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Amnistía como reconciliación

En el pleno parlamentario que aprobó la ley, Arzalluz invocó el sentido reconciliador de la norma

Santiago Carrillo (PCE) y Xabier Arzalluz (PNV) conversan en el Congreso de los Diputados, el 19 de julio de 1978.
Santiago Carrillo (PCE) y Xabier Arzalluz (PNV) conversan en el Congreso de los Diputados, el 19 de julio de 1978. EP

De los varios Arzalluz que caben en su biografía hay uno que destaca: el Arzalluz del otoño de 1977, defensor de la Ley de Amnistía como pacto de convivencia entre vencedores y derrotados de la Guerra Civil. Julio Jáuregui, negociador del PNV en el Madrid de la época, explicó en el recién constituido Parlamento que con esa ley se trataba de perdonar y olvidar a los que mataron al presidente Companys y los que mataron al presidente Carrero, a García Lorca y a Muñoz Seca, al ministro de la Gobernación Julián de Zugazagoitia y a las víctimas de Paracuellos... Como se ha dicho con notable deformación de la realidad la Ley de Amnistía no fue impuesta por los antiguos franquistas, sino que fue fruto del consenso entre estos y los antiguos antifranquistas, a iniciativa de estos últimos. En el pleno parlamentario que aprobaría la ley invocó Arzalluz el sentido reconciliador de una norma votada tanto por personas con muchos años de cárcel y de exilio como por otras que habían formado parte de Gobiernos causantes de esa cárcel y de ese exilio.

En octubre de 2008, a raíz del auto del juez Garzón sobre el franquismo y del recurso contra ese auto presentado por el fiscal general del Estado, estalló en la prensa española una ruidosa polémica en la que se llegó a comparar la Ley de Amnistía de 1977 con la de Punto Final de Argentina y se insinuó que había habido un pacto de silencio que había lastrado de un cierto déficit democrático a la España del posfranquismo. En la reunión semanal del consejo editorial de EL PAÍS celebrada el 21 de octubre de 2008, Javier Pradera, editorialista de EL PAÍS durante los años de la Transición, pidió la palabra para decir que comparar la Ley de Amnistía con la de Punto Final era un disparate jurídico y una ofensa para los antifranquistas que lucharon por ella y cuya aprobación fue considerada una victoria de la democracia y también una norma necesaria para culminar la reconciliación entre los españoles. Tras recordar que su padre y su abuelo, carlistas, habían sido asesinados en San Sebastián en las primeras semanas de la Guerra Civil, a manos de milicianos incontrolados, Pradera invocó los discursos de Arzalluz y de Marcelino Camacho en el debate de 1977. En su discurso previo a la votación de la ley Xabier Arzalluz recordó que hechos de sangre los había habido en ambos bandos y pidió el voto a la amnistía como cancelación de ese pasado y como gesto de perdón mutuo.

Como ha reiterado Santos Juliá desde hace años, toda amnistía en situaciones de salida de una dictadura es en buena medida recíproca. Porque ¿cómo incluir entre los amnistiados a condenados por terrorismo sin incluir al mismo tiempo los delitos que habrían podido cometer las autoridades, funcionarios y agentes de orden público con motivo u ocasión de las investigaciones y persecución de los actos incluidos en la ley? Otros Arzalluz menos lúcidos (o el único Arzalluz en momentos de lucidez) han dicho cosas que chocaban con ese espíritu reconciliador. Pero nunca fue tan lúcido Arzalluz como durante aquellos históricos días.

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