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La maldición de los partidos de centro

Los partidos de corte liberal en España no han logrado consolidarse y su destino ha sido el fracaso absoluto

Rosa Díez, líder de UPyD, y Albert Rivera, líder de Ciudadanos, en 2014.
Rosa Díez, líder de UPyD, y Albert Rivera, líder de Ciudadanos, en 2014.

Los partidos que nacen con anunciada vocación centrista y liberal surgen con vistosidad, tienen resultados espectaculares en sus comienzos y suelen terminar abruptamente. Porque todos ellos acaban poniendo el punto final. Al menos así ha ocurrido en España en los últimos 40 años. La primera dificultad está en definir e identificar qué es el centro político, para llenarlo de contenido y de rasgos diferenciales con la derecha o la izquierda. Con esas diferencias vivieron la UCD, el CDS, el efímero Partido Reformista Democrático (PRD, conocido como la Operación Roca, del político catalán Miquel Roca) y UPyD. Con características diferenciales, y con singularidades propias de cada momento político, todos fracasaron. Está por ver qué ocurre con Ciudadanos. Pero de momento su líder, Albert Rivera, ya ha dimitido.

¿Están malditos los partidos de centro? Los políticos y expertos consultados no achacan la culpa a los partidos como tales, sino a sus dirigentes, al modificar su razón de ser. “El centro no se ha movido, ahí sigue, quien se ha movido ha sido Albert Rivera”, señala la socióloga y presidenta de 40dB, Belén Barreiro.

El recorrido histórico por el centro lleva a concluir que los dos partidos hegemónicos en los últimos 30 años, el PSOE y el PP, han tratado de situarse en el centro para conquistar a una mayoría social. Así lo reconocen en ambos partidos, tanto sus dirigentes actuales como quienes ya viven la política como observadores, consultados por este periódico. No siempre los dos grandes lo han conseguido por sus aciertos: los errores de los partidos reformistas, liberales y centristas lo han propiciado en ocasiones.

En el caso de Ciudadanos, su espacio dejó de ser el centro para situarse en la derecha. Esa ubicación la exhiben ya todos los estudios demoscópicos. En las elecciones de este 10 de noviembre, además, el conflicto territorial con Cataluña, la exacerbación de las llamadas a la unidad nacional al considerar que estaba en peligro, ha llevado a que los ciudadanos persuadidos de tal situación se hayan ido al PP y a Vox. El PSOE ha ganado las elecciones con un llamamiento a defender la unidad de España, pero también se ha dejado tres escaños por el camino.

La tesis es que el centro existe pero que son los políticos los que lo abandonan. Para muchos expertos, los votantes de esos partidos son cambiantes, no tienen una vinculación emocional con ese tipo de organizaciones y su fidelidad es muy limitada. Así ha sido desde los tiempos de UCD. Este partido fue esencial para la historia de la democracia española al construir el puente entre la dictadura y la democracia, y durante cinco años cumplió una misión trascendente. Después, se destruyó por las intrigas internas, el tironeo de familias a favor de sus tesis; unas liberales, otras socialdemócratas, y algunas apegadas al pasado. Para recoger al electorado que quería cambio estaba el PSOE, que se hizo con el apoyo del centro y la izquierda.

Muchos de sus dirigentes no se resignaron a sepultar esa opción. El PRD nació con el impulso del catalanista Miquel Roca, dirigente de Convergència Democràtica de Catalunya. Roca parecía dispuesto a hacerse un hueco a partir de las elecciones de 1986. Más que simpatías hacia esa operación demostraron sectores del mundo económico y financiero. El fracaso, desde luego, no fue por falta de recursos económicos. Su rótulo decía que el partido era centrista, reformista y liberal. Pero no caló, a pesar de que estaba presidido por Antonio Garrigues Walker, cuya trayectoria estaba nítidamente vinculada a esas posiciones. El PSOE revalidó su mayoría absoluta al conseguir mantener un caudal importante de voto centrista. Pero estaba ya en marcha la formación del CDS, con Adolfo Suárez al frente. A pesar de que el centrismo era su tarjeta de presentación, los ciudadanos le colocaron en la derecha. También internamente hubo división por esa misma razón.

Adolfo Suárez dimitió en 1991, tras unos desastrosos resultados electorales en municipales y autonómicas. Los intentos de remontada, como el que llevaron a cabo el liberal Antoni Fernández Teixidó o José Ramón Caso, no tuvieron resultados. El centro se quedó entre el PSOE y el PP reformado. UPyD no llegó tampoco a cuajar y dio paso a Ciudadanos, cuyo devenir sin Albert Rivera está por escribir. Los postulados de su despedida de este lunes fueron una vuelta a posiciones centristas y liberales, pero su política no ha sido así percibida por los votantes.

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