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Muere el abogado Matías Cortés, uno de los protagonistas desconocidos de la Transición

Sus grandes pasiones fueron el derecho y la música

Matias Cortes abogado
Matías Cortés (izquierda) junto a Jesús de Polanco en 1997.

Matías Cortés ha muerto este sábado en Madrid, a los 81 años, tras una enfermedad fulminante. Era uno de los más importantes abogados españoles de las últimas décadas del siglo XX, que entró en el siglo XXI con el deseo de poner a disposición de sus colegas del derecho su energía y su inteligencia. Para ello había recurrido a siete personajes que, como él, tenían o habían tenido responsabilidades políticas, jurídicas o universitarias. Cuando dio la lista, alguien le dijo: “¡Con eso puedes hacer un Gobierno!” Él nunca estuvo en un Gobierno pero, desde la Transición, influyó en todos. De él podría decirse lo que él mismo dijo, en una reciente y última conversación periodística, acerca de uno de sus numerosos amigos: “Nunca ha dicho nada que no quisiera decir”.

El arte de Matías Cortés (Granada, 1938) era el del sentido común. De pocas palabras, pero de mucho discurso, narraba con metáforas acontecimientos de la vida; de raigambre andaluza y educación europea, se refería a las ocurrencias más graves de la vida como aquel personaje, Mr. Chance, de la novela de Jerzy Kosinski, que llegó a ser el asesor principal del presidente de Estados Unidos diciendo cosas que ocurrían en el jardín que había cuidado. En esa última conversación que tuvimos con él le preguntamos por Jesús Polanco, fundador de PRISA, largo tiempo presidente de este periódico e íntimo amigo suyo. Lo que dijo entonces de Polanco puede decirse ahora de Matías Cortés.

Al morir Polanco lo llamó Javier Pradera, amigo de ambos, para pedirle una apreciación destinada a ser publicada. Y el abogado expresó para EL PAÍS su impresión al salir del cementerio en el que había sido enterrado su amigo. “Todos los que estábamos allí”, rememoraba hace casi cuatro semanas Cortés en su despacho ordenadísimo, ante una mesa de madera sobre la que no había ni una mota de polvo, “habíamos tenido una relación singular, uno a uno, con Jesús. Verlos a todos juntos te hacía comprender a la persona que se había ido. Fue una especie de manifestación de lo que había sido la vida de una persona justo en el momento de su muerte y mientras lo enterraban en la tierra con toda la gente alrededor”.

A ese relato de lo que vio, sumaba ahora Matías Cortés una referencia a otra de sus grandes pasiones, aparte de la de observar la realidad para sacarle partido simbólico. Esa gran pasión (compartida con María Lavalle, su ahora viuda, cantante) era la música. Y dijo Matías sobre ese momento que él acababa de vivir y que ahora otros vivirán en su propia despedida: “Pasa a veces en un concierto de música: cuando la versión es importante entiendes al final lo que ha pasado; comprendes por qué las cosas se han hecho así”.

No era sólo una descripción, era una premonición también. Entonces Matías Cortes, vestido con elegancia veraniega, más delgado que lo que dice la historia de sus fotografías, dejó trazos importantes en las vidas de los demás, a los que asesoró como abogado y a los que aconsejó como amigo. También en sus alumnos y en sus profesores, pues su inteligencia era aguda, a veces cruel, pero también afectiva. Los políticos a los que tuvo cerca los recuperó para lo que iba a ser un resumen de la historia de su pasión por el derecho, la Asociación por el Derecho, como si fuera a escribir con ellos un epitafio concreto de su propia dedicación, el amor a esta disciplina. Trabajó para la ley, pero también conoció las trampas. Y nunca dijo nada que no quisiera decir.

Un amigo suyo, Augusto Delkáder, periodista, de larga historia también cerca de su amigo Polanco, al saber la noticia del fallecimiento de Cortés resumió así esta personalidad que se extingue: “El derecho para él era el ámbito de la vida en la que se reflejó su preocupación por los asuntos públicos. Constituía un deber cívico necesario. El derecho y la música fueron su pasión y su vocación”.

Tuvo una larga relación con esta casa, como consejero, como abogado, desde antes de que naciera EL PAÍS, y la tuvo hasta tiempo después de la muerte de Jesús Polanco, hace ahora 12 años. Aparte de esta relación (que fue de trabajo y de amistad), tuvo también relaciones parecidas con el banquero Emilio Botín y con el magnate de El Corte Inglés Isidoro Álvarez, todos ya desaparecidos.

Acerca de las tentaciones políticas, tenía esta reflexión. “La vida”, nos decía, “es lo que pasa cuando te levantas por la mañana, si duermes bien, si duermes mal. La vida no son novelas de miedo”. A él le dio Leopoldo Calvo Sotelo “la lata para ser ministro”, pero él la rechazó pensando en lo que pasaba al despertarse, “el momento más arriesgado del día” según Kafka. “¿Qué vida iba a hacer yo? Va a venir a recogerme un coche del ministerio a las ocho o a las nueve, me voy a meter en el ministerio hasta quién sabe que acaben las cenas... ¿Y hasta cuándo, hasta que me echen? ¿Estaba chalado o qué? No es que lo dudara: es que lo tenía decidido desde pequeñito”. Así que se quedó para siempre, en su despacho, en los conciertos, hablando al oído, aconsejando.

Aquel día reciente, en su despacho de la calle Hermanos Bécquer, con su pañuelo blanco en la chaqueta azul clara, sonó en dos horas una vez el teléfono móvil, del tamaño de los viejos móviles; pero él no sabía sacarle partido, y lo cerraba para seguir hablando, a media voz, de sus experiencias con los grandes hombres que a lo largo de su vida se detuvieron a escucharle.

El resumen de su vida, dicho por él, tenía esta secuencia: “Es evidente que la gente de hoy está mejor preparada que la de nuestro tiempo. Yo volví a Madrid [de sus estudios, de sus primeros años] a principios de los setenta; cuando el proceso de Burgos hice la mudanza… Han pasado 50 años: del Madrid que yo encontré al Madrid de hoy esto es el vacío. La gente joven sabe cosas, mejor que nosotros; están más preparados, pero gente de aquel nivel, de Felipe, de Jesús…, gente así ¿dónde la ves?”

Cuando ya nos íbamos, ante la mesa sin mácula, frente a los ventanales de su despacho en silencio, hizo esta confesión: “Aunque soy mayor, todavía creo que voy a vivir muchos años y estoy haciendo una cosa nueva, la Asociación por el Derecho. Surgió el problema de a qué empresario llamar y no hay empresarios, hay empresas. Tampoco hay abogados, hay bufetes. No hay médicos, hay clínicas, lo cual es mucho más razonable…” Era el 2 de julio de 2019. Veinticinco días más tarde lo que dijo es presente pero su voz es pasado.

En aquel encuentro resumió su vida con otros citando lo que uno de sus amigos poderosos le dijo una vez sobre su manera de estar en la vida. “Mira, Matías, no te equivoques: tú estás más cerca, pero no estás cerca… Quien lo dijo me regaló un flash: esa era mi relación con todo el mundo. Yo estoy más cerca, pero no estoy cerca”.

Nunca dijo nada que no quisiera decir. Y sabía más que los ratones colorados, como dirían, por cierto, en su querida Andalucía.

Matías Cortés Domínguez era licenciado en Derecho por la Universidad de Granada y doctor en Derecho por la Università di Bologna (Italia). Fue catedrático de Economía Política y Hacienda Pública de la Universidad de Granada y catedrático de Derecho Financiero y Tributario de las universidades Autónoma de Madrid y Complutense de Madrid.

 

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