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Gregorio Ordóñez, el asesinato que supuso el principio del fin de ETA

El atentado del concejal, del que se cumplen 25 años, inició la “socialización del sufrimiento”

Gregorio Ordóñez, en San Sebastián en 1994, dos meses antes de ser asesinado. En vídeo, homenaje de la Fundación Gregorio Ordóñez al político asesinado.

Sobre las 15,30 del 23 de enero de 1995, hace ahora 25 años, el concejal Gregorio Ordóñez almorzaba con sus ayudantes, María San Gil y Enrique Villar, en el restaurante La Cepa, en la Parte Vieja de San Sebastián, cuando el etarra Javier García Gaztelu, Txapote, le disparó un tiro en la nuca. Ordóñez, teniente de alcalde del Ayuntamiento donostiarra y dirigente del PP vasco, murió en el acto. El asesinato de Ordóñez, un político muy reconocido, provocó gran conmoción en San Sebastián y en toda España. ETA abría una nueva etapa en su estrategia terrorista: la “socialización del sufrimiento”, la extensión de sus ataques habituales a policías y militares a políticos, intelectuales, constitucionalistas, jueces y periodistas.

El principal efecto de esta estrategia criminal fue extender el terror, de modo que en mayo de 2001, un 70% de los vascos percibía “miedo en el ambiente”, concentrado, sobre todo, en los votantes del PSE y PP, lo que alteraba el desarrollo normal del proceso democrático, señala el historiador Raúl López Romo, que analiza esta estrategia etarra en su reciente libro Nunca hubo dos bandos, de la editorial Comares.

Su desencadenante fue la caída de la cúpula etarra en Bidart (Francia) en marzo de 1992. López Romo recoge el testimonio de un etarra sin identificar, tras el debate abierto en la banda por esa caída: “El día que un tío del PSOE, PP o PNV va al funeral de un txakurra (policía) no se ve en peligro. Pero cuando vaya al de un compañero de partido, quizás piense que es hora de encontrar soluciones o le toque estar en el lugar que estaba el otro. O sea, con los pies por delante”. ETA, tras asesinar a Ordóñez, corroboró esa estrategia en una entrevista: “Los políticos profesionales han entendido que las consecuencias de prolongar el contencioso afectarán a todos y que cada uno debe esforzarse para buscar una solución racional”.

La banda sincronizó su campaña con Herri Batasuna (HB). López Romo recoge el testimonio de su dirigente Juan María Olarra dos meses después del asesinato de Ordóñez: “Hasta ahora solo hemos sufrido nosotros, pero están viendo que el sufrimiento comienza a repartirse”. Tasio Erkizia, también dirigente de HB, utilizó casi las mismas palabras en enero de 1996. Joseba Álvarez, otro dirigente de HB, dijo en septiembre de 1996: “Lo que pasaba en los últimos años era que los presos y otros problemas eran exclusivamente nuestros. ¿Cuál es la solución? Socializar las consecuencias de la lucha”. Antes, en noviembre de 1995, dirigentes de la izquierda abertzale advirtieron al PNV con un manifiesto cuya clave era: “O se soluciona el conflicto o se agudiza”.

López Romo subraya que la operación policial de Bidart “no solo descabezó a ETA; las detenciones en cascada neutralizaron numerosos comandos e infraestructuras”. “ETA no volvió a ser lo que fue. Había fracasado en su estrategia de guerra revolucionaria, hasta la Transición, y de doblegar al Estado forzándole a una negociación política, después. Lejos de asumir su debilidad, la respuesta fue la huida hacia adelante, la socialización del sufrimiento”.

De los 402 asesinatos perpetrados entre 1982 y 1994 se bajó a 98 entre 1995 y 2010. “Para compensarlo decide que sus víctimas procedan de ámbitos cada vez más amplios, con el consiguiente aumento de la alarma social y política. ETA extiende el miedo entre la población, intentando ocultar su debilidad, y la discordia, fomentando el odio hacia lo español, señalando y tratando de expulsar a los no nacionalistas. Y que sea la gente quien fuerce al Estado a doblegarse”, apunta López Romo.

