Dónde está el abuelo? (Tàndem Edicions), "los niños son investigadores naturales y preguntan a los adultos para tantear si pueden hablar con ellos de temas delicados, más que para obtener una respuesta concreta". Si no la consiguen de los padres, las buscarán en otra parte. Por eso, apunta Poch, "los padres deberían leerles de vez en cuando un cuento donde aparezca la muerte de un abuelo, una mascota o, simplemente, la caída de las hojas en otoño".

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