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Entre el 98 y el 78

A las elecciones más abiertas les corresponde la campaña más previsible. España y la Constitución protagonizan 15 días atravesados por la Semana Santa

Arte urbano en el barrio de Lavapiés en Madrid.
Arte urbano en el barrio de Lavapiés en Madrid.

La misma semana de septiembre en que Pedro Sánchez exhortó a sus ministros a aguantar un año más, la revista Time Out eligió el barrio madrileño de Lavapiés como el más cool del mundo. Siete meses después hay elecciones y en la calle Valencia, que lleva a la plaza que da nombre al barrio, no hay más que dos carteles de candidatos pidiendo el voto: uno es de Jon Nieve, de Juego de tronos; el otro, semiarrancado, de Pape Diop, que en 2017 optó a la presidencia de Senegal. El resto son pegatinas de Unidas Podemos en un cajero automático, definiciones de especismo y anuncios de un “taller de desconstrucción antirracista para personas blancas”. La propaganda se ha vuelto nativa digital. Al menos en las ciudades. En los pueblos —donde hay más nativos pero menos digitales— sigue jugando el papel de siempre: anunciar la fiesta de la democracia como se anuncian las fiestas patronales.

No todo, sin embargo, cambia tan rápido. Como el resto del censo, los vecinos de Lavapiés se encontraron un día en el buzón con el aviso de que había vuelto alguien: España. Desde que Franco se la apropió, la palabra había quedado inservible, pero Iniesta arregló el estropicio y el PSOE la usa 22 veces en su carta a los hombres. 19 en la que mandó a las mujeres. Siempre frisando la paridad. El estilo epistolar de los partidos suele ir de lo salmódico a lo mesiánico, o sea, que no fue mala idea hacer coincidir el primer tramo de campaña con la Semana Santa. Así se pudo comprobar a lo grande lo que el nacionalismo tiene de religión. En Sevilla, en Bilbao y en Barcelona. A Dios no se le pide que mejore las Cercanías sino cosas más fáciles: el cielo, la vida eterna… Si el Altísimo te da salud te sobra la sanidad pública. En palabras de Edward Gibbon citadas por Álvarez Junco: para el pueblo romano todas las religiones eran verdaderas; para el filósofo, todas falsas; para el político, todas útiles. Traducción de Santiago Abascal: “No tengo el Estado en la cabeza, tengo España en el corazón”. Terminaremos echando de menos a Manuel Fraga. Puede que el unamuniano dolor de España de Albert Rivera sea una enfermedad cardiovascular o un síntoma de la gripe (española) que causó estragos hace un siglo. Ya saben: fiebre, malestar general y esas vértebras que no encajan porque desprecian al resto del esqueleto.

Luis Cernuda decía de sí mismo que era un español desganado, “a la manera de aquellos que no pueden ser otra cosa”, pero incluso para los españoles con ganas —“sin complejos”, prefieren ellos— el regreso de España como tema estelar es una mala noticia porque no es noticia. Tiene 121 años (los que hace desde el 98, 1898) y es otro paso hacia la invasión de la política por las identidades y por los sentimientos, mucho más baratos que las ideas porque los tiene cualquiera. Empezando por aquellos que confunden tu patria con su patrimonio.

Una, grande, libre y vacía. Así ha sido España estos 15 días. Vacía o vaciada. En RTVE los candidatos usaron la primera palabra. En Atresmedia, la segunda. Se ve que siguen de cerca las querellas literarias entre Sergio del Molino y María Sánchez. Aunque en el duelo catódico la cultura ocupó 80 segundos (un minuto más que la política internacional), hacía tiempo que la literatura no estaba tan presente en campaña: Unamuno, Ortega, Andrés Calamaro... Los comicios de hoy ya tienen ganador: el grupo Planeta, que desde Sánchez/Lozano hasta Abascal/Dragó tendrá en su catálogo todo el arco parlamentario.

Tal vez por eso tampoco fue mala idea que la segunda semana de agitprop incluyera el día de Sant Jordi. Así pudimos ver a una candidata del PP firmando el libro de la temporada, que podría haber sido El disputado voto del señor Cayo —salen feministas, ultraderechistas y habla de la despoblación rural— pero resultó ser otro de la misma cosecha, la del 78: la Constitución. Hasta hace nada, la Ley Fundamental recordaba el chiste que se cuenta en La rebelión de las masas. Un paisano va a confesarse y el cura le pregunta si se sabe los diez mandamientos. Respuesta: “Los iba a aprender, pero he oído un runrún de que los iban a quitar”. Años con el runrún de que la Constitución estaba amortizada para terminar leyéndola en televisión como si fuera el Quijote un 23 de abril.

Con rótulos en castellano, árabe, hindi o chino, Lavapiés parece ese lugar en que español lo puede ser cualquiera. El paisaje, de entrada, es visigodo: faltan árboles, sobran coches, hay bares para todos los gustos. También hay colegios electorales. Al de la calle Tribulete acudía elecciones tras elecciones una pareja acompañada de un niño al que le gustaba mirar las urnas. Llegado a un punto, preguntó a sus padres: “¿Por qué no puedo votar, si ya llego?”. La criatura pensaba que la democracia requería cierta altura. Puede que tuviera razón.

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