Paralelamente, a finales de 1994, HB hizo suya la ponencia Oldartzen (Acometiendo), en la que la kale borroka (lucha callejera) “entraba en una fase de ofensiva y fortaleza”, según el dirigente de HB Joseba Permach. López Romo precisa que la kale borroka completaba la nueva estrategia de ETA, que ya había adelantado: “Debemos dejar atrás las etapas de resistencia y de dudas. Es momento de avanzar, de mostrar fuerza e iniciativa”.

ETA no cejó en su campaña contra políticos. Fracasó en su atentado contra el presidente del PP José María Aznar en Madrid en abril de 1995, tres meses después de matar a Ordóñez, y contra el rey Juan Carlos ese mismo verano. Pero en enero de 1996 asesinó al dirigente socialista Fernando Múgica Herzog, y al expresidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente. Su campaña contra políticos y representantes institucionales —mayoritariamente concejales— continuó, con una treintena de asesinatos, hasta cesar el terrorismo. El último fue Isaías Carrasco, exedil socialista de Arrasate (Gipuzkoa), asesinado en marzo de 2008.

Ordóñez fue la primera víctima de la “socialización del sufrimiento”, pero pudo ser otro político, asegura López Romo. Ofrece un dato convincente: “El 18 de diciembre de 1994, un mes antes del asesinato de Ordóñez, la Guardia Civil detuvo al comando Nafarroa, entre cuyos objetivos estaban Jesús Aizpun, presidente de UPN, y Gabriel Urralburu, expresidente del Gobierno navarro”.

El asesinato de políticos tan cercanos como Ordóñez y Ernest Lluch y prestigiosos intelectuales como Tomás y Valiente, en aplicación de la llamada “socialización del sufrimiento” aumentó espectacularmente la movilización ciudadana contra ETA. Se alcanzó un hito con la respuesta multitudinaria de los españoles tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, dos años después de Ordóñez, describe López Romo, que concluye: “No cabe duda de que la estrategia del sufrimiento fue el canto del cisne de ETA, estimuló la movilización social y aceleró su final”.

La conciencia de la aberración de esta estrategia criminal, termina López Romo, es tal que algunos exdirigentes abertzales, como Olarra, atribuían recientemente “al enemigo” la expresión “socialización del sufrimiento” tan aireada por ellos cuando ETA asesinó a Ordóñez.

Convencido de que la sociedad acabaría con el terrorismo

Al matar a Ordóñez, ETA logró un gran impacto mediático. Pero hubo algo que no previó: la enorme reacción ciudadana contra ella porque era un político de 36 años, en la cumbre de su prestigio, según recuerda Borja Sémper, que entró en el PP en 1994 por Ordóñez, a quien admiraba.

Entonces no era fácil encontrar a políticos dispuestos a poner su nombre en listas electorales. Entonces Sémper dio el paso y desde junio de 1995 hasta 2010 fue concejal en el Ayuntamiento de Irún. Sémper, hasta ahora portavoz del PP en el Parlamento vasco, acaba de anunciar su retirada de la política.

“Ordóñez había entrado en AP (Alianza Popular) de Gipuzkoa en 1982 y había roto los esquemas en una organización envejecida, sin presencia. Cuando ETA le asesinó en 1995 era teniente de alcalde de San Sebastián y cuatro meses después, en mayo, su lista, la que iba a encabezar, ganó las elecciones municipales y el PP llegó a ser el segundo partido en el Parlamento vasco”, señala.

Sémper recuerda: “Tenía un discurso contundente y persistente contra ETA y HB, entonces inusual. Decía que entró en política para enfrentarse a ETA y en AP (luego PP) porque era quien mejor lo hacía. Como gestor municipal insistía en tratar igual a un simpatizante del PP que a otro de HB. Rompió el techo del PP y su personalidad trascendió las siglas. Era muy querido por la gente. Fue innovador. Tenía un espíritu libre”.

Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio y presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite), señala: “Ahora se habla mucho de transversalidad. Gregorio fue un pionero. Era un trabajador nato y muy accesible. Se presentaba a las siete de la mañana en el Ayuntamiento y dedicaba dos horas a recibir a los vecinos. Se formaban colas. Era un líder y contagió valentía. Estaba convencido de que la sociedad acabaría con ETA”.

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