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Conrado Caviró, el perito que apuntaló los mayores casos de corrupción

Los minuciosos informes del inspector de Hacienda fueron claves en los casos Roldán, Urralburu, AVE, fondos reservados, Gürtel y Bárcenas

Conrado Caviró, jefe de la Unidad de Apoyo de la Agencia Tributaria en la Fiscalía Anticorrupción, en 2019. Ampliar foto
Conrado Caviró, jefe de la Unidad de Apoyo de la Agencia Tributaria en la Fiscalía Anticorrupción, en 2019.

La Fiscalía Especial contra la Corrupción y la Criminalidad Organizada sería un pozo de oscuridad sin la luz que aportan los peritos de la Agencia Tributaria que trabajan empotrados en su sede, un precioso palacete en el número 4 de la madrileña calle de Manuel Silvela. El pasado día 11, de forma repentina, se apagó el foco más potente que durante los últimos 25 años ha guiado a una legión de fiscales, jueces, policías y agentes de la Guardia Civil por los caminos más opacos de la delincuencia nacional e internacional. Conrado Caviró Pérez, de 66 años, jefe de la Unidad de Apoyo de la Agencia Tributaria en la Fiscalía Anticorrupción, fallecía en el hospital Universitario Moncloa donde se trataba de una enfermedad. Y con su repentina muerte se ha ido el hombre que más sabía de la compleja trastienda contable de los mayores casos de corrupción.

Conrado se estrenó con el caso Roldán, el exdirector general de la Guardia Civil condenado a 31 años de prisión por un largo rosario de delitos. Una sentencia del Tribunal Supremo que no se habría fallado sin el extraordinario trabajo de este hombre afable y educado que dedicó años a desentrañar las cuentas suizas de Luis Roldán, de su telaraña de testaferros y vidriosos colaboradores.

Durante la vista oral, el perito descifró con sus gráficos un gigantesco rompecabezas de centenares de cheques que cobraba Roldán de las entonces principales constructoras del país (Huarte, Obrascón, Lain, Cubiertas y MZOV, Agromán) por la construcción de los cuarteles de la Guardia Civil. Una prueba clave que cimentó su condena. Y explicó la denominada Operación Esmeraldas con la que, en una notaría de Annemasse (Francia) y un bien pagado fiduciario suizo, Roldán simuló la venta de su piso en París y su villa en San Bartolomé, las dos joyas de su corona inmobiliaria que logró salvar de las garras de la Justicia.

"El dinero hay que moverlo continuamente porque si no te pillan. Ellos iban en un reactor y nosotros en coche", decía sobre el caso Roldán

Aquel fue el primer juicio celebrado por la Fiscalía Anticorrupción y un éxito para el Estado de Derecho. Y en aquella larga aventura judicial le acompañó Alejandro Luzón, entonces un joven fiscal y hoy jefe de este organismo, con el que ha trabajado codo con codo hasta hoy. Primero, en la caótica sede del Paseo de la Castellana, subiendo y bajando por el ascensor para departir con los fiscales repartidos por el edificio. Y en estos últimos años, en el ordenado y elegante edificio de Manuel Silvela. Conrado, siempre trajeado, atado a una corbata y dispuesto a ayudar a cualquier funcionario que le consultara.

Caviró tenía la inteligencia y la humildad para reconocer que los delincuentes a veces les ganan a los peritos algunas batallas. En la larga carrera tras la fortuna de Roldán, los testaferros contratados por Francisco Paesa ganaron por goleada. Movieron el botín, 10 millones de euros, a velocidad de vértigo mediante el denominado efecto helicóptero y lo salvaron. Saltos contables de país a país, de un banco a otro, hasta acabar en el Overseas Union Bank de Singapur donde se le perdió la pista.. "El dinero hay que moverlo continuamente porque si no te pillan. Ellos iban en un avión de reacción y nosotros en coche. Nadie es tan tonto de dejar quieto el dinero, sobre todo si sabes que te están siguiendo", recordaba. Y le molestaba que el hoy exdelincuente afirmara que todo el dinero se lo quedó Paesa. " No tenemos ninguna duda de que lo conserva fuera", afirmaba rotundo.

Tras Roldán, demostró su paciencia y su pericia en el caso Urralburu-Aragón, una derivada del escándalo que llevó a la cárcel al exsecretario de los socialistas navarros y que este inspector de Hacienda contribuyó a desentrañar. Y luego, una larga cadena de casos de corrupción: fondos reservados del Ministerio del Interior, las comisiones del AVE, el caso Fabra, la Gürtel y Bárcenas, entre los más sonados. Todos, asuntos de enorme complejidad procesal en los que sus informes sobre el enriquecimiento de los implicados, sus cuentas en paraísos fiscales y las maniobras para esconder el dinero resultaron trascendentales para dar luz sobre las conductas de los procesados y lograr sentencias condenatorias. "Sin perito no hay delito", decía con una sonrisa en su despacho arremangado y rodeado de papeles.

Conrado, casado y padre de tres hijos, Esther, Conrado y Marcos, fue un hombre generoso con todos, menos con los delincuentes, en su gran mayoría de cuello blanco, a los que persiguió con tesón durante toda su vida. Pese a su discreción atendía las consultas de algunos periodistas y explicaba de la forma más didáctica los recovecos de un trust (fundación) en Liechtenstein, la oscuridad de una sociedad instrumental panameña o para que sirve una cuenta puente.

Se ha apagado una luz en el palacete de Manuel Silvela que todavía está de luto, pero queda el ejemplo de un trabajo impecable que ha servido para hacer justicia en los casos de corrupción más escandalosos de este país.

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