_
_
_
_

Pido perdón de antemano, por Javier Calvo

“La corrección política es enemiga rabiosa del humor”.

cover
Kevin Winter (Getty Images)

Hace exactamente cinco años una tal Mary Bale, empleada bancaria de Coventry, Inglaterra, se encontró un gato por la calle y lo tiró a un contenedor de basura. Dios sabe por qué lo hizo, pero la casualidad quiso que una cámara de vigilancia la grabara justo en ese momento. La grabación llegó a manos de los dueños del animal (Lola), que la difundieron e iniciaron una campaña nacional contra la agresora de su mascota. El caso fue sonadísimo: las redes sociales expandieron el percance al mundo entero. La señora Bale fue objeto de un linchamiento global: la llamaron malvada, zorra y psicópata en todas las tertulias de la tele. Pidieron su muerte públicamente no solamente miles de usuarios anónimos de Internet sino también organizaciones animalistas. De nada le sirvió disculparse. El furor progatuno estuvo a punto de acabar literalmente con ella.

El caso parece banal hoy en día, pero es porque desde entonces nos hemos acostumbrado a los linchamientos públicos en las redes sociales y a la cultura de la ofensa que impera en Internet. El esquema siempre es el mismo: alguien hace o dice algo que ofende a otra persona y de forma casi instantánea se desencadena el tsunami de escándalo moral, insultos y exigencias de reparación y de dimisiones. La gravedad relativa de la ofensa suele ser secundaria: por una pura cuestión de probabilidades, casi todo lo que uno hace o dice tiene potencial para ofender a alguien.

La sociología identifica varios factores que facilitan estas reacciones: el hecho de que todo lo que se dice hoy en día queda registrado, o la facilidad para encontrar gente con la que compartir los agravios en Internet, o lo que se denomina acertadamente el colapso del contexto en cosas como los mensajes de Twitter. Pero estos son meros factores facilitadores, y no su raíz. La cultura de la ofensa de Internet, como tantas otras cosas, viene de América. Concretamente fueron las llamadas minorías, principalmente las comunidades feminista y afroamericana, quienes a partir de los ochenta instauraron la idea de que todo comentario que percibían como ofensivo o contrario a sus derechos exigía una reparación pública.

Puede parecer injusto achacar estos fenómenos a grupos tradicionalmente desprotegidos. Obviamente, la derecha religiosa también tiene la piel muy fina en relación a todo lo que atente contra su moral (los gays, por ejemplo, o las caricaturas de Mahoma). Pero la vanguardia de la cultura de la ofensa es claramente izquierdista.

Antes de Internet, cuando un personaje público hacía un comentario de mal gusto, o bien no se le daba tanta importancia o bien la cosa no solía llegar a los periódicos. Hoy en día el escrutinio de las declaraciones públicas, especialmente en materia de machismo, racismo u homofobia, es tal que, salvo en casos de descuido, borrachera o micrófonos inadvertidos, se está extendiendo una autocensura férrea.

La corrección política (que, admitámoslo, nunca había sido el fuerte de los españoles) ha cambiado radicalmente nuestra forma de comunicarnos. Si Sean Penn hace un chiste sobre mexicanos en la ceremonia de los Oscar, por ejemplo, nadie se plantea que pueda ser un simple chiste bienintencionado. La corrección política es enemiga rabiosa del humor, y es justamente porque el humor, igual que la pornografía, es un afloramiento de lo que nuestra sociedad reprime.

La cultura de la ofensa ha generado inevitablemente una cultura de la disculpa insincera. Es una visión casi mágica de las palabras la que sanciona lo que se dice en voz alta y dictamina el silencio. Es ciertamente puritana, y algunos dirían que farisaica. En cualquier caso, ha llegado para quedarse.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_