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Los populares como tragedia y luego como Almeida

Cuando Vox dice que han llegado los gobiernos de las libertades para frenar “la amenaza de Carmena” no causa tanta impresión la amenaza que pueda suponer Carmena como las libertades que propone Vox

Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso hablan con Martínez-Almeida ante Teodoro García Egea. En vídeo, las primeras palabras de Martínez-Almeida como alcalde de Madrid.

Uno de los reproches que se atribuyen a la izquierda por la pérdida de Madrid es la rabia en lugar de la pena, y una de las razones de esa rabia sería la llegada de la libertad en lugar de la horterada.

Todo se debe a un error de percepción, exagerado por ganar la alcaldía de Madrid con los peores resultados de su historia, que parte del origen, cuando Casado se presentó a la dirección maniatado por la obsesión de Vox, haciéndolo centro de su acción política hasta que consiguió que lo fuese. Por eso cuando Ortega Smith dice que han llegado los gobiernos de las libertades para frenar “la amenaza de Carmena” no causa tanta impresión las amenazas que puedan suponer para nadie Manuela Carmena, sino las libertades que propone Vox, que van desde la libertad de curar a los homosexuales hasta poder llamarlos maricones, en ese regreso a la ETV (España de Toda la Vida) que se promueve como signo inconfundible de progreso: ya no se puede hacer nada, ni llamarlas “comerrabos comunistas”, sin que se te eche encima la dictadura de lo políticamente correcto.

Por eso estuvo bien que a esa España se asomasen en el acto de investidura del Ayuntamiento como espectadores aquellos que representan al PP de Madrid de siempre, desde Álvarez del Manzano hasta Gallardón, pasando por la eterna Ana Botella; ellos asociaron el PP a Madrid con el mismo énfasis que los españoles asociaron Madrid a una derecha irremediable, inherente a su espíritu, la capital entregada a una forma de ser y de gobernar. Un rodillo no solo político sino moral. ¿Y este PP, el PP de ayer, el de Martínez-Almeida y Ayuso, los nuevos líderes del ejército viejo? Ha viajado del autoritarismo al entreguismo, un desplazamiento que no se ha llevado muchos principios porque estos ya los había patrimonializado Vox, pero sí ha permitido ver la erosión de cuatro años sin poder, ejemplificados en la sombra recortada de Gallardón proyectándose sobre Martínez-Almeida, que no se vio en otra.

Casado pilló lo que pudo para las candidaturas y las candidaturas han pillado lo que han podido para Casado: el poder en la capital, su victoria más sonada, un “día histórico” para el PP, dijo, que lo sitúa de nuevo “en la centralidad”, horas después de pactar con la extrema derecha y delante de candidatos que ganaban Madrid por mayoría absoluta. Ahí está de nuevo la percepción y su margen de confianza, la misma por la que PP y Ciudadanos se han convencido a sí mismos de que Vox no existe y de que es su limpio pacto el que provoca la rabia de sus adversarios, en lugar de la pena de ver la ciudad bajo la espada de Damocles de los que prometieron pasar y pasaron, y lo recordaron hace tres semanas por si alguien dudaba de quiénes son.

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