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Tribuna

Los jóvenes sí leen: claves para entender cómo y en qué condiciones

La transición entre leer para la escuela y hacerlo por entretenimiento marca el punto de inflexión del hábito

Tres jóvenes leen un libro en una biblioteca.FG Trade (Getty Images)

Que los jóvenes no leen es una de las frases que más se ha instalado en el debate educativo. Sin embargo, los datos más recientes invitan a matizarla. En España, el último Barómetro de Hábitos de Lectura muestra que el 76,9 % de las personas de entre 14 y 24 años se declara lectora, lo que convierte a este grupo en el que más lee en nuestro país. Cuando ampliamos la mirada, el diagnóstico se refuerza. Un estudio reciente de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), con casi 3.000 encuestas a adolescentes y jóvenes de 10 a 22 años en España, Portugal y varios países de América Latina, apunta en la misma dirección. Cerca del 60 % se considera lector y casi la mitad afirma que la lectura forma parte de su vida cotidiana.

Los jóvenes sí leen. La pregunta, entonces es cómo y en qué condiciones se realiza hoy esa lectura. Para responderla, resulta especialmente valioso escuchar a los propios protagonistas. Sus respuestas no solo describen prácticas; también aportan claves para orientar políticas públicas y estrategias educativas.

La primera clave es que la lectura juvenil ya no se organiza como una actividad aislada ni en tiempos exclusivos. Según el estudio, incluso entre quienes afirman que leen por placer, la lectura convive con otras rutinas. Casi la mitad la combina con la vida social o familiar, y en torno a un 43 % sitúa la lectura en un tiempo libre en el que también están presentes internet, redes sociales y pantallas. Leer no ha perdido presencia, pero compite con otros estímulos y se adapta a ratos intermitentes, en agendas cada vez más saturadas. Si queremos que la lectura ocupe un lugar más central entre los jóvenes, necesita formatos y tiempos flexibles, conectados con intereses reales y con espacios donde la lectura se comparta.

Una segunda clave aparece cuando se les pregunta por qué no leen más. La razón principal que los jóvenes señalan es la falta de tiempo (43,55 %), seguida de la dificultad para concentrarse (casi un 30 %). También emergen el aburrimiento, los problemas de comprensión, y el peso de internet y las redes sociales. Leído en conjunto, esto habla menos de desinterés y más de condiciones, presión académica, horarios sobrecargados, y un entorno digital que no siempre favorece la atención sostenida. La respuesta, por tanto, no puede reducirse a pedir que lean más; también exige intervenir sobre el contexto, reordenar tiempos, proteger espacios de lectura, y trabajar comprensión y concentración como competencias clave.

En este punto, el estudio ofrece un dato especialmente relevante para la acción educativa. Al analizar la lectura en función de las edades, encontramos que entre los 10 y los 12 años, más de la mitad se percibe como no lector o poco lector. A partir de los 13 o 14 años, esa autopercepción cambia y aparece con más fuerza el lector habitual, cerca del 60%. La clave de esta mejora parece estar en el significado que se atribuye a leer. En los primeros años la lectura se asocia casi exclusivamente a tareas escolares y obligatorias, más adelante, cuando aumenta la autonomía y la capacidad de elección, leer se redefine como ocio y entretenimiento.

La ventana de oportunidad para intervenir está justo ahí, en esa transición. Separar lectura y evaluación, introducir tiempos para leer por placer dentro del horario escolar, ofrecer elección real de textos, acompañar sin exigir siempre un producto (un examen, un informe, una ficha) puede marcar una diferencia decisiva en la construcción de trayectorias lectoras sostenidas.

La tercera clave tiene que ver con el soporte en que los jóvenes leen. Sus opiniones revelan que no hay una dicotomía real entre papel y digital. La mayoría sigue prefiriendo el libro impreso, pero más del 90 % lee también en digital, principalmente a través del teléfono móvil. El soporte no parece ser el problema. El acceso, en cambio, emerge como una cuestión central.

Y aquí aparece un dato que merece un análisis mayor. Más del 60 % de los jóvenes encuestados reconoce haber descargado libros de forma ilegal. Estas prácticas no pueden interpretarse únicamente como una infracción. En muchos casos apuntan a dificultades para obtener contenidos de forma legal y asequible. La respuesta pasa por educar en derechos culturales, pero también por impulsar políticas públicas que amplíen y faciliten las vías disponibles, por ejemplo, reforzando la oferta bibliotecaria, también digital, y mejorando los mecanismos de disponibilidad desde los centros educativos.

Finalmente, una última clave hace referencia a la mediación: quién acompaña, quién recomienda. Los jóvenes dicen recibir recomendaciones sobre todo de amistades (más del 50 %), del entorno familiar y de las redes sociales, mientras que bibliotecas y mediadores profesionales tienen un peso muy reducido en sus prácticas. En el caso de las bibliotecas, solo un 30 % afirma utilizarlas, y señalan barreras como los horarios, la distancia o la falta de fondos que conecten con lo que les interesa. Pensarlas como espacios de encuentro, programación cultural y comunidad lectora, y no solo como lugares de silencio o estudio, puede ser una oportunidad clara para reforzar su papel.

Escuchar a los jóvenes permite entender no solo cómo ha cambiado la lectura, sino qué la sostiene. Está presente en sus actividades cotidianas, pero su continuidad depende de condiciones concretas: tiempo disponible, acceso a los contenidos y mediación significativa. Reconocer los nuevos contextos digitales y acompañarlos con políticas de acceso, mediación y tiempos de calidad es clave para que la lectura sea una oportunidad real desde edades tempranas. Leer no es solo una habilidad académica; es una práctica que contribuye al desarrollo personal y social, forma parte del derecho a la educación y al acceso a la cultura, al tiempo que constituye una herramienta esencial para la igualdad de oportunidades y la participación ciudadana. Protegerla y desarrollarla es una tarea colectiva que no podemos descuidar.

Tamara Díaz Fouz es Directora general de Educación y ETP de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI)

Tendencias es un proyecto de EL PAÍS, con el que el diario aspira a abrir una conversación permanente sobre los grandes retos de futuro que afronta nuestra sociedad. La iniciativa está patrocinada por Abertis, Enagás, EY, Novartis, OEI, Redeia y Santander.

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