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OPINIÓN i

La indeseable e imposible vía eslovena

El hecho de que una parte radical del nacionalismo catalán considere Eslovenia un modelo es motivo de cierto orgullo y es muy posible que Liubliana sea la segunda capital del continente cuyo 'establishment' político simpatiza más con la causa independentista

Via eslovena
Milicianos eslovenos colocan un cartel de la República de Eslovenia en el puesto fronterizo de Jerzersko-Seebergsattel, en su poder, después de que soldados del Ejército yugoslavo lo abandonaran en 1991. Wirephoto

Como muchos españoles que viajaron al extranjero durante el puente de la Constitución, Quim Torra aprovechó los días festivos para una visita a Eslovenia. Considerando la sequía diplomática oficial que sufre la Generalitat desde hace años (solo ligeramente aliviada por algunos encuentros de nivel regional en Escocia y Flandes), fotografiarse con altas autoridades de un Estado miembro de la UE puede considerarse un importante logro. Un logro mutuo porque al pequeño país, cuya población total no llega ni a la mitad de la que tiene el área metropolitana de Barcelona, le cuesta mucho llamar la atención internacional más allá de una mención anecdótica por las confusiones con Eslovaquia o por ser la patria de la primera dama Melania Trump y del excéntrico filósofo Slavoj Žižek. El hecho de que una parte radical del nacionalismo catalán considere Eslovenia un modelo es motivo de cierto orgullo y es muy posible que Liubliana sea la segunda capital del continente cuyo establishment político simpatiza más con la causa independentista. Y en este caso, a diferencia de lo que ocurre en Moscú, por motivos sinceros y no por apoyos cínicos a todo lo que sea disruptivo para la UE.

Con todo, ya hace un año que el entonces primer ministro, Miro Cerar, puso el punto de sensatez subrayando que a él no le gustaba la comparación porque “la desaparecida Yugoslavia era una dictadura en descomposición y, en enorme contraste, España es una democracia, por lo que el conflicto sobre la autodeterminación debe resolverse en línea con el orden constitucional y, aún más importante, ha de hacerse pacíficamente, sin violencia, democráticamente y con diálogo”. Pero el president, que no parece alguien muy impresionable por los argumentos sensatos, prefirió corresponder a la hospitalidad recibida con una serie de tuits en la que se ensalzaba la guerra de independencia de Eslovenia (al menos 70 muertos y más de 300 heridos graves en ambos bandos) como el camino a seguir.

Torra corría el peligro de que no se le hiciera mucho caso pues, al fin y al cabo, su apelación al modelo esloveno podría haberse visto como un déjà vu poco original. En el otoño de 2017 ya hubo varios líderes nacionalistas, incluyéndole a él, que hablaron de esta y de otras tantas vías propias de la Europa oriental y los Balcanes: la báltica, la ucrania (tanto la del Maidán como la de Crimea) y hasta la kosovar. Sin embargo, en Cataluña y el conjunto de España se ha considerado que no estamos ante un refrito por falta de repertorio original (que es posible que también) sino ante la quizás mayor irresponsabilidad cometida por el Gobierno autónomo desde el fin de la aplicación del artículo 155. Y es que esas declaraciones (difundidas por la cuenta oficial de la Generalitat) se hacían simultáneamente con dos importantes golpes a la institucionalidad catalana: la presentación del llamado Consejo para la República y una nueva desautorización a los Mossos d'Esquadra.

Incluso en el seno del independentismo (cada vez más fracturado por la mal disimulada competencia entre los leales a Puigdemont y los más pragmáticos en torno a ERC) ha habido muchas voces que han desautorizado al president por juguetear con un referente explícitamente violento. Los más benevolentes han querido interpretar que las palabras de Torra no se referían tanto a las muertes que causó la ruptura de Eslovenia con Yugoslavia, sino al hecho de que el 90% de la población la apoyó en su momento, haciendo hoy del pequeño país eslavo uno de los étnica y lingüísticamente más homogéneos de Europa. Ahí radica quizás el mayor problema. Por supuesto que cualquier violencia es rechazable y sin duda es insoportablemente frívolo el cálculo de que, si se compara con otras secesiones, la de Eslovenia se hizo con un número al parecer aceptable de mártires y víctimas enemigas. Pero Eslovenia se libró de mayores espantos por una serie de circunstancias coyunturales afortunadas (la deriva de toda la Federación Yugoslava, el rápido traslado de las hostilidades a una Croacia que la separaba de Serbia, las simpatías austriaca y alemana que arrastraron al reconocimiento de la comunidad internacional) y, por encima de todo, porque su propia sociedad apenas era plural en 1991.

El independentismo catalán no se beneficiará de las primeras y, si desea retorcer a su ciudadanía para conseguir esa homogeneidad del 90%, tendrá entonces que mirar a vías de terror extremo que, desde 1945, los europeos solo hemos visto practicar en los Balcanes. Un poco más al sur de Eslovenia, allí donde hay más parecidos con la realidad de Cataluña en cuanto a diferencia y mezcla de identidades. Allí donde se coexistía medio pacíficamente hasta que los Milosevic y los Tudjman prefirieron incendiar la convivencia federal. También dijeron que no había marcha atrás. En un cuarto de siglo no han sido capaces de avanzar lo suficiente para igualar la prosperidad que tenían entonces. Y el pluralismo que tenía Yugoslavia no será igualado aunque pasen varios siglos.

Ignacio Molina es profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.

Este Artículo ha sido elaborado por Agenda Pública, para EL PAÍS.

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